La crisis del prohibicionismo

Autor:Diego Silva Forné
Páginas:27-113
 
ÍNDICE
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I Introducción

El modelo de control de las drogas basado en la respuesta punitiva, es un fenómeno nuevo en la historia de la Humanidad. Basta con acercarnos a una realidad completamente diferente en un momento histórico muy cercano en el tiempo, un mundo –el de la Europa del siglo XIX– donde se consumía abiertamente todo tipo de drogas, y para todos los usos, tanto médicos, domésticos como recreativos. Como enseñara ESCOHOTADO en su monumental Historia General de las Drogas, el consumo de sustancias estimulantes, con mayores o menores vaivenes, ha acompañado desde siempre a la Humanidad1; el prohibicionismo es una creación del siglo XX2.

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El prohibicionismo surgirá acunado por el puritanismo norteamericano a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX3; a la par de cruzada moral y religiosa, representó también una reacción xenófoba ante las migraciones que recibiera masivamente aquél país, encubriendo el racismo a través de la imputación de conductas antisociales a los inmigrantes: la prohibición del opio iba dirigida a los chinos4, la de la cocaína a los afro-estadounidenses, la de

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la marihuana a los mexicanos. La prohibición del alcohol en 1919 a través de la XVIII Enmienda a la Constitución norteamericana (o más simplemente como la llamarían entonces, la ‘Prohibición’) sería un estrepitoso fracaso, generando un mercado negro altamente lucrativo y violento, con poderosas bandas criminales que lo controlaban y corrompían a las autoridades, al tiempo que las condiciones insalubres y la falta de controles sobre el alcohol –que continuó siendo consumido– causaron la muerte por intoxicación a miles de personas. Lejos entonces estuvo de eliminarse el consumo de alcohol, al tiempo que su prohibición afectó precisamente la salud pública y creó importantes problemas de seguridad pública al potenciar exponencialmente el crimen organizado, al tiempo que hipertrofiaría el aparato estatal destinado a intervenir en la vida de los ciudadanos5.

En 1933, con la aprobación de la XXI Enmienda a la Constitución norteamericana, finalizó este fallido experimento; no así la prohibición sobre las otras drogas: en 1914 lo habían sido la cocaína y opiáceos; en 1937 la marihuana6. Razones ajenas a las sanitarias abonarían el prohibicionismo norteamericano, ignorando deliberadamente los argumentos científicos7. De esta manera, comenzarían a

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adoptarse convenciones internacionales8, si bien conforme definidos parámetros de estrategia geopolítica, de escasa repercusión práctica en la vida cotidiana.

La influencia del discurso prohibicionista a inicios del siglo XX comienza inicialmente a generar la condena moral a los usos no medicinales de las sustancias psicoactivas, apartándose paulatina pero radicalmente de la concepción imperante durante el siglo anterior. Los objetivos de la condena moral y religiosa, luego con incipiente reflejo legislativo, comienzan a delinearse conforme intereses económicos y políticos, así como mediante argumentos clasistas, racistas y xenófobos.

Como señalara ZAFFARONI, con el peligrosismo el pensamiento penal alcanza su límite más bajo, racionalizando el control policial racista; se intentó construir proposiciones de carácter pretendidamente científico que justificaren el status quo y el control de las “clases peligrosas” a través de la ciencia9. De esa forma, la burguesía supo revestir su predominio político, económico y social con una

