Una discusión sobre inmigración y proyecto intercultural

Autor:Andrés Murcia González
Páginas:309-322
 
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Una discusión sobre inmigración y proyecto intercultural es un trabajo resultado de las actividades que durante los últimos once años ha venido realizando el Taller de Pluralismo Cultural, Minorías y Cooperación Solidaria, bajo la dirección de los profesores Oscar Pérez de la Fuente y Daniel Oliva Martínez, en el Instituto Bartolomé de las Casas de la Universidad Carlos III de Madrid.

El libro recoge distintos artículos relacionados con la inmigración, el principio de igualdad constitucional, la igualdad de género, el multiculturalismo, las minorías nacionales y los derechos de los pueblos indígenas suscritos por una serie de especialistas de reconocido prestigio en cada una de estas temáticas.

En “Sobre inmigración y proyecto intercultural” el profesor Oscar Pérez de la Fuente, a partir de la denuncia de la crisis de los tradicionales modelos de gestión de la inmigración, el asimilacionista, el diferencialista y el modelo multicultural1; nos propone abrir un espacio para la crítica y reflexión que nos permita plantearnos cuál debe ser el sistema de integración de los inmigrantes en una sociedad democrática y qué modelo refleja lo que pasa en España. Para asumir esta tarea se requiere, en palabras del autor, “vocablos morales, valores

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y conceptualizaciones que hagan del pluralismo un valor positivo, pero sin renunciar a otros valores importantes de la convivencia” (p. 11).

Partiendo de una concepción de la diversidad no como “problema” sino como un “motivo” para construir una democracia más inclusiva, al margen de la discusión exclusivamente académica, nos invita a adoptar los contenidos axiológicos del interculturalismo como una síntesis superadora de los defectos y excesos de las políticas tradicionales de gestión de las diferencias culturales.

Esta línea de argumentación se profundiza en el artículo “Bases y Fundamentos del modelo intercultural para la gestión de la diversidad” del Profesor Daniel Oliva Martínez.

El análisis que se lleva a cabo, parte de la idea central de que el hombre, si bien cuenta con una serie de condicionantes de tipo biológico, es ante todo un ser que se desarrolla moralmente y logra hacer frente a las dificultades de la vida con el apoyo de su cultura particular2.

El valor de la cultura para los hombres no implica la negación de la auto-nomía individual, “el ser humano a través de la cultura y los procesos de socialización que aquella conlleva, se sitúa en la posibilidad de la diferencia, de la distinción, en definitiva, ante las puertas de la creatividad y ante la opción de un desarrollo individualizado, propio, particular e intransferible” (p. 249)3.

La afirmación, desde una perspectiva descriptiva, acerca de la existencia evidente de una sociedad multicultural, lleva al autor, en un plano normativo, a destacar la relevancia moral de una diversidad cultural que no puede ser adecuadamente gestionada desde parámetros excluyentes, asimilacionista-integradores o multiculturalistas.

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La interculturalidad que va más allá de la implementación de políticas públicas, supone un proyecto ético que ha de convertirse en eje vector de las relaciones internacionales y un valor inherente al Derecho de toda sociedad democrática. Este modelo se basa en los siguientes principios: (i) la diversidad cultural como elemento positivo de nuestras sociedades y la igual dignidad y valor de cada cultura; (iii) el derecho de todo ser humano a ver preservada su cultura; (iii) la concepción dinámica de las culturas; (iv) la oposición frontal al etnocentrismo; (v) la oposición a los enfoques asimilacionistas y la apuesta por la ética del reconocimiento; y, finalmente, (vi) el diálogo, la cooperación intercultural y la lucha contra las injusticias sociales.

El interculturalismo se mostraría respetuoso de las distintas identidades culturales presentes en una sociedad pero, en todo caso, exigiría una interrelación e interacción entre las distintas comunidades para generar un acuerdo de mínimos en materia de valores públicos. Este acuerdo garantiza la unidad y la acción mancomunada entre individuos y grupos de distinta procedencia para alcanzar deter-minados objetivos en beneficio de la sociedad en su conjunto.

Sobre los fundamentos éticos que dotarían de eficacia al interculturalismo se ocupa el Profesor Oscar Pérez de la Fuente en “Inmigración y ética de la alteridad”. En este trabajo se aborda la cuestión de la diversidad derivada de las migraciones desde las perspectivas utilitaristas y deontológicas4. Estas perspectivas resultarían insuficientes para dar una respuesta satisfactoria a la problemática planteada y, por ello, se opta por proponer una perspectiva desde la virtud cosmopolita que se sustentaría sobre: (i) La redefinición de los vínculos de solidaridad social y en (ii) la ética de la alteridad.

