Se veía venir, pero desde hace mucho tiempo

Autor:Manuel Cobo del Rosal
Páginas:117-122
 
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En el año académico 1976-77, siendo catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia, y recién elegido, democráticamente, por el Claustro de dicha Universidad para desempeñar el cargo de Rector Magnífico, a través de una persona para mí de la máxima y muy inveterada confianza, como era el eficaz, y excelente persona, director general de Seguridad, Mariano Nicolás, se me encargó por el Ministerio del Interior un dictamen rápido y escueto sobre el Anteproyecto de Decreto Ley (R.D. de 4 de enero de 1977) de creación de la Audiencia Nacional. En cierto modo, la idea era una especie de transformación del franquista Tribunal de Orden Público, más conocido como TOP.

Entonces no estaba metido en los combates ni las guerras que conlleva mi profesión de abogado. Me dedicaba, prácticamente en exclusiva, a la Universidad, si es que puede emplearse esa expresión, tan poco galana. La única ventaja que tenía universitariamente, hace 30 años más o menos, era la ilusión por conseguir una Universidad mejor, lo que tuvo la dura réplica de la Historia, que dijera Norberto Bobbio, cual fue la de la Universidad actual, que no es más que eso, una mera mezquindad.

Pues algo parecido, y no hay que salvar muchas distancias, ha sucedido con la justicia, muy especial-mente con la que fue, en su día, flamante reconversión,

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pretendidamente democrática del TOP, denominada Audiencia Nacional. No voy a entrar en llevar a cabo concreciones de ninguna clase respecto al modus operandi en la aplicación de la Ley en dicho órgano judicial, ni mucho menos, pues bastante tienen con lo que tienen y ya tienen bastante.

Si a mis buenos amigos, Rodolfo Martín Villa y Mariano Nicolás, les dije mi verdad, cosa que les sorprendió un tanto por la dureza de mi crítica y severa censura, apuntándoles posibles concreciones, entonces meras previsiones sin fundamento fáctico de ninguna clase, sino simplemente debidas a mi anterior ejercicio como abogado, a la cultura jurídica que me dispensó el ejercicio de la Cátedra de Derecho Penal y, sobre todo, muy especialmente, al discipulado que siempre me unió con el mejor procesalista español, don Emilio Gómez Orbaneja.

Un par de días después, me llamó por teléfono, no recuerdo si fue el propio Mariano Nicolás o el mismo ministro Rodolfo Martín Villa, mostrándome su extra-ñeza por la dureza del informe y, para cambiar impresiones, me invitaron a pasar un día en Madrid, exponiéndoles verbalmente mi punto de vista. Así...

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