«Viva Rè di Spagna e muora mal governo». Discursos sobre la legitimidad y el ejercicio tiránico del gobierno durante la rebelión siciliana de 1647

Autor:Manuel Rivero Rodríguez
Cargo del Autor:Universidad Autónoma de Madrid
Páginas:187-214
RESUMEN

1. Tiranía y sensibilidad política en la Europa del Barroco - 2. Revueltas y revoluciones en un sistema frágil e inestable - 3. La revuelta de Palermo del 23 de mayo de 1647 - 4. La popularidad de la inquisición - 5. Giuseppe de Alesi y la revuelta de agosto - 6. Justicia y tiranía

 
ÍNDICE
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1. Tiranía y sensibilidad política en la Europa del Barroco

En esta contribución veo la necesidad de hacer un breve esquema introductorio sobre el problema de la tiranía en el siglo XVII dado que en el programa de este seminario el camino que conduce del Renacimiento a la Ilustración sólo lo cubre nuestra aportación sobre las alteraciones palermitanas de 1647. A primera vista puede parecer capricho o raro exotismo dirigir la mirada hacia un rincón de la periferia de Europa cuando Francia, Inglaterra y España se hallaban convulsionadas por guerras civiles y revoluciones, pero Palermo, como Nápoles, Londres, Lisboa, Barcelona o París se incluye -o suele hacerse- dentro de un mismo contexto o panorama general. Nos referimos a la conocida como Crisis General del siglo XVII que tomó consistencia como acontecimiento y problema historiográfico en la década de 1960 a partir de un famoso debate que tuvo lugar en la prestigiosa revista británica Past & Present. Se observó que, de manera simultánea, todos los países europeos se vieron sacudidos por revueltas, revoluciones y guerras. Las cuales eran la expresión de una profunda crisis económica y social. Los estallidos de violencia eran vistos como manifestación de un complejo movimiento telúrico que marcaba la agonía del modo de producción feudal y el ascenso de nuevas formas y técnicas productivas de naturaleza capitalista, eran síntoma y advertencia del comienzo del fin del Antiguo

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Régimen, del desajuste entre estructuras económicas, sociales y políticas. Las "contradicciones internas" del sistema que, al llegar al paroxismo, lo obligaban a afrontar su debilidad e inconsistencia1.

Evidentemente, la etiqueta Crisis General impedía todo enfoque particular, cada hecho o acontecimiento se reducía a caso, ejemplo o manifestación. Naturalmente, desde la perspectiva política, esa generalización permitía clasificar modelos y detectar un discurso de oposición de contrarios que de manera muy esquemática comprendería la confrontación entre absolutismo y constitucionalismo en la construcción del Estado. Obviamente un término moral y particular como la tiranía quedaba fuera de un análisis que se concentraba en la búsqueda de las "causas objetivas", tirano y tiranía eran epítetos utilizados por la propaganda de uno u otro signo pero no constituían parte del debate.

Es curioso ver cómo un problema intrínseco a la vida política de los siglos XIX y XX se proyectó al siglo XVII sin apenas matices, como si desde tiempo inmemorial hubiera existido un debate entre conservadores y liberales, legitimistas y revolucionarios, tories y whigs que ofrecen una lectura dialéctica de los movimientos y alteraciones violentas anteriores a las revoluciones liberales2.

Los hombres del siglo XVII, como es natural, percibieron un carácter general en las turbulencias que les tocó vivir, sin embargo no las contemplaron como problema específico de un momento, sino como algo consustancial a la naturaleza de las cosas. Una naturaleza siempre frágil, inestable y mudable. Baltasar Gracián en el aforismo 134 del Oráculo manual refiexionaba sobre la manera de hacer frente a la mudanza de las cosas mediante la técnica de «doblar los requisitos de la vida. Todo ha de ser doblado para contrarrestar la fragilidad». Puede esgrimirse como ejemplo del fatalismo propio de un hombre angustiado por la impresión del momento en el que vive, pero este discurso sobre la fragilidad se expresaba con la misma intensidad cien años antes por Teresa de Jesús y por multitud de autores que vivían -se supone- en tiempos mejores. Pero para Felipe IV de España, sin ir más lejos, la lectura de Guicciardini y la traducción

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de algunos capítulos de su Storia d’Italia le servían, según justificó de su puño y letra, para conocer y comprender su propio tiempo: «movióme a elegir esta parte ver lo que se parecen aquellos tiempos a estos movimientos generales de Europa que en estos doce años de mi reinado se han alcanzado que, como he dicho, son no solo parecidos sino que hay mucho que aprender de aquellos»3. Hoy pocos historiadores sostienen que la época sobre la que versa la obra del historiador fiorentino sea igual o parecida a la del rey planeta, si recurrimos a las etiquetas habituales, Renacimiento y Barroco, parecen de manera automática tiempos opuestos, sin embargo esta relación dialéctica es sólo un artefacto cultural.