En relación con el primer aspecto, el autor se refiere, como punto de partida, al planteamiento de R. Rorty que vincula de manera intrínseca etnocentrismo y solidaridad, donde el comportamiento solidario se asocia a los límites de la comunidad, a ser uno de nosotros5.

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Para resolver esta cuestión se recogen las propuestas de Garzón Valdés que plantea la noción de “sacrificio trivial asociado a un altruismo mínimo” y Bayón quien propone la noción de “altruismo más que mínimo” asociado al principio de la diferencia rawlsiano.

El enfoque de la ética de la alteridad, vinculada a la virtud cosmopolita, busca, según el autor, “considerar como virtuosa la inclusión de la alteridad, frente al fundamentalismo y al relativismo y redefinir la solidaridad humana más allá del círculo del nosotros” (p. 129); concluyendo con una clarificadora cita de López Aranguren, para quien “la actitud ética es siempre personal e interpersonal: ve en cada hombre no un alius, otro cualquiera, sino un alter ego, otro yo, el otro, otro hombre igual que yo”6.

Con el importante bagaje teórico que aportan los artículos reseñados, en el libro también se recogen una serie de análisis más concretos que podemos valorar a partir de los principios de la relevancia moral de la identidad cultural, la inclusión como criterio de la legitimidad de una comunidad política, la solidaridad más allá de las fronteras y la ética de la alteridad.

En el artículo “Racismo e inmigración” del profesor Ubaldo Martínez Veiga se ofrece una descripción detallada del racismo moderno a partir de determinados postulados que comparte con el nativismo que se desarrolló a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX en Estados Unidos. En España, estos postulados se podrían identificar en algunas de las respuestas a la encuesta que el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y el Observatorio Contra el Racismo y la Xenofobia (OBRAXE) publicaron en 20097.

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El racismo moderno tiene como una de las características básicas que lo definen el ser un racismo que se niega a sí mismo8. Con carácter adicional, busca alcanzar una pretendida legitimidad normativa a través del recurso a argumentos sobre los costes de la inmigración y manteniendo ocultos sus razonamientos de carácter racista e identitario9.

En el marco del racismo moderno se suele hacer referencia a los siguientes costes de la inmigración: (i) los inmigrantes quitan los trabajos de los nativos; (ii) los inmigrantes deterioran los servicios sociales o quitan los servicios de los nativos; (iii) los inmigrantes tienen demasiadas ayudas que son negadas a los ciudadanos; (iv) se da una invasión de inmigrantes que puede reducir el país a un país “del tercer mundo”; (v) se ataca la reproducción de los inmigrantes y por ello se trata de recortar y poner siempre cortapisas a todas aquellas medidas que apoyen la reunificación familiar u otras medidas parecidas; (vi) lo que empieza como un ataque a los inmigrantes sin papeles rápidamente se extiende a los inmigrantes regulares; (vii) la categoría de inmigración ha reemplazado frecuentemente la noción de raza10.

Todos estos argumentos o, si se prefiere, prejuicios parten de la idea de que los inmigrantes están ubicados en un grado diverso de humanidad11.

Esta diferencia justifica la premisa “primero los nativos y después los inmi-

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grantes” que es considerada como algo que no se cuestiona en nuestra cultura política.

El autor, a partir de algunos datos estadísticos como el informe de la Organización Mundial de Médicos de Familia de 8 de octubre de 2010, afirma que en España los inmigrantes no quitan los trabajos de los nativos sino que traen consigo muchos más. También parece absolutamente fuera de la realidad el pensar que los inmigrantes reciben más ayuda que los nativos. Por último, parece claro que lo inmigrantes ni quitan ni deterioran los servicios a los que tienen acceso los nativos.

Toni Morrison, en su ensayo Playing in the Dark: Whiteness and the Literary Imagination de 1993, destaca que muchas de las obras clásicas de la literatura americana, aunque no se refieran explícitamente a la raza, sin embargo, están profundamente estructuradas por problemas de desigualdad e identificación racial que adoptan la forma de “silencios” que debemos aprender a leer.

El profesor Martínez Veiga consciente de que alguien puede objetar que “leer los silencios” no es un método científico, nos invita, no obstante, a analizar la situación de la inmigración en España a partir de los contenidos implícitos en los discursos de los responsables políticos, los medios de comunicación y la ciudadanía en general, pues “el descubrimiento de cómo hay que leer estos silencios de la raza es fundamental para estudiar el racismo actual que, como se ha señalado con anterioridad, es un racismo que se niega a sí mismo” (p.58).

En “La inmigración en España: su evolución normativa desde una perspectiva sindical”, el abogado José Antonio Moreno Díaz considera que este es un proceso caracterizado sobre varios ejes (i) es un hecho...

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