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concepción pseudocientífica acerca de la inferioridad de las clases bajas, transformándose los pobres en seres biológicamente inferiores, manifestaciones degeneradas de la raza, y por tanto, proclives al delito10. “Pero puesto que el delito es un síntoma, no tiene por qué ser único: de allí que postulasen la búsqueda de otros síntomas, que por la época se llamaron ‘mala vida’, que era un confuso conjunto de todos los comportamientos que no respondían a la disciplina vertical policial de la sociedad industrial, traducido en la libre punición del mero portador de los signos del estereotipo. Ese fue el fundamento del estado peligroso sin delito, por el que se pretendía penar a los vagos, mendigos, ebrios, consumidores de tóxicos, prostitutas, homosexuales, jugadores, rufianes, gigolós, adivinos, magos, curanderos, religiosos no convencionales, etc., sin que cometiesen cualquier delito, en función de su pretendida peligrosidad predelictual”11. En España, la dictadura de Primo de Rivera promulgaría una Real Orden de “seguridad ciudadana” en 1924, con el fin de “intervenir y reglar la vida ciudadana en forma que el recreo y el placer no degeneren en vicio y perversión”, previendo quince días de cárcel para homosexuales, negociadores y usuarios de drogas12.

La coincidencia del saber psiquiátrico y el discurso policial fue particularmente eficaz en la Francia del siglo XIX, donde “…los psiquiatras se topaban cotidianamente con los delincuentes, con los asesinos que daban ocasión de publicidad a las solemnidades de los juicios que acababan en la guillotina y, con mucha mayor frecuencia, con la marginación urbana que componía las clases peligrosas en la terminología del Colegio de Francia. Pronto surgió la idea que habría de abarcar a ambos y explicarlos: la degeneración. (…) Estos discursos empalmaban con las exigencias selectivas policiales y pronto, por obra de los médicos forenses, le cuestionaron conjuntamente el poder hegemónico del discurso sobre la cuestión criminal a los juristas…”13.

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Importante aliado del prohibicionismo lo constituirá entonces la corporación médica, particularmente desde la psiquiatría, todo ello abonado por el auge del positivismo y la extrapolación de las reglas extraídas de las ciencias naturales, a los fenómenos sociales y culturales. Cual sacerdotes laicos, los médicos de inicios del siglo XX se consideraban investidos de un poder que les proveía la ciencia, que los ubicaba por encima del resto de sus conciudadanos. Como dueños del saber, poco importaba lo que opinaran los destinatarios de sus medidas y proyectos; de lo que se trataba era de alcanzar el ideal que marcaba la ciencia: una sociedad perfecta, de hombres sanos, desterrando la enfermedad. Por el camino quedarían la libertad y el respeto a las decisiones individuales; de allí el tránsito de médicoconsejero a médico-tutor.

Esa visión paternalista, trasladará al Estado el dictado de lo que los ciudadanos debían hacer para cuidar su salud, la salud de todos. El discurso higienista, la construcción de una salud pública como concepción transpersonalista invasiva de la esfera privada, ve allí su nacimiento. En el primer tercio del siglo XX también jóvenes y disidentes serían objeto prioritario de control en tanto se entendía que entre ellos el fenómeno de “las toxicomanías” era “epidémico”; el discurso médico imperante se constituyó en acrítico argumento legitimante del control de las drogas ilegales.

El encierro será en la época la solución para todos los males14; proliferan las instituciones totales (cárcel, hospital psiquiátrico, asilo) con un dominio en el saber de esta rama de la medicina que recién

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avanzada la segunda mitad del siglo XX comenzará a experimentar algunas fisuras con el surgimiento del movimiento antipsiquiátrico15; no obstante ello, la patologización continúa siendo el discurso dominante en la psiquiatría institucional, con importantes repercusiones e influencia en el ámbito judicial.

La construcción de la ‘desviación’ y la enfermedad mental responderían a un paradigma concreto y definido acerca del rol de la Psiquiatría y la pericia médico-legal, que si bien con anclaje en la construcción de categorías durante el siglo XIX, ha tenido prolongada permanencia institucional, como sintetizara FOUCAULT:

“…tenemos, finalmente, dos nociones que se enfrentan y de las que podrán advertir enseguida qué cercanas y vecinas son: por una parte, la de perversión, que permite coser una a otra la serie de los conceptos médicos y la serie de los conceptos jurídicos; por la otra, la noción de peligro, de individuo peligroso,...

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