Capítulo primero. Un transcurso esperanzador: Xavier Zubiri. La Filosofía de la Religión en Zubiri.

Autor:Natividad Senserrich
Páginas:55-92
RESUMEN

Copia del texto original francés - Traducción al castellano a partir del texto original francés: Notas sobre la Filosofía de la Religión - Análisis del texto - Definición y límites de la Filosofía de la Religión - La verdad religiosa

 
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CAPÍTULO PRIMERO. UN TRANSCURSO ESPERANZADOR: XAVIER ZUBIRI

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Traducción al castellano a partir del texto original francés: Notas sobre la Filosofía de la Religión

Cuando se habla de Filosofía de la Religión se tiene la impresión de desvelar un tema muy trillado. Y esta sensación de lo «ya conocido» es a menudo un vehículo eficaz para adentrarse en las tinieblas del estricto concepto contenido en las palabras. La expresión «Filosofía de la Religión» despierta en la conciencia de muchos lectores una especie de precipitado general del estudio de historia comparada, de sociología general o de psicología, es decir, el estudio más o menos «positivo» de los, llamémoslos así, fenómenos religiosos. De tal modo, la filosofía de la religión sería únicamente el resultado de las inducciones más o menos extensas sobre los hechos religiosos.

En lo sucesivo, ya no es lícito negar, sea de la forma que sea, todo el alcance de este estudio; más bien al contrario, ahora arrancaremos a partir de él. Pero considerándolo atentamente nos percatamos que lo qué contiene realmente fecundo se encuentra precisamente en los resultados concretos sobre las religiones positivas, más que en los conceptos generales que éstas sugieren. Es por esta razón que no sólo se nos permitirá sino qué será absolutamente necesario preguntarnos lo que significa el adjetivo «filosófico» aplicado al estudio de los fenómenos religiosos.

Ciertamente, desde hace un tiempo juiciosamente se ha propuesto eliminar de las investigaciones histórica y psicológica todo aquello que, con o sin razón, se ha llamado «especulación filosófica». En efecto, es inadmisible que las combinaciones de pensamientos ocupen el lugar que corresponde a los hechos que nos ofrece, o nos puede ofrecer, la realidad, incluso en el caso oportuno en que aquéllos coincidan con ésta. Pero si es absurdo pretender que el pensamiento descubra por él mismo la realidad concreta sin recurrir a los hechos, no lo será menos creer que la investigación positiva de los hechos se efectúe abs-

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trayendo aquello que provisionalmente podríamos llamar «el cuadro intelectual», cuya función consiste en ser el sistema de localización para la percepción de la realidad concreta.

Recordemos lo que ha ocurrido a la más característica de las ciencias positivas, la Física. La Física, como ciencia positiva no fue posible hasta pasados largos siglos que perfeccionaron y determinaron el concepto de lo que debe ser una realidad de orden físico. Hasta que no se ha contado con la idea de un ser cósmico dotado de propiedades permanentes y conexiones estables de naturaleza matemática la Física no ha podido avanzar en un sentido positivo «sobre el real camino de la ciencia», según la expresión de Kant. El olvido en el que fácilmente cae el espíritu ante el follaje y los frutos ha podido solamente borrar de nuestra mirada ese hecho oscuro y radical, a saber, que es necesaria una ontología del mundo físico para que sea posible la ciencia física. La ontología no pretende formular leyes físicas ni descubrir estructuras atómicas; pero, sin la idea de que existe una «cosa material» dotada de permanencia y de propiedades variables, sin la idea de que existe una conexión bien determinada y, por lo tanto, estable entre estas variaciones, jamás hubiéramos la naturaleza de estas cosas, sus variaciones y sus modalidades.

Si miramos ahora el panorama de las ciencias del espíritu, nuestro pensamiento inmediato será compararlas a las ciencias de la naturaleza. La primera aproximación nos llevará a comparar los resultados obtenidos en cada uno de los dos grupos de ciencias. Y hay que confesar que las ciencias del espíritu, a pesar de todas sus imperfecciones, en el fondo no son mucho menos ricas en cantidad de hechos estudiados que las ciencias de la naturaleza. Sin embargo, no podríamos negar, por ejemplo, que, bajo la masa imponente de conocimientos históricos que actualmente poseemos, un espíritu dotado de sensibilidad experimenta una cierta inquietud en el fondo de sí mismo. Es posible que esta inquietud se produzca debido a que, mientras en la ciencia física los hechos nuevos y las nuevas

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leyes van a parar a un cuadro intelectual bien determinado, gracias al cual podemos avanzar metódicamente en el estudio de los hechos nuevos, en las ciencias históricas, por el contrario, los hechos se encuentran acumulados, tal vez ordenados, incluso es posible que organizados, pero casi nunca ubicados en un cuadro intelectual comparable al de la Física. En una palabra, mientras que el físico posee una idea bastante precisa de la naturaleza, el historiador no posee una idea precisa del espíritu. No existe una ontología del ser espiritual que ni de lejos pueda compararse en riqueza de matices y de precisiones a la ontología del ser material que se encuentra en la base de nuestra Física. Este hecho no se produce por casualidad. Pero, sin entrar en la profunda cuestión de explicar este fenómeno, a primera vista tan extraordinario, debemos constatar con honestidad que la diversa situación en que se encuentran las ciencias del espíritu respecto a las ciencias de la naturaleza obedece, en primer lugar y de manera fundamental, a esa ausencia de un previo «cuadro intelectual».

