Envejecimiento y prevención de riesgos laborales

Autor:Mikel Urrutikoetxea Barrutia
Cargo:Profesor de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea
Páginas:17-54
RESUMEN

En este trabajo pretendemos reflexionar sobre el influjo del envejecimiento de los trabajadores en la prevención de riesgos laborales. Para ello se comienza precisando el contexto demográfico y la relación entre el envejecimiento con la generación de riesgos laborales. Seguidamente abordamos una primera manifestación normativa, reactiva y no preventiva, del influjo de la peligrosidad y del carácte... (ver resumen completo)

 
ÍNDICE
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1. Introducción

Las perspectivas de abordar la edad madura en las relaciones laborales pueden ser variadas: como reacción a la discriminación por ese rasgo (etarismo o ageism)1, como factor en las medidas de fomento de empleo2... En este trabajo, reflexionaremos sobre un aspecto concreto: el influjo de la edad avanzada, del envejecimiento por expresarlo con mayor corrección, en la prevención de la salud y seguridad de los trabajadores.

Para comenzar subrayaremos que los términos empleados en las normas, intervenciones técnicas y reflexiones doctrinales resultan ambiguos y los límites temporales difusos. Así, por ejemplo, se han utilizado con un valor similar expresiones como trabajadores maduros (ya en antiguo Decreto 2431/1966, de 13 de agosto, sobre ese colectivo), trabajadores de edad3-o de edad avanzada4- (Recomendación 162 OIT) o trabajadores veteranos (Acuerdo Económico y social de 2011)5. Por otro lado, ¿cuándo se supone que comienza esa edad madura o avanzada? ¿A los 40,45, 50, 52, 55, 606...?

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Según la finalidad la edad es distinta. Así en el informe europeo Working conditions of an ageing workforce se sostiene que para intervenir y limitar la salida anticipada del mercado laboral de los trabajadores maduros la edad clave es el tramo entre 45/54 años (Vilosio et al., 2008, 61)

Por otro lado, las edades de referencia varían según los contextos culturales, de desarrollo económico del país donde se encuentran los trabajadores y de actividad concreta donde prestan sus servicios, pues no es posible señalar una edad única y general, al margen de estas y otras circunstancias que concurren en la determinación de las condiciones del trabajador7. Los 65 se han percibido como barrera de la ancianidad y como momento de despedida del mercado laboral, pero los planes para retrasar la edad de jubilación conllevarán un cambio en ese umbral que se retrasará hasta el que se haya fijado como límite de la edad laboral normal8. Además es pertinente distinguir la edad como requisito de la jubilación ordinaria, ahora mismo situado aún en los 65 años, y la ancianidad como situación incapacitante para el trabajo, no necesariamente coincidente con el anterior; en ciertas actividades los trabajadores pueden jubilarse con una edad menor (hasta los 52 años) mientras que en ámbitos de la función pública es posible mantenerse en el empleo hasta los 70 años, momento de la jubilación forzosa9.

Algunos autores (Sánchez-Urán, 2001, 33) establecen una cierta diferenciación entre estos términos, enlazándolas con las edades citadas. Según ellos, trabajadores maduros serían los mayores de 45 años, y trabajadores de edad avanzada serían los incluidos en el tramo siguiente antes de la tercera edad, esto es los mayores de 55 años. Pero esta clasificación carece de refrendo normativo y doctrinalmente tampoco está consolidada.

Nosotros si tuviéramos que optar por un término nos inclinaríamos por el trabajadores/as veteranos/as, no sólo porque percibimos en él una cierta carga más positiva que en el resto, sino porque además de expresar igual de bien el envejecimiento, posee una connotación que enlaza con el tiempo de prestación de servicios, extremo no baladí desde el punto de vista preventivo.

De manera disímil a la minoría de edad con respecto a la senectud no existe una frontera, un umbral general que al traspasarlo se vuelve uno viejo y pierde

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las capacidades, también aquellas necesarias para afrontar eficazmente y sin peligro el trabajo.

Como dijo el poeta «nacer es empezar a morir» (Quevedo) y a envejecer, añadiríamos prosaicamente. Por eso, nuestra reflexión no se encamina a identificar un grupo de edad (mayores de una cierta edad) sino a perfilar el influjo del envejecimiento en la prevención de riesgos laborales. No buscamos segmentar o clasificar a la población, sino introducir la edad como variable a tener en cuenta en la protección de la seguridad y salud de los trabajadores. Por supuesto que en algún caso deberemos de utilizar un grupo de edad como referencia en el influjo del envejecimiento en el incremento de los riesgos laborales o, en la generación de ciertos riesgos específicos. Pero, insistimos, el objetivo no es la tipificación de un grupo normativo en base a la coincidencia en años; ser coetáneos no genera necesariamente un estado cercano en las capacidades físicas, en las interacciones con el ambiente de trabajo y, en definitiva, con respecto a la mayor posibilidad de sufrir daños o lesiones por el trabajo. Sin embargo, ignorar el efecto del envejecimiento en la interacción con el trabajo o culpabilizar al trabajador por hacerse mayor «premiándole» con la expulsión del empleo y la pérdida de rentas es injusto desde el plano individual del trabajador, pero es ineficaz y absurdo desde el punto de vista social.

