Egeria ¿viajera o peregrina en el mundo tardo?

Autor:María José Bravo Bosch
Páginas:51-65
RESUMEN

I. Introducción - II. El manuscrito y egeria - III. Notas conclusivas

 
ÍNDICE
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I Introducción

Hoy en día no resulta extraño traer a colación el viaje realizado por una persona alrededor del mundo o a los confines del mismo. Pero cuando se habla de Egeria, estamos hablando de un suceso extraordinario, acaecido a finales del siglo IV, en el que la protagonista es una mujer que emprende un largo viaje a Oriente Próximo1.

Si bien, es verdad que no era Egeria la primera peregrina a los Santos Lugares2. Desde que el emperador Constantino había descubierto la cruz de Cristo y restaurado los Santos Lugares en Jerusalén, se había puesto “de moda”

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la visita a ellos, y ya tenemos un primer testimonio literario de un peregrino que llega desde Burdeos (el conocido como anónimo de Burdeos) a Jerusalén, datado en el año 333. Desde Burdeos se dirige a Constantinopla, y luego pasa a Asia menor, recorriendo Siria hasta llegar a Palestina, donde visita el lugar del sacrificio de Abraham, la tumba de José, los pozos de Jacob, las piscinas de Jerusalén, la casa de Caifás, la basílica del Santo Sepulcro, las tumbas de los profetas, etc.

Antes de Egeria, aún llegará desde algún punto de Hispania, la ya viuda Melania, hasta Jerusalén (a. 371) en donde funda un monasterio de monjas en el que se quedará hasta su muerte.

Casi en la misma época de Egeria, encontramos en Jerusalén a una italiana, Paula, que embarca en Ostia, pasa por Chipre, Antioquía y Cesarea y llega a Jerusalén. Tras recorrer la ciudad, visitar diversos santuarios y “regar con lágrimas la cruz”, en palabras de San Jerónimo, continuó a Belén y Egipto y a su regreso se queda en Belén, en donde funda un monasterio en el que reside hasta el final de su vida.

Pero no todos, ni siempre, estuvieron de acuerdo con estos viajes de peregrinos a Jerusalén. Incluso quienes lo estuvieron, como San Jerónimo, aconsejaban tener mucho cuidado porque la ciudad encerraba muchos peligros de prostitutas, saltimbanquis, mimos, etc. Entre los más críticos quizás se lleve la palma San Gregorio Nacianceno (ca 345-ca 394) quien, al volver de un viaje a Jerusalén, aconsejaba no ir allá, sobre todo a las mujeres: “¿Alguien piensa que el Espíritu Santo abunda entre los habitantes de Jerusalén y no puede venir a nosotrosfi En cuanto a mí, lo único que aprendí de mi viaje y experimenté por comparación es que nuestras ciudades son mucho más santas que aquellos alejados países”.

La peregrinación, que es una práctica ritual en muchas religiones, no lo era sin embargo en la cristiana, pues mientras en el islam es una imposición dictada por el Corán y en el judaísmo la Tohra obligaba a la visita tres veces al año al templo de Jerusalén, en el cristianismo no pasa de ser una devoción.

Los viajes de peregrinos se repitieron hasta el punto de que en el año 600 San Gregorio Magno manda construir un hospicio en la ciudad de Jerusalén para peregrinos y la conquista y dominio político árabe de aquellos lugares no impidieron jamás los viajes. Y esto fue así hasta que en el año 1009 el califa de

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Egipto manda destruir el Santo Sepulcro y todos los templos cristianos, aunque años más tarde, por la diplomacia del emperador bizantino se reconstruye en 1027, provocando el entusiasmo de los cristianos occidentales y la multiplicación de las peregrinaciones.

II El manuscrito y egeria

El texto de Egeria nos presenta a una peregrina que va a visitar los Santos Lugares y deja testimonio por escrito de todo lo que ve, en un itinerario nada cómodo de recorrer en la época señalada, siglo IV. De ahí la importancia de Egeria, personaje con una curiosidad (16, 33) superior al temor que podía suponer emprender un viaje de esas características, largo y seguramente peligroso, mayormente si quien lo realizaba era una mujer:

Tunc ego, ut sum satis curiosa, requirere coepi, quae esset haec uallis, ubi sanctus monachus nunc monasterium sibi fecisset.

A mayor abundamiento, su relato del viaje resulta un documento único, ya que en Egeria tenemos a la primera escritora galaica4, (usaré este término en vez de gallega, para que quede claro que me refiero al territorio de la Gallaecia romana y no a la Galicia actual), algo muy importante ya que en el mundo tardorromano la actividad desarrollada por una mujer escritora fue muy escasa, casi nula. Si bien es cierto que el vocabulario exhibido por la autora resulta limitado, así como la utilización excesiva de vulgarismos y giros típicos de la Biblia, todo ello no empequeñece el propósito divulgador de las experiencias del viaje realizado por Egeria.

