Prólogo

Autor:Francisco Lledó Yagu?e - Susana Infantes Esteban
Páginas:11-17
 
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PRÓLOGO
Desde que el ser humano inició el camino de la creatividad no sólo para so-
brevivir sino para relacionarse, para dar salida a su potencialidad, para desarro-
llar su personalidad, lo que supone socializarse, universalizarse, nace el anhelo
de inmortalidad. Cuando ve y siente que la muerte destruye el cuerpo y con él la
posibilidad de relación con las personas a las que ha estado unido por el amor,
no se olvida ni quiere, ni puede olvidarse de ellas, y trata de conservar sus restos.
Vislumbra e intenta creer, y cree, que la energía que salió del cuerpo, el amor y la
causa del mismo, el alma, tienen que perdurar, no pueden desvanecerse.
No se resigna el humano ser a que las personas con las que convivió, desapa-
rezcan para siempre. Y trata de conservar sus restos y protegerlos, que, protegien-
do a los otros, que son parte de su vida, se protege a sí mismo, su propia inmor-
talidad. La conservación de los restos corporales es una manifestación visible de
esperanza en el reencuentro. Al sentimiento por la pérdida del otro acompaña la
inquietud y dolor por la inminencia de la propia muerte. Y nace la exigencia emo-
cionalmente urgente de saber el destino final de la energía vital que desarrolló en
vida, a la cual la realidad material, visible, no ofrece respuesta. Tuvo que inventar,
pensar, imaginar y crear un mundo que acogiese el amor y la creatividad. Y que-
rer creer en él. Ese mundo fue Dios. Nace la religión.
La religión, especialmente la de Cristo, basada en la fe, apoyada durante si-
glos por el pensamiento filosófico, con fundamento en la razón, fue el recurso
más logrado que el ser humano encontró para satisfacer el ansia de inmortalidad,
y paliar el sufrimiento ante lo desconocido, invisible. La religión, más extensiva
y cercana, más palpable, más indicadora del espíritu inmortal, el cristianismo, se
extendió de modo sorprendente, con pasión y vehemencia sobrecogedoras. En el
Cristianismo Dios se ve y se toca al hacerse hombre, y señala el espíritu y el amor
como el camino de la inmortalidad.
Sin embargo, a medida que la religión se fue encorsetando en ideas proce-
dentes de la Filosofía, se teologiza y pierde la fuerza del sentimiento. Por su parte,
el pensamiento filosófico se ha ido acercando cada vez de modo más intenso a la
Ciencia, carente del aspecto integrador del sentir que alienta la vida humana. La
filosofía ha tenido una evolución errática, en función de las experiencias e idea-
ción personal de cada filósofo, y ha ido diluyéndose en la ciencia por diversas vías,
sociología, economía, antropología, física, biología. No obstante, puntualmente y

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