Conclusiones

Autor:Tomás Gutiérrez Barbarrusa
Páginas:353-370
 
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Como se dijo en la introducción general esta tesis es fruto de un doble esfuerzo. Por un lado, es resultado de un ejercicio de deducción lógica y, por otro, es un análisis de contrastación empírica. En base a ello se desarrollan estas conclusiones.

1. La crisis de los años 1970 y 80 significa el agotamiento del régimen de acumulación fordista-keynesiano que había venido regulando a las economías capitalistas occidentales desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Es fordista, desde el punto de vista tecnoeconómico o de la microrregulación; es keynesiano, desde el punto de vista institucional o de la macrorregulacción (Piore y Sabel, 1990). Los regulacionistas lo describen como un régimen de acumulación intensivo - porque la organización productiva se transforma permanentemente para obtener incrementos de productividad - y modo de consumo muy integrado en el capitalismo - porque el modo de vida de los asalariados depende de la producción asegurada por el sector capitalista - (Boyer, 2007).

De acuerdo con la teoría regulacionista, la crisis del régimen de acumulación se produce por su llegada al límite y el aumento de las contradicciones dentro de las formas institucionales más esenciales. Ello implica, a medio plazo, la crisis de la regulación y, por tanto, del modo de desarrollo en su conjunto. Todo esto se ha descrito, de forma general, en el capítulo primero de esta tesis; y, de manera singular referida al modelo fordista-keynesiano, en el segundo.

A partir de los años 1980, por tanto, un nuevo régimen de acumulación o modo de desarrollo comienza a constituirse en el seno de las economías occidentales, que sustituye al anterior. Siguiendo una terminología neoschumpeteriana, este régimen se corresponde con el surgimiento de una nueva onda larga (quinta Kondratieff) y se conforma a partir de la renovación de los dos subsistemas principales que lo componen: el tecnoeconómico y el social e institucional (Pérez, 1983). Cada nuevo ciclo largo se caracteriza por la aparición de un nuevo paradigma tecnológico y por el cambio de las formas de regulación del sistema económico y social.

Los economistas neoschumpeterianos mantienen que alrededor de una constelación de innovaciones formada por la microelectrónica, la informática, las telecomunicaciones, la automatización, la optoelectrónica, la biotecnología, las energías renovables y los nuevos materiales se está

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configurando un nuevo estilo tecnológico (Pérez, 1983; Freeman, Clark y Soete, 1985; Castells et al., 1986; Dosi, Freeman, Nelson, Silverberg y Soete, 1988; Freeman, 1996).

Paralelamente, a este estilo tecnológico va ajustándose un marco institucional caracterizado por formas más flexibles de organización en la economía y en la sociedad y por el retorno al liberalismo como filosofía de gobernación. Conformándose, con todo ello, un nuevo modo de desarrollo donde los mercados se globalizan cada vez más y el Estado cede a las empresas innovadoras el liderazgo en la dinámica económica.

Los regulacionistas hablan de la financiarización del modo de regulación (Aglietta, 1998) para referirse a esta nueva configuración, donde la preeminencia de lo financiero sitúa a las formas institucionales de este modelo en las antípodas de las observadas durante el fordismo.

En efecto, la liberalización y la innovación financiera, revelan el carácter central de la evaluación bursátil como indicador macroeconómico clave que gobierna tanto la inversión como el consumo, a través de los efectos de riqueza, los cuales transitan por la facilidad del acceso al crédito. De esta forma, la lógica reproductiva que va de la ganancia a la cotización y viceversa reemplaza la que ajustaba productividad y salario real, producción y consumo de masa durante el fordismo. Así, puede iniciarse un círculo virtuoso: un aumento de la rentabilidad financiera estimula la Bolsa, lo cual motiva un aumento del consumo que a su vez estimula la inversión. El nivel de la producción es entonces la consecuencia de la evaluación financiera, lo que invierte las relaciones entre la esfera real y la esfera financiera prevalecientes en el modo de regulación anterior.

