Southern: Una nota sobre la escritura constitucional de John C. Calhoun

Autor:Antonio Lastra
Páginas:729-738
 
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Plainly, the central idea of secession, is the essence of anarchy

ABRAHAM LINCOLN First Inaugural Address (4 de marzo de 1861)

Secession is but the alternative of interposition

LORD ACTON Political Causes of the American Revolution (1861)

En un libro reciente y admirable, Robert B. Pippin ha puesto de relieve la importancia del western —del género cinematográfico de las películas del oeste— para la filosofía política. A propósito de Stagecoach (La diligencia, 1939), Pippin observa que “la película de Ford es una alternativa visual apremiante, la imagen [picture] de una aspiración a la igualdad que Tocqueville no pareció entender bien: una exigencia de igualdad moral, de dignidad y valor iguales”. En el reducido espacio de una diligencia, que contrasta violentamente con el paisaje ilimitado del Monument Valley —la vida civilizada en contraste con la vida salvaje—, tiene que desarrollarse, en efecto, lo que podríamos llamar la constitución de la democracia, encarnada en una serie de personajes cuyo origen y cuyo destino, en una misma situación dramática, son muy diversos.1

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Uno de esos personajes, Hatfield (interpretado por John Carradine), es un caballero del sur que se ha degradado a sí mismo como jugador profesional y que se pone al servicio de una altiva dama sureña embarazada, Lucy Mallory (interpretada por Louise Platt), que viaja para encontrarse con su marido, oficial de caballería en un destacamento de avanzada en el territorio apache, a la que trata de proteger del contacto con los demás pasajeros, entre los que se encuentran un comerciante de licores, un banquero corrupto, una prostituta expulsada de la ciudad de la que parten y un médico borracho, además del conductor de la diligencia y un representante de la ley y el orden, a los que se suma en el camino un joven perseguido por la justicia. Los personajes, como señala Pippin, parecen haber sido escogidos deliberadamente para representar tanto la pluralidad democrática como la decencia última de las cosas —y el registro de cada uno de los actores, desde Donald Meek a John Wayne, es suficientemente realista al respecto—, pero la muerte de Hatfield sugiere que aquello que representa, o había representado alguna vez, ha quedado definitivamente relegado al pasado y no tiene posibilidades de repetirse en el futuro que se abre para todos los demás (sin excluir a indios, negros ni mexicanos, a los que Ford integraría paulatinamente en su cinematografía posterior gracias, en parte, a las posibilidades que el camino abierto por La diligencia le ofrecía). Si la muerte de Hatfield, en un gesto de valentía convencionalmente trágico, salva la vida de Lucy Mallory, son la prostituta y el médico borracho (Dallas y Doc Boone, interpretados respectivamente por Claire Trevor y Thomas Mitchell) quienes, a su vez, ayudan a nacer a su hija. Los espectadores no tienen que escoger emocionalmente entre la muerte y el nacimiento.

Ford usaría a Carradine más de veinte años después para que encarnara de nuevo a un personaje sureño en El hombre que mató a Liberty Valance. El tono explícitamente político de esta segunda película queda atenuado por una mirada irónica que humaniza esencialmente lo que sucede al margen de la política. El personaje interpretado por Carradine, el coronel Cassius Starbuckle, es representativo de los intereses partidistas del sur. En una escena famosa, se dirige a la convención que discute la constitución de un nuevo Estado y su inclusión en la Unión e, histriónicamente, arroja al suelo el discurso que tenía preparado para improvisar unas palabras reconociblemente venales y huecas. No es casual que sea un médico borracho (Doc Willoughby es un eco del Doc Boone de La diligencia) quien recoja del suelo los papeles que Carradine ha tirado y descubra que están en blanco. La muerte de Hatfield no es tan significativa como los papeles en blanco de Starbuckle: su importancia para la filosofía política reside en el hecho, perfectamente documentado, de que el sur no tuviera nada que decir, pero también sirve para

