Modernización Administrativa e Institucional en la II República

Autor:José Tudela Aranda
Cargo del Autor:Letrado de las Cortes de Aragón
Páginas:251-259
 
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Es habitual juzgar la II República por aquello que sucedió entre 1931 y 1936. Desde luego, es una perspectiva necesaria. Pero para el no historiador puede haber otra más fructífera. Examinar esos años desde lo que representó en la historia de España y en el imaginario colectivo, el ideario y la ilusión republicana. Creo que es en ello donde se pueden obtener los mejores réditos para el presente y donde, seguramente, se encuentra lo mejor de ese proyecto. Por ello me congratula especialmente esta oportunidad de pensar en voz alta.

Intolerancia de unos partidos con otros

; «La Administración y la política: soluciones propuestas para la independencia de la primera respecto de la segunda»; «Degeneración del carácter de Diputado»; «Escasa eficacia del Parlamento en la marcha del ejecutivo»; «Por qué la moralidad figura en los programas de los partidos en vez de darse por supuesta»; «Confusión de la tolerancia con la indiferencia»; «Causas del excesivo número de políticos de profesión».

No son éstas expresiones de un reciente tratado de moral pública. Son epígrafes del «Régimen parlamentario en la práctica», de G. de Azcárate, escrito en 1885 y que me sirven para explicar la intención de mi intervención, que no es otra sino constatar la voluntad de renovación y modernización de la vida pública de la que fue heredero el ideal republicano y que lo acompañó mientras tuvo visos de llegar a ser realidad. Asimismo, sirven para avanzar la vigencia de muchas de esas reflexiones y preocupaciones.

No resulta exagerado calificar como compartida la reflexión que asocia la II República con modernidad, al menos con el deseo de renovación de la vida pública española. Con independencia de cualquier otro juicio histórico, ésta es una premisa escasamente discutida. ¿Podrá España incorporarse a la corriente general de la civilización europea Esta pregunta de Azaña formulada en 1911 resume bien las inquietudes que preceden a la República. Como lo hace, desde otra perspectiva, Ortega, cuando en el discurso del Teatro de la Comedia en 1914, dice que hoy quien escucha España no recuerda ni a Calderón ni a Lepanto, que ese nombre «no suscita la imagen de un cielo azul y, bajo él, un esplendor, sino que meramente siente, y esto que siente es dolor».

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Ligado al fracaso histórico español del siglo xix y principios del xx, se desarrolló, como es conocido, un movimiento intelectual que postulaba la necesidad de una nueva España. Las voces que lo nutrían eran y procedían de lugares diversos pero todas coincidían en la constatación del fracaso y en la necesidad del cambio.

La contundencia y perseverancia de esa idea que globalmente se conoce como regeneracionista sólo se explica por la paralela contundencia por la insatisfacción de la vida pública española. El Estado español, decía Azaña, no podía funcionar porque se carecía de conciencia colectiva. El cuerpo electoral carecía de toda organización y el parlamento que nacía del mismo no era sino un escenario de la vanidad y de la impotencia. Las leyes, un juego que nadie respetaba. Los partidos de gobierno, unas cuantas familias acampadas sobre el país.

La conciencia de la incapacidad del fracaso histórico, de la carencia de las estructuras adecuadas para responder a las necesidades de transformación del país, explica no sólo la importancia del citado movimiento intelectual sino el entusiasmo y esperanzas que, de manera bastante generalizada, suscitó el advenimiento de la II República.

Se trataba de hacer realidad un nuevo modelo de lo público. En realidad, se trataba de dotar a lo público de la consistencia necesaria para poder abordar las transformaciones que deberían convertir el rural y atrasado país que era España en aquel que correspondía por historia y cultura.

Presupuesto de todo ello era la distancia insalvable entre la España oficial y la España real: «Lo que sí afirmo es que todos esos organismos de nuestra sociedad -que van del Parlamento al periódico, de la escuela rural a la Universidad-, todo eso que aunándolo en un nombre llamaremos España oficial, es el inmenso esqueleto de un organismo evaporado, desvanecido, que queda en pie por el equilibrio material de su mole», decía Ortega.

El clamor contra la España vieja era antiguo, anterior a los inicios del siglo

xx, como bien denotan las citas de Azcárate transcritas. Por su parte, la crisis del 98 había provocado la generalización de la convicción sobre el carácter definitivo e irremediable del fracaso del régimen de la restauración. La novedad ligada al ideal republicano vendrá por una llamada a la acción, por una politización activa de ese pensamiento. Sin abandonar el mundo de las ideas, se mira a la política como necesidad para resolver el fracaso nacional.

La revisión de lo público exigía para los republicanos, como condición indispensable, la revisión de todas las instituciones democráticas. Ello se traduciría en una reivindicación de la política: «No odiéis ni os apartéis de la política, porque sin ella no nos salvaremos. Si política es arte de gobernar a un pueblo, hagamos política y cuanto más, mejor, porque sólo así podremos gobernarnos a nosotros mismos e impedir que nos desgobiernen otros». En esa función, el Estado es el gran instrumento transformador, como...

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