Unas reflexiones acerca de la privanza española en el contexto europeo

Autor:J. H. Elliot
Páginas:885-899
 
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    Agradezco al doctor Antonio Feros su ayuda en la revisión de este artículo.

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En su ya clásico e influyente libro, Los validos en la Monarquía española del siglo XVII1, Francisco Tomás y Valiente estudia la historia del valimiento como una institución puramente española. Él era consciente, como lo demuestran muchas de sus otras obras, de que existían paralelos entre los validos de los monarcas hispanos y los de otros monarcas europeos de la misma época. Citando, por ejemplo, unas palabras de Saavedra Fajardo sobre el duque de Buckingham, Tomás y Valiente nos dice que Saavedra «comprendió muy bien la generalidad de la institución» de la privanza como un fenómeno europeo2. Lo mismo puede decirse sin duda de Tomás y Valiente, cuya obra histórica está caracterizada por la combinación de una aguda precisión técnica con una gran cultura y una amplia visión del pasado.

En un tomo dedicado a su memoria, parece pues pertinente reflexionar sobre el tema del valimiento, sin duda uno de los temas que más interesó a Tomás y Valiente. Pero al hacerlo, nuestro propósito es no tanto repetir sus ideas como contextualizar el fenómeno de la privanza en España desde una perspectiva europea, analizando hasta qué punto la presencia de validos y sus características fue el resultado de similares situaciones a aquellas existentes en otras cortes de la Europa moderna3. Este ensayo comparativo, quizás pueda ayudarnos a reelabo-Page 886rar algunas de las conclusiones esbozadas por Tomás y Valiente en su importante libro, y abrir nuevas perspectivas sobre un tema que la obra de Tomás y Valiente elevó a unas alturas todavía no alcanzadas por otros estudios.

El privado del siglo XVII, tal como nos lo retrata Tomás y Valiente, era a la vez «amigo y ministro del soberano absoluto» 4. La palabra «amigo» referida al valido del rey es, sin embargo, quizás un concepto más complejo de lo que Tomás y Valiente parece haber reconocido. Como Antonio Feros ha demostrado recientemente, desde comienzos del siglo XVII se inició un debate sobre si era lícito hablar de «amigos» al tratar de reyes, puesto que, según creían muchos contemporáneos, la amistad presuponía igualdad y un rey por definición no podía equipararse a uno de sus subditos5. Esto no excluye, tal y como Tomás y Valiente indica, que todo valido para, primero, conquistar el favor del rey, y, últimamente, para conservarlo, necesitara gozar de la intimidad y de la plena confianza de su señor. Era la intimidad con su señor, la que sin duda permitía a los defensores de los validos reclamar para ellos el concepto de «amigos» de los reyes. Más importante es, sin embargo, el hecho de que su intimidad con el monarca era la que daba al valido la posibilidad de intervenir directamente en el gobierno de la monarquía. Está claro que esta combinación de lo personal y lo público, el valido como compañero y ministro del rey, en las funciones del valido constituía un fiel reflejo de la doble naturaleza de la majestad real, identificada por la teoría de las dos personas del rey 6. Pero el que las dobles funciones del valido respondiesen a la doble naturaleza de la majestad del rey, no explica por qué en Europa se vivió con tanta intensidad la experiencia del valimiento entre mediados del siglo XVI y mediados del siglo XVII.

Las fechas aquí elegidas son, por cierto, algo distintas a las consideradas por Tomás y Valiente, para quien el valimiento parece ser un fenómeno del pleno siglo XVII. Es cierto, como Tomás y Valiente ha establecido, que en España la institucionalización de la privanza se dio en el siglo XVII, pero no es menos cierto que ya en la segunda mitad del siglo XVI aparece, y no sólo en España, toda una serie de figuras conocidas como «privados». Más importante es que, con la aparición de estos privados, ya fuese en la corte de Enrique III de Francia, en la dePage 887 Isabel I de Inglaterra o en la de Felipe II, se dio una creciente preocupación por cuál era o debía ser su papel en la vida pública del reino.

