Riqueza, honor y posición social: la nobleza de la Nueva España, 1520-1820

Autor:Agustín Sánchez Andrés
Cargo del Autor:Instituto de Investigaciones Históricas Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (México)
Páginas:325-333
RESUMEN

La élite colonial novohispana. La nobleza indígena novohispana.

 
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La élite colonial novohispana

Como en el resto de los dominios españoles en América, en la Nueva España surgió a lo largo de tres siglos una nobleza de nuevo cuño, que en una primera etapa hundía sus raíces en los servicios prestados a la Corona a raíz de la Conquista, si bien durante el siglo XVIII pasó a fundarse en los servicios prestados en la administración, defensa y explotación económica de dichos territorios.

Desde un primer momento las colonias conllevaron la aparición de una nueva realidad social donde los conquistadores encontraron un nuevo campo para conseguir riquezas y posición social. Las posibilidades de ascenso social determinaron la formación de una nueva nobleza novohispana, cuyas características flucturaron entre los siglos XVI y XIX.1

La inexistencia en la Nueva España durante los siglos XVI y XVII de un padrón de la nobleza, como el existente en la Península, determinó que durante todo este período la aristocracia novohispana no titulada careciera de un reconocimiento formal de su estatus por parte de la Corona. En este sentido, la Inquisición cumplió en la Nueva España el papel de intermediario entre las normas discriminatorias ideadas en España y la sociedad novohispana, al desempeñar la función de garantizar la pureza de sangre y de certificar la calidad de un individuo y de un determinado linaje familiar. Gracias a la Inquisición, los Page 326 miembros de los estratos más altos de la pirámide social novohispana, tanto los nuevos "ricoshombres" como la vieja aristocracia descendiente de los conquistadores, pudieron obtener el reconocimiento oficial de su nobleza.

Mientras en la Península la limpieza de sangre constituía un concepto que influía en la vida cotidiana de un amplio sector de la población, producido por un antisemitismo cultural que impulsó una discriminación "desde abajo", en la Nueva España fueron sólo los estratos más altos de la sociedad los que se apropiaron de este concepto, utilizándolo para justificar su deseo de ennoblecimiento.2 El mecanismo de la limpieza de sangre era en este sentido no sólo una justificación ideológica de la pretensión de este grupo de ennoblecerse, sino que también constituía un filtro ideológico y socio-económico para regular los flujos de ascenso social, controlando y restringiendo el ingreso de nuevos miembros al interior de la aristocracia novohispana. Ello no significa que la adquisición de un título dependiera de la genealogía, sino de la compra del título por aquellos que tuvieran dinero para ello, pero -como señala Gloria Artís- "la legitimación del otorgamiento de un título estaba dada en el lustre (real o ficticio) de la familia".3

Esta nobleza de sangre o de linaje surgida durante los siglos XVI y XVII acabó con el paso del tiempo concentrándose en torno a un número muy reducido de familias aristocráticas, debido sobre todo a los matrimonios dentro de este círculo social exclusivo. La nobleza de sangre se vio complementada por una nobleza de mérito, que vio la luz especialmente a lo largo del siglo XVIII, y que constituía la expresión de la recompensa con que la Corona distinguía a aquellos notables que se habían destacado en la administración, la defensa o el desarrollo económico del Virreinato. Lo que no era obstáculo para que, especialmente en este último caso, la compra del título constituyera igualmente un requisito. Ello facilitó el encumbramiento de un buen número de acaudalados mineros y de integrantes del poderoso Consulado de Comercio de México, pero también de funcionarios que se habían distinguido por sus servicios a la Corona, como pone de manifiesto que a lo largo de la historia del Virreinato cuarenta virreyes fueran distinguidos con un título tras su gestión. Ocho capitanes generales, tres oidores de la Real Audiencia, un visitador, un intendente y tres altos oficiales de la Real Hacienda consiguieron igualmente tal merced.4

Esta nobleza de mérito llegó a ser casi tan numerosa como la de sangre, con la que pronto se fundió. No en vano la mayor parte de los títulos novohispanos fueron concedidos por los Borbones durante el siglo XVIII y las dos primeras décadas del XIX. Felipe V otorgó doce, Fernando VI dos, Carlos III veintitrés, Carlos IV nueve y Fernando VII alcanzó a otorgar otros tantos antes de la independencia de México en 1821.5 Page 327

El filtro establecido por la limpieza de sangre, más teórico que real en una sociedad fruto de un intenso mestizaje, unido a las alianzas matrimoniales y a las formas de preservación del patrimonio familiar basadas en el mayorazgo constituyeron las estrategias que permitieron a la aristocracia novohispana mantenerse en la cumbre de la pirámide social del Virreinato de la Nueva España durante trescientos años.6 Especialmente importante resultó la institución del mayorazgo. Esta institución, trasplantada de España, no se limitaba a la nobleza titulada, que siempre contó con uno o varios mayorazgos, ya que también dispusieron de mayorazgos familias sin título pertenecientes a una especie de nobleza menor. El mayorazgo vinculaba un patrimonio a un linaje familiar determinado, impidiendo su reparto o enajenación por parte de los herederos. Su fundación requería de una prueba de limpieza de sangre, licencia real y del pago de un impuesto especial a la Corona, pero garantizaba que el patrimonio de un linaje no se dispersaría con el tiempo y constituía una importante fuente prestigio social.

La base de la riqueza de esta nobleza fue, desde luego, la posesión de extensos latifundios. La agricultura y la ganadería no sólo resultaban un buen negocio, sino que representaban menos riesgos que otras actividades. De esta manera no resulta sorprendente el hecho de que mineros y comerciantes transfirieran a menudo sus rentas al campo y ello por razones económicas y no tanto, como a menudo se ha señalado, por el valor simbólico de la posesión de tierras. En cualquier caso, las grandes familias de la aristocracia novohispana se caracterizaron -como ha señalado Doris M. Ladd- por diversificar enormemente sus actividades económicas entre la agricultura, la ganadería, la minería, el comercio e, incluso, las finanzas. Es el caso de los Fagoaga, los Regla y los Aguayo, por citar sólo algunos de los casos más representativos.7

Poseedores de las principales fuentes de riqueza del Virreinato, los aristócratas novohispanos encontraron en este predominio económico no sólo la consagración de un estatuto social y el reconocimiento, por parte de la metrópoli, de una situación de hecho, sino también la preservación de una serie de privilegios que se derivaban de su posición, de privilegios fundados en primera instancia en la pretendida limpieza de sangre y en un código del honor en el cual se sustentaba el modelo cultural novohispano. Como señala Frédérique Lange, basta con recordar en este sentido esas verdaderas historias de vida que resultan ser las relaciones de méritos y servicios, servicios tanto militares (pacificación de Nueva España y...

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