Asunto de mujeres. Tertulias literarias en el Cádiz constituyente

Autor:Francisco Javier Rodríguez Barranco
Páginas:273-305
 
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Cuando se habla de las tertulias literarias en el Cádiz de las Cortes, tres son los aspectos que han de tenerse en cuenta: la invasión napoleónica desplazó a Cádiz a importantes sectores de la intelectualidad española; la mujer gaditana era una mujer muy culta; y las mujeres tenían prohibido asistir a los cafés, excepto a las confiterías. Por todo ello, las mujeres cultas que quisieron relacionarse en Cádiz con lo más granado del pensamiento y de la creatividad hispana, no tuvieron más remedio que abrir sus salones a las recepciones. Una mujer, la dueña de la casa, era, por lo tanto, el eje alrededor del cual giraba todo en esas reuniones.

Por otro lado, es obvio que no quedó constancia documental de lo tratado en esas tertulias que, insisto, surgen como actos sociales. Probable-mente el único testimonio directo de lo en ellas tratado sea lo recogido al respecto por Antonio Alcalá Galiano en sus libros Recuerdos de un anciano y Memorias. La segunda posibilidad son los ensayos de crítica literaria o de investigación histórica sobre la semblanza y biografía de las mujeres que auspiciaron las dos principales tertulias gaditanas de la época: Margarita López de Morla y Francisca, o Frasquita, Larrea; así como el perfil de los tertulianos. Finalmente, una tercera vía de aproximación a esos encuentros la encontramos en las ficciones literarias de Ramón Solís, autor de Un siglo llama a la puerta, y Benito Pérez Galdós, que incluyó un libro dedicado a Cádiz, dentro de sus Episodios Nacionales, como es de sobra conocido, bastante bien documentado el primero, bastante menos riguroso el segundo. Así pues, tres serán las opciones documentales que seguiré en mi estudio: las memorias, los ensayos de otros estudiosos del tema y los textos literarios, siendo así que dedicaré especial atención al libro de Solís, por su intrínseco valor documental y por haber sido el menos estudiado hasta ahora por la crítica, de manera incomprensible a mi entender, dicho sea de paso.

Para acabar esta sucinta declaración de intenciones, tres serán también las secciones que compongan mi análisis, siendo así que la segunda sección se estructura en tres subsecciones:

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  1. La mujer gaditana
    2. Las tertulias
    2.1. Consideraciones generales
    2.2. Las tertulias literarias
    2.3. Tertulias no literarias
    3. Los periódicos


Particularmente interesante se me antoja esta última posibilidad puesto que la libertad de expresión que floreció en las diferentes tertulias, estuvo acompañada por la libertad de imprenta aprobada por las cortes gaditanas.

1. La mujer gaditana

Durante el sitio de Cádiz por los franceses, de febrero de 1810 a agosto de 1812, en los años constituyentes, pues, y los meses inmediatamente posteriores a la proclamación de la Constitución, se produce una coyuntura inverosímil, según la cual la situación de los sitiados era mucho mejor que la de los sitiadores, puesto que, por la propia naturaleza del terreno, el ejército napoleónico quedó atrapado más allá de las salinas de San Fernando, la Isla de León, y para ellos el abastecimiento por mar era imposible, habida cuenta del bloqueo impuesto por la flota británica, a la sazón aliada de España. Para mejorar las cosas en la ciudad de Hércules, FUNDATOR GADIVM DOMINATORQVE, según consta en el escudo heráldico de esta población, la afluencia masiva de personas procedentes de la España ocupada permitió que los alquileres y el consumo interno alcanzaran plena pujanza.

Podemos también mencionar el hecho de que las bombas francesas tardaron en caer sobre Cádiz porque no se disponía de un cañón lo suficientemente potente y cuando se dispuso de él, los proyectiles caían sin la fuerza suficiente para explotar y causar grandes destrozos, de tal manera que el peso y el calor del plomo que contenían se convirtió en un artículo muy valorado entre las jóvenes de Cádiz como elemento estético y dio origen a la conocidísima coplilla:

Con las bombas que tiran los fanfarrones,
se hacen las gaditanas tirabuzones.

En nota a pie de página, Alcalá Galiano apunta la siguiente variante de Adolfo de Castro:

Con las bombas que tira
el farsante Sult,
se hacen las gaditanas
toquillas de tul (Alcalá Galiano, Recuerdos, 80)1

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Mucho más inspirada, sin duda, la versión popular, además de constituir todo un despropósito el pretender utilizar el plomo de las bombas para hacer toquillas, ni de tul ni de cualquier otro tejido.

