Historia y monarquía. Situación historiográfica actual

Autor:Ángeles Lario
Cargo:Investigadora-docente contratada "Ramón y Cajal", en el Departamento de Historia Contemporánea de la UNED
Páginas:409-425
 
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Ángeles Lario

    Investigadora-docente contratada "Ramón y Cajal", en el Departamento de Historia Contemporánea de la UNED. Especialista en Liberalismo y Formas de gobierno. Ha publicado: El Rey, piloto sin brújula. La Corona y el sistema político de la Restauración (1875-1902), Madrid, Biblioteca Nueva 1999. Coeditora de La Corona en la historia de España, Biblioteca Nueva, Madrid 2003. Asimismo ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas y participaciones en libros, como, El modelo liberal español, en Revista de Estudios Políticos, nº 122. 2003. Monarquía Constitucional y Gobierno Parlamentario, Revista de Estudios Políticos, nº 106, 1999. La Corona en el Estado Liberal. Monarquía y Constitución en la España del XIX, en Historia Contemporánea..U.P.V.,nº 17, 1998. Cánovas y la Monarquía, en In Memorian AMC. Estudios dedicados a Antonio Mª Calero. Córdoba 1998.

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  1. En Europa, la Monarquía fue un elemento crucial para el diseño del sistema parlamentario. De hecho, El parlamentarismo fue el modo como finalmente se adaptó la Monarquía a la revolución liberal. Hoy día las Monarquías no tienen otra alternativa constitucional. En este contexto, estudiar el proceso de adaptación de la Monarquía al sistema político liberal, es decir, el constitucionalismo, es contribuir a explicar el presente, así como abrir el camino futuro con más datos, especialmente en lo que afecta a las reformas políticas que se llevan a cabo en las Repúblicas actualmente.

  2. La razón de esta aseveración es la constatación de que el sistema de gobierno parlamentario surgió específicamente para adaptar la Monarquía a la Constitución, pero que, cuando se cambiaron las Monarquías por las Repúblicas, no se buscó el ejemplo "republicano" por excelencia, el que primero se había diseñado y funcionaba correctamente, el de los Estados Unidos de Norteamérica, sino que se siguió la tradición interna, la heredada de la Monarquía, el gobierno parlamentario.

  3. En España, la Monarquía apenas convivió con el modelo revolucionario de Asamblea diseñado por la Constitución de 1812; solamente en el Trienio, y forzado por el primer pronunciamiento triunfante que obligó a Fernando a seguir la senda constitucional, al menos hasta que pudiera decidir otra cosa. Fue en el reinado de Isabel II cuando se inició, en las Regencias, la práctica del modelo parlamentario. No se puede exagerar, por ello, la necesidad de estudiar en profundidad este reinado y, particularmente, el uso político del poder monárquico, tanto por el propio monarca como por los políticos encargados de diseñar y poner en práctica el liberalismo constitucional. La biografía de Isabel II, que llevó a cabo Isabel Burdiel1, incompleta en el tiempo -porque acaba en 1854, con la salida definitiva de España de su madre, María Cristina-, es una reciente y esclarecedora aportación sobre cómo se fue diseñando en aquellos momentos cruciales el gobierno parlamentario en la práctica. Se suma a la importante atribución hecha en su día por Ignacio Marcuello2, con la peculiaridad del uso de fuentes de gran interés para analizar las decisiones de la Monarquía y sus inspiradores directos -el archivo de María Cristina que guarda el Archivo Histórico Nacional-. Destaca entre ellos la figura de Donoso, a cuya facción moderada, y al hilo de estos datos, entendí que podía calificarse de inconstitucional3; pero se ilumina con directa luz la influencia de la familia "burguesa" que dominaba el Palacio. Dicho esto con el cariz negativo quePage 410 implica aludir al predominio de intereses económicos muy concretos y activos en las más altas decisiones de lo que debería haber sido un Poder Moderador. Esa familia, claro está, es la que formó M. Cristina con su segundo marido, Muñoz. Con ella prevaleció el interés particular sobre cualquier concepto de defensa y sostenimiento de la Monarquía por parte de M. Cristina que tanto y tan decisivamente influyó en la reina niña.

  4. María Cristina parece representar en sí misma la política monopartidista e interesada de la Monarquía. No tuvo un alto sentido institucional. Fue, quizá, su cómoda posición burguesa, proporcionada por su segundo matrimonio, dedicada a los negocios familiares, lo que la llevó a ver el poder de su hija como algo útil, sustituyendo así el sentido de perpetuación de la Monarquía. Y si ella era una persona madura, capaz e inteligente para llevar a cabo sus propósitos, cuando actuó a través de Isabel II, débil de carácter, carente de información y de formación, manejada penosamente hasta en sus necesidades más íntimas, se convirtió en una denuncia abierta de lo erróneo de ese camino para la propia Monarquía.

