Tres hechos bien conocidos sobre el delito

Autor:Alfonso Serrano Maíllo
Cargo del Autor:Doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid
Páginas:75-98
RESUMEN

2.1. Hechos conocidos sobre el delito y teoría criminológica - 2.2. Edad y delito - 2.3. La versatilidad de los delincuentes - 2.4. La continuidad delictiva - 2.5. Consecuencias de estos tres hechos para la teoría criminológica

 
ÍNDICE
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2.1. Hechos conocidos sobre el delito y teoría criminológica

Una teoría explicativa del fenómeno de que se trate -verbigracia el delito- debe ser consistente con los hechos bien conocidos sobre el mismo1. Nada más y nada menos que Hindelang escribió que «Si los teóricos sociológicos del delito y la delincuencia usaran las "pistas" proporcionadas por los correlatos conocidos del comportamiento criminal -en este caso el sexo, la raza y el grupo de edad- como base para generar y modificar la teoría y la investigación podrían ser capaces de avanzar más rápidamente»2. Esta afirmación no sólo es plausible desde un punto de vista intuitivo, sino que es una consecuencia directa del racionalismo crítico popperiano3, aquí patrocinado con decisión, y una muestra decisiva de la íntima relación que existe entre teoría e investigación empírica. Otra cosa, por supuesto, es que dichos hechos ¡sean en realidad verdaderos o falsos! A mayor abundamiento, en los casi 140 años con que cuenta la Criminología científica tal y como la conocemos hoy -si aceptamos su consolidación, como se dijo, a partir de la Escuela positiva italiana a finales del siglo XIX- se han acumulado una larga serie de hechos conocidos sobre el delito. Muchos de ellos pueden considerarse correlatos del delito y los delincuentes; y otros directamente causas.

Quizá no esté de más recordar aquí que una influyente e importante tradición criminológica como la de los factores de riesgo ha aumentado y enriquecido en las últimas décadas de modo significativo este catálogo y su

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clasificación. No sólo eso: en la actualidad se exige de los teóricos que aborden expresamente la compatibilidad de su enfoque con al menos los más importantes de aquéllos.

La teoría del autocontrol, muy fiel a esta línea, coloca su punto de partida en una serie más o menos sistemática de hechos empíricos con los que, en efecto, cualquier explicación del delito debería ser coherente4. Una revisión de la literatura como la que ofrecen nuestros autores y otros sugiere, sin ánimo de exhaustividad, que los delitos son actos que requieren muy poco esfuerzo; que resultan más del mero aprovechamiento de una oportunidad cotidiana que de cualquier tipo de planificación; que no producen generalmente los resultados buscados por su autor, y se traducen en unas mínimas ganancias; que los criminales son sujetos orientados a gratificaciones próximas y difícilmente capaces de sacrificar ventajas inmediatas en favor de beneficios a largo plazo; y que se caracterizan también por tener una formación escasa; ser impulsivos, amantes del riesgo y de la búsqueda de sensaciones; los delincuentes tienden a ser generalistas en términos de desviación, esto es que incurren en comportamientos desviados no delictivos, como es el caso del consumo de alcohol y drogas e incluso tienen una probabilidad mayor de sufrir accidentes5.

De entre todos ellos, existen tres muy importantes hechos (sobre el delito) con los que no serían plenamente consistentes las teorías criminológicas clásicas: la correlación entre edad y delito o, dicho con otras palabras, la curva de la edad; la versa-tilidad de los delincuentes; y la continuidad delictiva. La tesis aquí analizada concede un rol decisivo a su consistencia con los mismos6. En todo este recorrido seguiré a los teóricos del autocontrol7.

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2.2. Edad y delito

Después del sexo, la edad es el correlato más sólido del delito. Se sabe desde los inicios de lo que hoy consideramos Criminología científica que los adolescentes son responsables de un número desproporcionado de delitos y que según se van haciendo mayores van cometiendo, como grupo, más y más; así como que, a partir de un determinado momento, los grupos de edades cometen cada vez menos actos criminales, al menos a nivel agregado8. Esto es, que existe, a este nivel agregado como mínimo, una correlación primero positiva y después negativa entre estas dos variables. Hay mucha evidencia recogida en épocas, lugares y contextos muy heterogéneos que confirman esta correlación, o, lo que es prácticamente lo mismo, la curva de la edad.