Los hombres, por su lado, gozaban de una calidad de vida encomiable en la que incluso podían disponer con total normalidad de los productos más exquisitos: “Ahora nos vamos a fumar unos cigarros que he recibido de Cuba” (Solís, Siglo, 288). Ramón Solís resume así la situación: “Comenzaba entonces la gran paradoja del sitio de Cádiz. Los sitiados mantenían contacto con el mundo entero a través de su puerto, mientras los sitiadores, bloqueado como estaba el Puerto de Santa María y la entrada al Guadalquivir por la escuadra anglo-española, no contaban con el aprovisionamiento marítimo. El mar, que circundaba a la Isla gaditana, era la gran puerta abierta a toda clase de comercio. Las mercancías llegaban a Cádiz sin traba alguna; el comercio no sólo no había decaído, sino que prosperaba una vez desaparecida la competencia de Sevilla, el Puerto de Santa María y Sanlúcar. El crecimiento de población aumentaba el consumo; por otra parte, todos los combatientes fieles al rey Fernando se surtían a través de Cádiz” (Solís, Siglo, 222).

Pues bien, esa misma situación paradójica y privilegiada de que gozaba la ciudad de Cádiz, en general, se plasmaba en una situación de la mujer absolutamente inusual, puesto que la mujer gaditana era una mujer culta y muy preparada. Hemos de reconocer, con todo, que estas cualidades de mujer ilustrada se habían ido consolidando en la ciudad de la bahía durante el paso de los años y no eran privativas de los años del sitio, aunque esas circunstancias tan excepcionales de sitiados prósperos en todos los sentidos favoreció sin duda la posición culturalmente predominante de la mujer. Con el final de la Guerra de la Independencia, el regreso de las Cortes a Madrid y la emancipación americana, la prosperidad de Cádiz decayó notablemente, privada de sus principales puertos comerciales, y la mujer tan sólo en fecha muy reciente está recuperando la posición que le corresponde en la vitalidad cultural de nuestro país. Marieta Cantos, por ejemplo, nos habla de la pelea por recuperar su lugar de las mujeres gaditanas a finales de la década de los setenta del siglo XIX: “Precisamente, el derecho a la educación es la primera batalla que pretenden ganar estas mujeres, lo que justifica que esta demanda constituya el tema central y casi único de la mayor parte de los escritores que tratan sobre “la cuestión femenina”, especialmente en la revista Cádiz a partir de 1879” (Cantos, Calceta, 425).

Pero la situación en el Cádiz constituyente era completamente diferente, algo en lo que coinciden todos los estudiosos: “Hubo muchas mujeres que estudiaban y practicaban la Medicina. […]. Pues bien toda esa preparación

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hace que, casi sin exageración, podamos decir que existía en Cádiz un matriarcado cultural” (Solís, Cádiz, 265-266); “La mujer gaditana de principios de siglo XIX, al contrario que en el resto de España, se caracterizó siempre por su elevada cultura” (Mariscal, 35), lo que le fue posible gracias a la abundancia de academias para mujeres y al aprendizaje de idiomas. La mujer desempeñó profesiones, tales como administradoras, contables o armadoras de buques, cosa insólita en toda la España decimonónica. En términos muy similares se manifiesta Inmaculada Cano, lo cual adelanta una de las ideas esenciales de la siguiente sección: “la mujer que conduzca la tertulia debe tener una elevada cultura” (Cano, 416); por lo que no es de extrañar que una de estas mujeres que marcaron la pauta en las tertulias gaditanas, Frasquita Larrea, se permitiera, por ejemplo, opinar sobre el mismísimo rey Fernando y la Constitución, en términos no demasiado encomiásticos para ésta, por cierto, y dejara constancia de ello en un manuscrito datado en 1814, en carta dirigida a El Español: “¿Es tirano un Rey que cede a la voluntad general de la Nación que detestaba el nuevo orden de cosas: los unos por aquel mismo sentimiento innato, de que sólo Dios podría dar cuenta, que les hizo resistir, sin el auxilio de la esperanza, a la dominación extranjera; los otros por tener sobradas luces para conocer cuán ajena de nuestro carácter, nuestras costumbres y nuestro clima era la tal constitución?” (véase en Cantos, Episodios, 91), siendo así que, como sabemos, El Español fue un periódico publicado por José María Blanco Crespo, “Blanco White”, en Londres entre 1810 y 1814, prohibido en España, donde el autor se mostró crítico con las autoridades españolas y muy comprensivo con los revolucionarios de América que empezaban a levantarse, si bien su posición no era la de la independencia, sino más bien la de la autonomía.

De la romántica que nos ocupa, de nuevo con ella, no es que compartamos, ciertamente, las opiniones de Francisca Larrea, señora de Böhl de Faber y madre de Fernán Caballero, pero sí quiero destacar la preparación y osadía de la mujer gaditana en la segunda década del siglo XIX para reflexionar públicamente incluso de los temas más políticamente sagrados. Y para terminar ya esta enumeración de citas, refiriéndose a la carta III de los viajes de William Jacob, Aragón comenta que “Asimismo nos habla de las modas, usos y costumbres de los gaditanos y de la educación e independencia femeninas” (Aragón, 148)2, algo, pues que llama la atención de los viajeros extranjeros.

Con todo, todavía permanecían en aquel Cádiz algunas de la lacras seculares que han lastrado a la...

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