Por su lado, la Física no llegó a poseer este cuadro, esta ontología del ser material, por una especie de precipitado general de las investigaciones científicas; al contrario, es un hecho que es esta ontología la que ha suministrado a éstas su fundamento primero, primero no sólo en el tiempo, sino también kata logon y kata fusin. Del mismo modo que no podría esperarse que la idea del ser y del devenir espiritual pueda obtenerse por una decantación de los hechos históricos o psicológicos. Tratamos aquí una cuestión bastante antigua: la de descubrir, por encima de las cosas, lo que constituye su ser. Desde Aristóteles el ser de las cosas es lo que por ellas poseen su realidad concreta, al igual que lo que por ellas no son conocibles. Estudiar de las cosas lo que las hacen reales y lo que las hacen de una cierta manera más que de otra, estudiar la realidad en tanto que tal, éste es el objeto de la Filosofía. Podrán existir grandes diferencias en cuanto a la manera de comprender este ser. Es la Historia de la Filosofía. Se habrá podido creer, en un momento dado, que el ser, en tanto que tal, es el pensamiento o la conciencia. Poco

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importa: esta filosofía idealista, si realmente se pretende ser una filosofía stricto sensu, con todo el rigor y la precisión de la palabra, deberá situarse en este punto de vista del ser. Y con mayor razón cuando no se tiene este concepto idealista.

Está claro que cuando se desee hacer una Filosofía de lo que se ha llamado «realidad espiritual» el adjetivo «filosófico», aplicado a este estudio, significará que se considera esta realidad desde el punto de vista del ser.

Pero esto no significa, en ningún caso, que la filosofía deba dedicarse al estudio de las formas concretas de cada una de estas realidades espirituales. En este sentido, es perfectamente lícito, repito, eliminar este espíritu especulativo de la ciencia positiva, o mejor dicho, eliminar este espíritu positivista de la filosofía «especulativa». Puesto que en el fondo esta especulación perversa intenta alcanzar lo positivo por sí misma. Sin embargo, la filosofía tampoco puede eludir esta realidad positiva. Ya Aristóteles, y con él lo mejor de la filosofía de la Edad Media, afirmaba, en contra de Platón, que el ser no es una abstracción vacía y unívoca, sino que, por el contrario, es trascendental, es decir, que cada realidad posee su propio ser. Por consiguiente, no se puede alcanzar el ser de cosas reales por un juego solitario de pensamientos vacíos, sino por la aprehensión efectiva de cada realidad concreta. Recurrir a la realidad es, pues, tan necesario para la filosofía como para la ciencia. Aunque la filosofía recurre de una manera distinta a como lo hace la ciencia positiva. Éste no es el lugar para estudiar más a fondo la diferencia entre estos dos aspectos de la aprehensión de lo real.

En consecuencia, la filosofía del espíritu, a través de un estudio cuidadoso de las realidades concretas, se limitará a elaborar la idea del tipo de realidad que posee lo espiritual. En este caso, podría decirse, por ejemplo, que esto no ayuda a avanzar la historia; pero la filosofía, por definición, no se propone hacer avanzar la historia de este o aquel país, ni de un u otro fenómeno cultural o vital. Pero, si la filosofía no

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enriquece el contenido de la historia, al menos la hace posible en tanto que ciencia.

Así pues, cuando se trata de fenómenos religiosos, no debemos sorprendernos de que su estudio corra con la misma suerte que todas las otras investigaciones de este tipo. Sin embargo, no será improductivo precisar esta situación. En primer lugar, a una filosofía de la religión no le compete decidirse, sea de la forma que sea, a favor una religión determinada. Sería hacer Apologética o Teología. Pero también es esencial añadir que la filosofía de la religión no consistirá en un simple estudio comparativo de los hechos religiosos con el fin de obtener inductivamente conceptos generales aplicables a un conjunto, más o menos amplio, de estos hechos. La filosofía religiosa se limitará a observar la religión desde el punto de vista del ser. Pero el ser en todas sus dimensiones. La realidad religiosa tiene su propia realidad, y no podríamos contar con una verdadera filosofía de la religión sin eí apoyo del estudio minucioso y concreto de las religiones positivas, tal como se nos muestran en los documentos de una riqueza sorprendente y siempre creciente.

Hay que confesar que se ha recurrido frecuentemente a estas ideas. Sin embargo, la...

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