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sugerir que el discurso del norte —que queda fuera de campo y al que representará Ransom Stoddard, interpretado por James Stewart en uno de los papeles más moralmente ambiguos de su carrera— no podrá proporcionar una verdadera felicidad a sus defensores en la medida en que no se basa en la verdad. “This is the West, sir. When the legend becomes fact, print the legend” (Esto es el oeste, señor; cuando la leyenda se convierte en hecho, imprimimos la leyenda), la célebre conclusión de la película, nos deja sin saber —frente a los papeles en blanco del sur y la leyenda del oeste— cuál podría ser la poética del norte. Luego volveremos a esto.

Hatfield y Starbuckle son, en cierto modo, tan reales como paródicos. En Río Rojo, Hawks subrayaría que la fidelidad y la traición de los seres humanos son condicionales y relativas. En la respuesta de los vaqueros que quieren romper el compromiso contraído con su patrón, Tom Dunson (John Wayne), Pippin percibe el gran argumento del sur: ese no es el pacto que sellamos. ¿Tiene alguien o algo —el patrón o el contrato original, el presidente o la constitución— derecho a gobernar (a seguir gobernando, a mantener su autoridad y exigir obediencia) si ha cambiado, cualquiera que sea el cambio que haya experimentado, incluido el que necesariamente tiene que ver con el paso del tiempo o el que supone una corrección o una mejora del contrato original? Es obvio que Hatfield, Starbuckle o Dunson no han sabido hacer frente a esos cambios y que su decadencia (trágica en el primer caso y cómica en los otros dos) es el resultado indeseado de su incapacidad psicológica y política para adaptarse a los nuevos tiempos. Mucho más complejo, desde el punto de vista de la psicología política que Pippin explora, es el carácter de Ethan Edwards en Centauros del desierto, y su exclusión de la vida civilizada es desconcertante de principio a fin: la esencia de toda secesión, de toda separación de la vida civilizada, es desde luego la anarquía, pero ¿qué es lo que se interpone entre los seres humanos para que puedan ganarse la vida juntos?

Southern podría ser el nombre de un tipo y de un género no solo cinematográficos: con matices que enriquecen la identificación y lo convierten en epónimo, Hatfield, Starbuckle y Edwards podrían ser retratos (pictures) de John Caldwell Calhoun (1782-1850), congresista, secretario de Guerra, vicepresidente, senador y secretario de Estado de los Estados Unidos de América, que a menudo ha sido descrito como un símbolo del Viejo Sur (Old South).2 La localización geográfica es circunstancial, en la medida en que cada

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región genera su propia mitología, y, conforme se clasifica cada uno de los rasgos de lo que uno de los biógrafos de Calhoun ha calificado como un “enigma” y una “tragedia shakespeareana”,3 el resultado es demasiado humano para salirse de los contornos trazados por una actividad política frenética, pero, en última instancia, intrascendente. La supervivencia de Calhoun —e incluso la reputación de la selección de sus escritos que sigue publicándose— tiene que ver con la convicción de que los acontecimientos políticos pueden resolver por sí solos los problemas de la existencia humana, lo que para Calhoun incluía también la esclavitud. Como escribió el más dotado de sus defensores, “el sometimiento del hombre por el hombre no es incompatible con la naturaleza de la sociedad; es una condición de la vida pasajera, pero legítima, y el Estado, que gobierna por igual al propietario y al esclavo, y protege a uno de la opresión y al otro de la venganza, debería regularla y vigilarla”, pero —añadía lord Acton— “el sometimiento absoluto del individuo al Estado va en contra de las leyes de la moralidad política y de la noción de constitución política [polity]”.4 Es una ideología, sin embargo, no una filosofía ni una filosofía política, lo que Acton justificaba con esas palabras: a propósito de los abolicionistas, que para Acton no menos que para Calhoun eran los auténticos secesionistas y los verdaderos enemigos de la libertad, Acton se referiría a Emerson como “filósofo”, lo que nunca diría de Calhoun. El...

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