  5. Pero hablar de María Cristina es hablar paralelamente de su segundo marido, Muñoz, que canalizaba todos los contactos políticos, las gestiones económico-políticas -control de periódicos- y, en fin, la vía de acceso a María Cristina. Parece que se consideró, y fue considerado -véase Donosojefe del partido Moderado. Este dato nos ayuda a comprender mejor el porqué de que en la "camarilla", la política estuviera supeditada a los negocios. Claro que, al lado de esa camarilla "burguesa", se encontraba la "reaccionaria y clerical" del Rey consorte - Nos dice la autora que hasta 1854-56, al menos, la reina no tuvo camarilla propia, cuando llegaron el Padre Claret y Marfori-. Ambas entraban en competencia para controlar las decisiones de Isabel, presentándonos así una situación lamentable y casi la tentación de dolernos las circunstancias en que tuvo que desenvolver su reinado, violentado incluso el secreto de su vida privada constantemente utilizado por sus ministros para presionarla. Sobre todo porque esta férrea tutela sólo pareció servir a intereses particulares, de poder de las fracciones, y no, desde luego, para enderezar el proceso político constitucional ni llevar a la Corona hacia el correcto uso parlamentario de sus poderes, como sirvió años más tarde a Cánovas y Sagasta el control político del Rey.

  6. La autora invierte la posición tradicional de partida en sus hipótesis. Tradicionalmente se partía de la hipótesis, lógica en el proceso de revolución liberal, de que los partidos políticos, los Gobiernos o las Cortes se sintieran imposibilitados de independizarse de la Corona, en una perenne continuación de la lucha revolucionaria frente al poder absoluto de la Monarquía. Esto parecía dejar ya concluida la explicación del proceso; sin embargo, permanecían las preguntas fundamentales: ¿cuál fue realmente la ideología y prácticas de los partidos políticos? ¿qué hicieron para fortalecerse frente a la Monarquía? ¿cómo se relacionaron entre ellos?, sobre todo si consideramos que a la Corona nunca le faltó un ministro responsable que avalara sus decisiones. En este caso, sin duda al ser el objeto de estudio la titular de la institución Monárquica, Burdiel plantea laPage 411 posibilidad de que la Corona se sintiera imposibilitada de independizarse de los intereses particulares de los partidos y sus fracciones; en concreto del Partido Moderado, o de la fracción que bien podríamos llamar inconstitucional, representada por el grupo liderado por la Regente y Muñoz, con Donoso como cabeza visible en Palacio. En sus hipótesis de partida y principales conclusiones, plantea, pues, un radical cambio de punto de vista, lo que le posibilita el rompimiento de la barrera que parecía estar establecida para los estudios del XIX. Lo que afecta tanto a la visión de la Monarquía como a la de los partidos políticos, especialmente el Moderado.

  7. Este cambio de punto de vista permite poner en cuestión la teórica función de esos partidos -en este caso el Moderado- como constructores del liberalismo a la vez que defensores de la Monarquía. Además exige un estudio sobre lo que sabían o no respecto al funcionamiento de una Monarquía constitucional de Gobierno parlamentario y si lucharon o no por conseguirlo. Al fin toda construcción liberal fue obra de los que estuvieron dispuestos a limitar el poder del Rey, lo que en Inglaterra y en Francia llevó a la muerte a los titulares de la Corona, con la diferencia de casi un siglo y medio.

  8. En el caso de los partidos políticos isabelinos, concretamente el Moderado, parece que la satisfacción de los intereses partidistas resultaba mucho más fácil e inmediato conseguirla utilizando el control sobre la reina adolescente y caprichosa, sin ninguna educación política constitucional, ni parece que de otro tipo, que concurrir políticamente en las elecciones. Nadie se ocupó de formar a Isabel II como reina constitucional; unos porque no querían que lo fuera de hecho, y otros porque no confiaban en que pudiera serlo en la práctica, dado el poder de su madre y su camarilla. Por ello resulta significativa la mención que hace la autora de "perpetua situación de minoría de edad" de la reina4, en lo que influye decisivamente su condición de mujer y la mentalidad de la época al respecto. En Isabel II, por lo tanto, permanecía una visión tradicionalista de su papel político.

  9. Esta visión tradicionalista de la Monarquía en Isabel II queda patente en diversas aportaciones de otra obra reciente sobre la época5. En ella, Carasa nos muestra cómo en los viajes de la reina se desarrolla esta visión tradicionalista por los propios historiadores que participan. La misma cultura que se observa en las actitudes sociales de Isabel, según analiza este autor, que desmiente la tradicional visión de reina benéfica, al contrastar los extraordinarios regalos suntuarios con lo que daba a los pobres6. Por otra parte no llegó a los libros que ella estudiaba la reescritura de la historia de la que nos habla Beramendi, en los que, simplemente, no existía la revolución liberal y menos aún la transformación de la Monarquía y su papel político. Eso explica que, todavía más en el campo religioso, Isabel II participara de una visión tradicionalista de su propio papel, oponiéndose a la tolerancia religiosa, como explica Laparra. Villacorta Baños...

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