Ya a comienzos del siglo XVI, en el mundo de la corte analizado por Castiglione y Guevara, coexisten cortesanos y privados, si bien con una cierta tendencia a la jerarquización con los privados por encima del resto de los cortesanos7. La corte entera giraba en torno a la persona del príncipe, y se daba por sentado que, si bien la corte era lugar de disimulación, granjear el favor real -convertirse en el favorito del monarca- era la meta que todo cortesano debía perseguir. No deja de ser casual en este sentido que la palabra favori aparezca en Francia a principios de la centuria del quinientos, en el marco del desarrollo de la corte promovido por Francisco I8. Sin embargo, ya desde el comienzo del quinientos, el término favorito tenía más de un significado. Como hemos dicho, favorito era aquel que había obtenido el favor del monarca, y gracias a este favor participaba en el gobierno de la monarquía. Pero al mismo tiempo, favorito (o privado) era también visto por muchos europeos de comienzos del siglo XVI como un individuo que había capturado la voluntad del rey y gobernaba en su nombre, pero siempre anteponiendo sus propios intereses a aquellos del reino. En efecto, a comienzos del siglo XVI la mayoría de los europeos podían reconocer a algunos de los más significativos privados (Piers Gaveston en la Inglaterra de Eduardo II, Olivier Le Daim en la Francia de Luis XI y Alvaro de Luna en la Castilla de Juan II), los cuales se convirtieron en puntos de referencia obligada para todos aquellos que, en los siglos XVI y XVII, querían valorar y criticar a los privados o ministros contemporáneos. Con estos ejemplos históricos de depravados favoritos en mente, los europeos del siglo XVI miraban con recelo la aparición de grandes figuras que ejercían, o parecían ejercer, el poder en nombre del rey.

Estos mismos europeos eran conscientes de que en las cortes europeas del siglo XVI existían espacios de poder, así como oficios, que podían servir de plataformas desde las que sus titulares podrían conquistar la privanza de sus señores. Uno de estos espacios de poder era la cancillería. Fue desde su oficio de canciller, por ejemplo, desde el que el cardenal Wolsey llegó a alcanzar tal preeminencia que sus contemporáneos y muchos europeos de los siglos XVI y XVII no dudaron en equipararla con la privanza. Es por ejemplo muy instructivo encontrarse que, entre los manuscritos ingleses pertenecientes a la biblioteca del conde de Gondomar, había uno titulado «Cartas del cardenal Volseo, privado de Henrique 8, rey de Ynglaterra» 9. Sin embargo, en la lucha institucional por influir en el rey, losPage 888 secretarios acabaron triunfando sobre los cancilleres, tanto en Inglaterra como en la corte del emperador Carlos V, especialmente después de la muerte de Gattinara10. Dadas estas circunstancias, con razón insistía Tomás y Valiente en la nueva preeminencia de los secretarios, unos secretarios que gracias a sus oficios actuaban de intermediarios entre el consejo y el rey, lo que les daba enorme capacidad de maniobra política11. De nuevo no deja de ser significativo que algunos contemporáneos empleasen la palabra «privado» al referirse al secretario real, quien parecía haberse impuesto sobre los demás oficiales reales en la conducción de los negocios públicos. Cuando Pedro de Navarra dedicaba a Francisco de Eraso sus «Diálogos de la preparación de la muerte», Navarra se refería al secretario Francisco de los Cobos como «el principal pribado del César» y añadía, dirigiéndose a Eraso, que «vuestra merced ha sucedido en officio y pribança» 12. Como queda dicho, el secretario personal del rey tenía a su favor un constante contacto personal con el monarca en una época caracterizada por la creciente burocratización del gobierno. Así, no es nada sorprendente que algunos secretarios se aprovechasen de las ventajas que les daba su acceso al monarca para influir sobre las decisiones reales, una influencia que fue especialmente sentida por otros miembros de la Corte debido, principalmente, a que estos poderosos secretarios teman orígenes humildes y eran por tanto vistos como advenedizos que deseaban ocupar las posiciones que correspondían a los miembros de la más alta nobleza.

De hecho, en las Cortes europeas del siglo XVI existía una plataforma más tradicional para los validos, la casa real, la cual también proporcionaba importantes posibilidades de acercarse al monarca o a su heredero. Estas posibilidades de convertirse en privado del monarca desde los oficios de la casa real existían en paralelo a las descritas con anterioridad, y por ello se abrían posibilidades de conflicto, a veces latente pero en ocasiones plenamente desarrollado, entre los secretarios reales y los llamados criados de la casa real por acaparar la gracia del rey. Este conflicto, que en gran parte quedó sin resolución durante el siglo XVI en Francia, Inglaterra y en la corte del papa, se puede también percibir en la España de Felipe II, especialmente en relación con la carrera de Ruy Gómez, más conocido por su título de Príncipe de Éboli, un personaje sin duda clave para entender el nuevo tipo de valido que emergió en la segunda mitad del siglo XVI13. En este sentido, aunque Tomás y Valiente, en su último ensayo sobre el tema, nos dice que «valimiento y alta nobleza van unidos» 14, es esta una conclusión que de nuevo creemos se debePage 889 a que Tomás y Valiente centró sus estudios en el siglo XVII, mientras que la realidad en las diversas cortes europeas del siglo XVI parece haber sido más compleja. En un mundo en el cual se temía, dada la experiencia política de las centurias precedentes, la presión de la antigua nobleza sobre la Corona, Ruy Gómez -un segundón de familia portuguesa de la mediana nobleza- tenía la ventaja, al igual que había sucedido con Cobos o Eraso, de entrar en la corte desde fuera libre de conexiones de parentesco con esas grandes familias que siempre parecían amenazar la autoridad real. De la misma...

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