El descubrimiento del manuscrito, realizado por Gamurrini en el año 1884 en la biblioteca de la “Fraternità dei Laici” de Arezzo, supuso el comienzo de las investigaciones sobre el contenido del fragmentado documento, así como

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las dudas en la atribución de la autoría del mismo. El propio Gamurrini5, en la edición de 1887, lo atribuiría a Silvia de Aquitania6, hasta que Ferotin7propone el nombre de Egeria como el de la devota mujer que escribió la Peregrinatio a Tierra Santa, basando su argumentación en una carta del monje del Bierzo, Valerio8, dirigida al abad Donadeus en el siglo VII, en la que ponía a Egeria como ejemplo de fortaleza para los monjes.

El valor de la obra, a pesar de la sencillez del estilo literario, resulta trascendental lingüísticamente hablando. Sabe manifestar lo que quiere, sus emociones, en un lenguaje muy próximo al que se podía hablar por aquella época en la Gallaecia, y ya es bastante para una mujer nacida en el extremo occidental del imperio romano. Desde el punto de vista lingüístico sirve de enlace entre el latín literario de los clásicos latinos y las primeras manifestaciones de las lenguas románicas.

Además, la terminología que Egeria emplea nos evidencia que se mueve en ambientes monásticos, lo que hace suponer su condición de monja, al margen de que no existía el concepto de monacha como tal en aquel momento histórico9.

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Su modo de escribir debía estar muy próximo al latín que por entonces se hablaba en la Gallaecia y que sus compañeras podían leer. Por lo menos esto es lo que podemos deducir de la lectura de uno de los capítulos del Itinerarium, por el que sabemos de la literatura apócrifa que circulaba por Gallaecia y de lo que eran capaces de leer sus “hermanas”, pues se dirige a ellas con estas palabras: “Lo que me alegró más fue a recibir de aquel santo las cartas, tanto la de Abgar a Jesús como la de este a Abgar, que el santo obispo nos había leído. Aunque tengo copias en mi patria –dice Egeria– me fue muy grato recibirlas del propio obispo, por si acaso no estaba completo el texto que llegó hasta nosotros, pues el que cogí aquí es evidentemente más amplio. Si Jesús, nuestro Dios, lo permite y vuelvo a mi patria, podréis leerlo vosotras, mis bien amadas señoras”.

Al dirigirse a estas compañeras suyas (3, 8), para quienes está componiendo el itinerario de su viaje, las llama “sorores”, es decir “sor”, “hermanas”, y emplea otras fórmulas de afecto, como “dominae animae meae”, propias del lenguaje monástico:

Illud autem uos uolo scire, dominae uenerabiles sorores, qui de eo loco ubi stabamus, id est in giro parietes ecclesiae, id est de summitate montis ipsius mediani, ita infra nos uidebantur esse illi montes, quos primitus uix ascenderamus, iuxta istum medianum, in quo stabamus, ac si essent illi colliculi, cum tamen ita infiniti essent, ut non me putarem aliquando altiores uidisse, nisi quod hic medianus eos nimium praecedebat.

Su satisfacción es inmensa cuando en Jerusalén se encuentra con la diaconisa Martana, superiora de un convento en Seleucia, que también andaba de peregrinación por aquellos lugares. Lo mismo ocurre cuando visita prestes, obispos y monjes, como acontece varias veces a lo largo de su viaje. Seguramente se trate de una mujer consagrada de alguna forma a Dios, pero debemos destacar la singularidad de la personalidad de Egeria, que suscita dudas en

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cuanto a la compatibilidad de su condición de monja con el hecho de disponer de los medios necesarios para emprender un viaje tan largo y lleno de dificultades, como revela el hecho de atravesar el desierto del Sinaí protegida por los soldados romanos asentados en la frontera, para preservarla de posibles ataques de salteadores, así como el recibimiento solemne que le dispensaban obispos y monjes a su paso. Como pone de relieve López Pereira10, puede que nos encontremos con un parentesco entre Egeria y el emperador Teodosio, de origen gallego como nuestra escritora.

Refiriéndonos en concreto a la procedencia de Egeria, si bien es cierto que no existen pruebas definitivas en pro de la realidad gallega de la insigne peregrina, podemos declararnos a favor de su origen galaico, pero referido a la Gallaecia de entonces. Como veremos a continuación, los límites geográficos eran muy distintos de los actuales11, y la provincia denominada Gallaecia12era tan amplia que bien pudiera pertenecer a ella la autora del Itinerario, al margen del testimonio del monje Valerio, oriundo del Bierzo, que, si tenía entre sus manos un manuscrito de Egeria13, bien podría ser por la procedencia de la escritora de ese mismo lugar.

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Los romanos tenían cierta tendencia a no precisar sus confines14, a pesar de poseer un extraordinario sentido del espacio, para concebirlo e incluso medirlo, aun con sistemas rudimentarios. El...

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