Badorrey Martín, Beatriz, Otra Historia de la Tauromaquia: Toros, Derecho y Sociedad (1235-1854), Madrid, Boletín Oficial del Estado, 2017; 1.013 págs. ISBN: 978-84-340-2378-9

Autor:José María Vallejo García-Hevia
Cargo:Catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones. Universidad de Castilla-La Mancha (España)
Páginas:797-826
 
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AHDE, tomo LXXXVII, 2017
BADORREY MARTÍN, Beatriz, Otra Historia de la Tauromaquia: Toros, Dere-
cho y Sociedad (1235-1854), Madrid, Boletín Oficial del Estado, 2017; 1.013
págs. ISBN: 978-84-340-2378-9.
En la Edad Media existía el toro de muerte y el toro de vida. Eran las dos modali-
dades constatadas del toreo medieval, caballeresco y popular. El primero consistía en un
espectáculo a caballo, mínimamente ordenado y con una concepción del toro como ene-
migo o monstruo dañino que por eso mismo debía ser muerto, protagonizado por algún
jinete noble o pudiente de la villa o lugar en cuestión, que concluía, en efecto, con la
muerte del animal mediante la suerte suprema o lanzada. En cambio, el toro de vida era
un divertimento popular en el que el toro resultaba agarrochado y acañizado, es decir,
azuzado el ungulado con cañas y garrochas, mientras se sorteaban sus embestidas. En la
fiesta taurina popular, la muchedumbre, heterogénea y desordenada, se enfrentaba a una
bestia considerada un ser mítico, y hasta sobrenatural, al que se quería tocar para adqui-
rir su fuerza genésica, por lo que generalmente después era devuelta al campo, a la
libertad, aunque algunos toros morían durante la celebración del festejo. Respecto al
lugar de celebración, se corrían por las calles del casco viejo de la ciudad o villa, hasta
concluir en la plaza (Cap. I. Las fiestas de toros en el Derecho medieval español, pp. 127
y 149).
Ya a finales del siglo , la corrida de toros se había convertido en el festejo popu-
lar por excelencia, que suponía la culminación de toda celebración importante. Y una de
las escasas diversiones públicas en las que participaba toda la población, sin distinción
de grupos sociales. Destacaban, entre ellas, la llegada a la villa de los reyes y, sobre
todo, de los señores, que eran quienes se presentaban con mayor frecuencia. En esos
casos, el Concejo no reparaba en gastos, siendo agasajados los ilustres visitantes con
bailes y danzas, contratados los mejores músicos y juglares de los pueblos cercanos, y
se les hacía entrega de un vistoso presente, que solía consistir en sedas y terciopelos,
acémilas, dinero, o comida y bebida para el festín. No obstante, el acto más sobresalien-
te del ceremonial de recibimiento, y el que concitaba un mayor entusiasmo popular, era
la corrida de toros, minuciosamente cuidada hasta sus más mínimos detalles. Así se
desprende de las actas municipales de la villa palentina de Paredes de Nava, en el
siglo . Tenía lugar en la plaza principal del pueblo, la de la iglesia de Santa Eulalia,
donde se celebraba, asimismo, el mercado local. Allí se excavaba un foso y se colocaba
un corro de madera para proteger a los espectadores; a continuación, siempre a mayor
altura, se levantaba un tablado o sobrado, también de madera, donde se instalaban las
autoridades, que presidían el acto. Los toros, comprados unos días antes en las villas
próximas, eran traídos desde las afueras, e introducidos, a caballo, en la plaza. Daba
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comienzo, entonces, la corrida. Aunque no se conservan muchos datos sobre su desarro-
llo, se sabe que participaban, preferentemente, las personalidades locales –entre ellas, el
señor de la villa–, y que lo hacían a caballo, jugando con el animal y arrojándole lanças
y virototes, una especie de flechas, hasta que morían. El pueblo, por su parte, asistía al