Según los regulacionistas, la financiarización es un régimen de acumulación extensivo y modo de consumo muy integrado en el capitalismo, lo que significa, a diferencia del anterior, que la organización productiva no ha sufrido grandes cambios en las técnicas de producción, pero el modo de vida de los asalariados sigue dependiendo cada vez más de la producción asegurada por el sector capitalista. Este carácter extensivo podría de alguna forma explicar, como se ha comentado, el mayor peso proporcional del plusvalor absoluto en las formas de desvalorización de la fuerza de trabajo y, a su vez, la pérdida relativa de los niveles de productividad en comparación con los alcanzados en el período fordista.

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Puede existir, por tanto, un régimen virtuoso de crecimiento financiarizado (Boyer, 2007), el cual, mutatis mutandis, es un sustituto potencial del modo de desarrollo fordista en la medida en que la dinámica bursátil reemplaza al salario como fuente de crecimiento acumulativo. Es el vuelco de la jerarquía de las formas institucionales en beneficio del régimen financiero lo que está en el corazón de este régimen. Sin embargo, también este modo de regulación empieza a mostrar sus límites, primero, con el estallido de la burbuja Internet a principios de los años 2000; y, después, con el estallido de la burbuja inmobiliaria y el derrumbamiento del régimen crediticio en la actual crisis financiera.

En cualquier caso, como reconocen los propios regulacionistas, la emergencia de este modo de regulación es incierta y difícil de establecer.

2. Aunque, como se ha señalado, el nuevo régimen invierte las relaciones entre la esfera real y la esfera financiera prevalecientes en el fordismo, esta tesis se centra en la primera de ellas, concretamente, en las características tecnoeconómicas del postfordismo, a las cuales se le ha prestado la máxima atención en el capítulo segundo. Desde esta perspectiva, el rasgo más sobresaliente de este modo de desarrollo es la flexibilidad en sus más diversas acepciones, existiendo al respecto unanimidad absoluta entre los diferentes autores y a pesar de las connotaciones ideológicas que lleva aparejadas dicho término.

La salida de la crisis del fordismo implicó un doble proceso de flexibilización (Alonso, 1999). Por un lado, una flexibilidad tecnológica, que afectó a los campos de la producción y la organización; y, por otro, una flexibilización social, que interesó a una mayor disponibilidad y fluidez de la mano de obra y, por tanto, a la estructura del mercado de trabajo específica del fordismo.

La primera de ellas, la tecnológica, se puede subdividir, entonces, en dos tipos: productiva y de organización. La flexibilidad productiva es, quizás, la manifestación más evidente del paso del fordismo al postfordismo, de tal forma que la producción en serie característica de aquél se sustituye por la producción flexible como nuevo paradigma tecnológico (por ejemplo, en Piore y Sabel, 1990; o en Coriat, 1993). No obstante, a pesar de lo sostenido por algunos autores, el postfordismo se caracteriza por diferentes usos de flexibilidad, que Coriat (1993) resume en dos nuevas

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grandes configuraciones productivas apoyadas una en el «Principio de Especialización Flexible» y la otra en un «Principio de Flexibilidad Dinámica». Esta última supone producción en serie flexible, no implicando, por tanto, el fin de la producción en serie como tal, pero sí la producción en serie de productos indiferenciados propia del fordismo.

En torno a la producción flexible surgen diversas tendencias organizativas que han caracterizado el proceso de reestructuración capitalista y la transición industrial. Las nuevas formas organizativas se concretan en prácticas productivas que confirman que a las concatenaciones clásicas del fordismo: gran empresa – integración vertical - economías de escala – constitución de barreras oligopolísticas de entrada, se añaden y se mezclan otras de tipo: PYME’s cocontratistas – cooperación horizontal – economías de variedad – constitución de nichos monopolísticos por rápida capacidad de ajuste a las variaciones de la demanda. Estas formas son descritas por Castells (2001) como nuevas trayectorias organizativas orientadas hacia el aumento de la productividad y la competitividad en el nuevo paradigma tecnológico y en la nueva economía global, de las cuales surge la empresa red como nuevo paradigma organizacional.

Por otra parte, las prácticas productivas y organizacionales flexibles conllevan, pari passu, la flexibilización del trabajo. La flexibilidad supone la adaptación constante de las tareas y el tiempo de trabajo a procesos, productos y mercados cambiantes. Esto hace a las...

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