Las pruebas, por lo que se refiere a España, tanto en la actualidad9 como en épocas precedentes10, también parecen claras. A continuación, los Gráficos 1 y 3 distribuyen visual-mente el número de detenciones por edades en términos relativos11. Los mismos muestran el número total de detenciones por cada 1000 miembros de cada grupo de edad de residentes en España para los años 2005 y 2006. Como se ve, reflejan de modo muy nítido la curva de la edad que hemos venido mencionando. De hecho, es notoria la similitud entre ambas distribuciones. Como puede apreciarse, los jóvenes, de 14 años -recuérdese que ésta es la edad mínima de la responsabilidad penal en España, según la llamada Ley penal del menor- son protagonistas de un volumen reseñable de detenciones12. A partir de esa edad los grupos de jóvenes experimentan cada vez más detenciones en términos relativos, y de hecho se produce un aumento constante y vertiginoso hasta alcanzar una deter-minada edad, en nuestros dos casos los 18-19 años. A partir de

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este momento, los grupos de edad sufren cada vez menos y menos detenciones de modo continuado hasta llegar un momento en el que las mismas son absolutamente excepcionales. Se trata, no importa repetirlo, de un patrón muy bien conocido desde hace más de un siglo y reconocido en numerosas investigaciones descriptivas comparadas. Los Gráficos 2 y 4 muestran las curvas de la edad desagregadas para hombres y mujeres por cada 1000 hombres (2005) y por cada 1000 y 7500 mujeres respectivamente (2006). Puede apreciarse que, de nuevo, las formas son coincidentes para ambos sexos, salvando naturalmente la enorme desproporción de hombres que son detenidos en comparación con las mujeres. El Gráfico 2 destaca esta brecha entre los delitos de unos y otros; mientras que el Gráfico 4, que sobrerrepresenta las detenciones de las mujeres, se centra en resaltar la similitud entre ambas curvas13.

En efecto, como vemos, si se distribuyen gráficamente los delitos según la edad de sus autores (con datos relativos), nos encontramos con la ya tan mencionada curva de la edad: una curva con forma de punta de flecha -de letra jota invertida o de tipi o tienda de los indios norteamericanos, como prefiere informalmente Robert Sampson. La curva comienza a ascender vertiginosamente desde edades tempranas y a partir de los 18 o 19 años comienza a descender también marcadamente. Existen consideraciones metodológicas sobre la curva, así como dudas sobre su generalidad -en relación, verbigracia, con algunas formas delictivas como los llamados delitos de cuello blanco o con algunos grupos sociales, como es el caso de las mujeres14. Aquí no puedo detenerme en un debate que es muy amplio, sino más bien limitarme a repetir que, en términos globales, la evidencia que la respalda es sólida15. En general, existen factores que tienden a sobreestimar la forma de la curva -por ejemplo que los jóvenes tienden a pasar mucho tiempo junto a otros compañeros de edades semejantes y en ocasiones uno delinque pero son

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varios los arrestados-, así como factores que tienden a infraestimarla -como, verbigracia, que, en igualdad de circunstancias, las probabilidades de que un joven sea detenido son menores que las de un adulto. Estos gráficos asumen una relación entre arresto y comisión efectiva de un hecho delictivo16. Aunque estos datos oficiales muy probablemente están más sesgados que los delitos conocidos por la policía, son el primer dato (oficial) en el que se puede conocer la edad del presunto infractor. La relación entre delincuencia y edad se ha explorado igualmente, con evidencia favorable, mediante métodos alternativos, distintos de los oficiales, como es el caso de los estudios de autoinforme y las encuestas de victimación -aunque también cuentan con sus propias dificultades metodológicas17. De igual manera, tampoco es pacífica la interpretación de la curva de la edad y de la correlación entre edad y delito18. Por ejemplo, puesto que la curva utiliza datos agregados, no tiene porqué coincidir con las tendencias de los delincuentes a nivel individual -aunque éste podría ser el caso19; algo sobre lo que volveremos.

Todos estos acerados y profundos debates teóricos, metodológicos y empíricos son apasionantes y de una importancia deci-siva para la disciplina, pero ahora nos interesan menos que insistir en que ninguna teoría tradicional es coherente con la curva de la edad20. No es casualidad, sin duda, que sobre todo la teoría criminológica a nivel individual haya estado en las últimas casi dos décadas determinada por este hecho. Verbigracia, algunos de los esfuerzos teóricos más importantes de todo este tiempo21 han tratado de ofrecer explicaciones no sólo, por supuesto, de la criminalidad, ¡sino también de la propia curva de la edad!

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Finalmente, puede añadirse algo más. El mismo patrón de la curva de la edad es aplicable a otros comportamientos relacionados con, pero distintos del delito22. Este es el caso, para empezar, del consumo de drogas. Akers concede que las características socio-demográficas de los consumidores pueden cambiar dependiendo del tipo de sustancia, pero que «existe una relación entre la edad y el consumo de drogas con el pico en la edad de los jóvenes adultos»23. Uihlein utiliza datos de la Encuesta Nacional sobre el Abuso de Drogas nortamericana y concluye que «el consumo de marihuana se ajusta al mismo patrón general de la edad que otras formas de delito y desviación»24. Otro ejemplo son los accidentes de tráfico, un comportamiento que en sí mismo puede no ser...

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