festejo como espectador, parapetado detrás del corro. Concluido el espectáculo, se des-
montaba el tablado y el corro, aunque el festejo se repitiera en los días siguientes. En
otros lugares, como la villa abulense de Piedrahita, la fiesta se iniciaba el día anterior a
la corrida, con el encierro de los toros, procedentes de la sierra, en el corral del Concejo,
gastándose grandes cantidades de vino entre la juventud que los traía y encerraba. El
espectáculo se celebraba en la plaza Mayor, que se clausuraba con carros y maderos;
además, todos los años se construían talanqueras para resguardar a los lidiadores. En las
actas municipales y las cuentas concejiles no aparece ningún pago a toreros, lo que hace
suponer que los propios mozos de la Villa y Tierra de Piedrahita eran los encargados de
dar muerte a los toros. Lo que corroborarían algunos abonos realizados al cirujano por
curar heridas a mozos de los Concejos de la Tierra o de la Villa, causadas por los toros,
así como limosnas por lesiones o heridas sufridas durante la lidia (Cap. I, pp. 92-93).
I. En esta descripción se advierte, entre otras cosas, que tanto los toros de muerte
como los de vida, los festejos populares y los caballerescos, conllevaban una expresión
espacial de dominación social. Un recorrido literario taurino supone, por consiguiente,
un viaje espacio-temporal, desde la Alta Edad Media a la Baja Edad Contemporánea si
como tal ha de entenderse el actual siglo , hundiendo sus raíces en la Antigüedad
cuando del rito del toro nupcial o de las corridas votivas se trataba; y por toda la geogra-
fía de la Península Ibérica, esa piel de toro greco-romana que comprendía, jurídica e
institucional, económica y social, política y administrativamente, las Coronas de Casti-
lla y de Aragón, y el Reino de Navarra. Una tauromaquia que se hace taurografía histó-
rica y geográfica de Hispania. Así lo entendió José Ortega y Gasset, según se le atribuye
una idea que se ha hecho expresión tópica de tal concepción identitaria de la Historio-
grafía taurófila de España: La historia del toreo está ligada a la de España, tanto que,
sin conocer la primera, resultará imposible comprender la segunda. En su primer gran
libro, Meditaciones del Quijote, impreso en 1914, anunció la publicación de una serie
de volúmenes, otras meditaciones adicionales, entre ellas la de Paquiro o de las corridas
de toros, que, sin embargo, nunca llegó a ver la luz pública, quedando en forma de más
de cien notas manuscritas e inéditas en su archivo personal, agrupadas en seis subcarpe-
tas y una voluminosa carpeta que las comprendía a todas, inequívocamente titulada
Toros, y que contenía tanto reflexiones personales como la anotación de datos históri-
cos 1. Una de dichas notas es igualmente significativa, en el mismo sentido, complemen-
tario, apuntado: Es un hecho de evidencia arrolladora que, durante generaciones, fue,
tal vez, esa Fiesta, la cosa que ha hecho más felices a mayor número de españoles... Sin
tenerlo con toda claridad, no se puede hacer la Historia de España desde 1650 a nues-
1 O  G, José, «Notas de trabajo de la carpeta Toros. Primera parte y Segunda
parte. (Edición de Felipe González Alcázar y María Isabel Ferreiro Cavedán)», en la Revista de
Estudios Orteguianos, Madrid, 21 (2010), pp. 27-58 y 22 (2011), pp. 29-56. Además de G-
 A, Felipe, «Paquiro o de las corridas de toros. Ortega y la tauromaquia», en la Revis-
ta de Estudios Orteguianos, 16-17 (2008), pp. 43-106. Sobre materia taurina orteguiana solo fue
publicada, póstumamente, la siguiente colectánea de artículos: La caza y los toros, Madrid, Revis-
ta de Occidente, 1960 (2.ª ed., Madrid, Espasa-Calpe, 1962; 3.ª ed., Sobre la caza, los toros y el
toreo, Madrid, Alianza y Revista de Occidente, 2007).

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