A mediados del siglo XVII, en el ámbito particular de Inglaterra, pero sin perder de vista el continente, la refiexión sobre los males inherentes al mundo condujo a Thomas Hobbes a escribir Leviatán e imaginar el Estado como instrumento que pusiese fin a la guerra civil, el mal endémico que azotaba a las sociedades europeas. Ciertamente escribió espoleado por los hechos inmediatos que sacudieron su país, pero su exilio en Francia le llevó a comprender que no era un problema de un país o del tiempo que le había tocado vivir, sino de la forma misma en que estaba distribuido el poder y la autoridad en las naciones de Europa, una forma que potenciaba la inseguridad, la violencia y el confiicto. Ese era el gran problema y, como sabemos, para resolverlo propuso que un ente ejerciera el monopolio exclusivo de la autoridad y de la fuerza. Imaginó el Estado como «una persona de cuyos actos, por mutuo acuerdo entre la multitud, cada componente de ésta se hace responsable, a fin de que dicha persona pueda utilizar los medios y la fuerza particular de cada uno como mejor le parezca, para lograr la paz y la seguridad de todos»4.

Enunciaba un deseo, no describía una realidad concreta. Su propuesta era radical y rompía completamente con el discurso político habitual de su tiempo, dominado por los publicistas confesionales, principalmente calvinistas y católicos, que habían definido al tirano como aquel soberano que no cumplía la ley de Dios, e instaban a los súbditos a deponerlo en el caso de que el gobierno no se ajustase a los preceptos exigidos por la comunidad de creyentes. Hobbes eliminó esta cuestión del eje central de su discurso (lo que le valdrá ser acusado de ateo) y se limitó a señalar que la tiranía era sólo una apreciación subjetiva:

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quienes no están contentos bajo una monarquía, la llaman tiranía

5. Al tiempo, desestimaba la distinción de la tiranía en el conjunto de los regímenes posibles y cuya formulación la encontramos, por ejemplo, en Ludovico Settala: «el tirano no tiene para sus súbditos otra consideración que la que redunda en su propio beneficio; trata por todos los medios de asegurarse a sí mismo y su régimen; por lo general, pretende disfrutar, además del poder, de deleites y placeres, casi a nadie favorece y no hace más que acumular riquezas»6. Heliogábalo, Calígula, Nerón eran los modelos habituales pero era histriónico -incluso en la propaganda- utilizar este perfil para los gobernantes contemporáneos, si acaso el turco podría ser pintado con estos colores7.

Pero más que la dialéctica entre principio monárquico y principio representativo, dominantes en la política del siglo XIX, Hobbes se remitía a otra causa para examinar la guerra civil, el problema no nacía de la forma de la república, Monarquía, Democracia o Aristocracia, sino en la soberanía imperfecta o incompleta. Las monarquías y repúblicas europeas se habían construido sobre equilibrios, consensos y transacciones entre autoridades de distinta naturaleza y en el que operaban elementos materiales (las leyes escritas) e inmateriales (las costumbres), en donde el poder era contemplado desde dos polos, temporal y espiritual, conformando un ideal abstracto de la ley y la justicia que no dependían exclusivamente de la voluntad de los hombres. A juicio del filósofo británico todo eso era parte de «las cosas que debilitan o tienden a la disolución de una república», la distinción entre poder temporal y espiritual, la contraposición entre supremacía y soberanía, leyes y cánones, etc... eran ya elementos disgregadores que construían jurisdicciones separadas, barreras que impedían el monopolio del Estado puesto que no había un monopolio de la soberanía. Ahí estaba la semilla de la destrucción: «los poderes mutuamente divididos se destruyen uno al otro»8. La guerra civil era indisoluble a ese estado de cosas y Hobbes no fue el único pensador que lo vinculó a la naturaleza de las sociedades y repúblicas de su tiempo9. Quizá fue de los pocos que, además de constatar el hecho, imaginó un remedio ideal, el Estado.

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2. Revueltas y revoluciones en un sistema frágil e inestable

No es en Hobbes donde vamos a encontrar la explicación de la fragilidad, sólo una original propuesta que se inscribe como acta de nacimiento del Estado, al menos como idea. Esta línea divisoria la percibió muy bien Antonio Manuel Hespanha cuando con toda intención tituló su estudio sobre el gobierno y la administración de Portugal en el siglo XVII Vísperas de Leviatán10. En un estudio ya de por sí amplio y ambicioso, describía la ausencia de centralización o de monopolio del poder en el Estado consignando la existencia de una «constelación de los poderes» donde el poder monárquico constituía uno más entre la multitud pero cuya autoridad era -eso sí- de naturaleza preeminente, arbitral, organizadora pero no absoluta: «La polarización del poder político en una entidad única, soberana erga exteros ac subditos -el estado que Hobbes personificó en Leviatán y cuya discusión es una de las líneas de fuerza del pensamiento político de nuestros días- no se había producido todavía»11.

¿Qué lectura cabía inferir de las revoluciones desde esta perspectiva? Inconscientemente o como acto refiejo tendemos a pensar que toda revolución es...

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