Para abordar este tema, en primer lugar, debemos fijar el contexto general trazando las relaciones entre el envejecimiento y el trabajo. Para ello nos acercamos a los cambios demográficos que se están produciendo en Europa y que nos abocan a una sociedad envejecida y que, inevitablemente, tendrán consecuencias también en las relaciones laborales. Y, seguido, analizamos la incidencia del envejecimiento en la generación de riesgos laborales.

Tras precisar la relación entre el envejecimiento y la generación de riesgos laborales nos centramos en un mecanismo concreto que intenta compensar la excesiva penosidad o la peligrosidad de ciertas actividades: la reducción de la edad de jubilación ordinaria contemplada en el art. 161 bis de la LGSS. Sin embargo, debemos precisar que se trata de una medida reactiva, compensatoria y no estrictamente preventiva.

Por último, analizamos la regulación específica preventiva de los trabajadores veteranos tanto a nivel internacional como interno. En primer caso nos centramos de manera especial en la Recomendación 162 de OIT sobre los trabajadores de edad. En el segundo, nos planteamos la aplicabilidad de la regulación de la protección específica de los trabajadores sensibles a este tipo de trabajadores. Por último, aludimos a la posibilidad de articular el envejecimiento como variable dentro de los planes de prevención de riesgos laborales.

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2. Contexto general, edad y trabajo en una sociedad envejecida
a) Envejecimiento de la población laboral

Asistimos a un cierto proceso de envejecimiento general; la población es de media más anciana, tanto como resultado de la disminución de la tasa de fertilidad como del aumento de la esperanza de vida y la mayor longevidad general de la población10.

La tasa de fertilidad del año 2009 en España es de 1,4 (en la década de los 90 se llegó hasta un 1,16 en 1996 y en 1998, mientras que en 1975 se situaba en un 2,8) y en el conjunto de la Europa de los 27 era para ese mismo año un 1,60. Teniendo cuenta que el nivel de reemplazo se sitúa para los países desarrollados en 2,1 los niveles actuales ocasionan una fuerte alteración de la distribución por edades. Por otro lado, los mayores de 65 años constituyen en estos momentos (2010) el 16,8% en España y el 17,4 en el conjunto de la Unión Europea11. La esperanza de vida, aunque no es un indicador directo de la longevidad real puede servir de hipótesis de la posible duración de los nacidos en la actualidad, se cifra en 78,6 años para los hombres y 84,9 para las mujeres en España para el último año disponible (2009), mientras que en la media de la Unión Europea se sitúa en 76,4 y 82,4 años para hombres y mujeres respectivamente12. En definitiva, estamos asistiendo a un proceso paralelo de disminución de los jóvenes y aumento de los mayores13, que conlleva un cambio radical en la estructura tradicional de la pirámide de edad14.

Sin ahondar más en los aspectos generales de este proceso demográfico, desde el punto de vista laboral se puede apreciar el impacto de este proceso con

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el siguiente cuadro que representa la evolución de la Población Activa entre los años 2000 y 2010 en dos los extremos de los grupos de edad laboral15:

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El tramo de trabajadores más jóvenes desciende en un 16,8% en estos diez años, mientras que la población activa ha crecido un 27,91%. Sin embargo, el grupo de trabajadores más maduros ha crecido por encima de la media, más de un 50%, superando en números absolutos a los trabajadores jóvenes.

Si analizamos los datos de la población realmente ocupada las cifras también indica un decrecimiento del tramo más joven de la población laboral y un aumento del segmento de mayor de edad.

[VER PDF ADJUNTO]

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Los trabajadores jóvenes pasan de constituir el 11,7% del total de la población ocupada a ser solo el 6,48%. Mientras que los trabajadores maduros pasan del 10,27% al 12, 69%16.

En esta tabla se deben ponderar los efectos de la crisis económica (o de las crisis sucesivas) que a partir de 2007 ha generado una disminución constante y brutal del número total de ocupados. Comparando estos datos con los de la población activa se ve con facilidad que son los trabajadores jóvenes los que han sufrido con mayor dureza las repercusiones del estancamiento económico, pues su inserción laboral se ha bloqueado. Hay menos jóvenes en edad de trabajar pero además sus condiciones laborales son peores17.

Es de señalar en el aumento de los trabajadores de más edad el peso del crecimiento de las mujeres ocupadas en este tramo de edad que casi doblan su...

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