El sentido moralizador de la sátira

Autor:Modesto Barcia Lago
Cargo del Autor:Doctor en Derecho, Licenciado en Filosofía y en Ciencias Políticas
Páginas:417-430
RESUMEN

Elogio del oficio. Lucidez de la sátira.

 
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En este ambiente de dura pugna entre la necesidad del oficio y su percepción disfuncional, terciarían también críticamente autores como el antes citado Jerónimo Castillo de Bovadilla, que, como vimos, se refería al exceso de letrados pululando en los Tribunales con la injuriosa expresión de "porquerones de la justicia". Con un punto de ecuanimidad en el juicio, Baltasar Álamos de Barrientos clamaba contra la inflación de discordias que empobrecían los dominios de la Monarquía Hispánica:

Y aunque no pensaba más que tocarlo, mi ánimo no me consiente dejar de proponer a Vuestra Majestad que esta multitud de pleitos que hay en España y esta ocupación de los hombres en ellos, y este gasto y pérdida de sus haciendas, no para servicio de Vuestra Majestad, sino para riqueza y acrecentamiento de las personas menos provechosas que viven en esta monarquía, tengo por cierto que es la corrupción más perniciosa que hay en ella y de que más malos efectos se pueden temer 867.

Sería, como ya dijimos, materia cara a los arbitristas, muchos de ellos juristas y oficiantes, atentos a proponer soluciones, es decir, arbitrios, para la crisis que se advertía de la Monarquía austracista, como el "Arte real para el buen gobierno de los Reyes y Príncipes de Page 418 Vasallos", de J. de Ceballos en 1623, y otros escritos del género de "tratados de educación de Príncipes", muy en boga en el siglo XVII.

En realidad, como atinadamente señala KAGAN, "la desconfianza popular hacia abogados, procuradores y otros profesionales del derecho, sin embargo, no era sino la manifestación superficial de una sociedad que había entrado en un prolongado período de crisis económica y política. Castilla en el siglo XVII estaba buscando cabezas de turco mientras, al mismo tiempo, quería recuperar la gloriosa época de paz y prosperidad. Para muchos, los abogados eran un símbolo de lo que había ido mal, porque habían fomentado una complicación y confusionismo de procedimientos que a los ojos del hombre de la calle no servían más que para robar a la gente y enriquecer inmensamente a los abogados, los magistrados, y demás profesionales del derecho", y es también en esta perspectiva que debe entenderse la actitud ambivalente de la sociedad hacia los pleitos. Éstos tenían por objeto favorecer la justicia, pero, continúa este autor, "parecía que la justicia de los tribunales sólo permitía que el fuerte venciera al débil, el rico burlara al pobre, y el abogado avaro y rapaz superara en la táctica al abogado que defendía causas justas. Los castellanos veían su situación como la de una sociedad cuyos ideales habían sido pervertidos por la corrupción, la codicia y el interés propio; y en el pleito, junto con el gremio legal que lo apoyaba y lo promovía, veía todos esos males compendiados"868.

Por eso el sarcasmo de nuestros clásicos es, con todo, más matizado de lo que a primera vista semeja. El abogado engañador se mueve en el barroco contexto socia1 e institucional de corrupciones, y de prácticas y leyes procesales, que amparan, hacen posible y estimulan el torvo afán de su cliente por enriquecerse aunque sea injustamente; pues no siempre el litigante es un incauto caído en manos del abogado engañador, que, cual ave de rapiña, se apresta a arrebatarle su patrimonio enzarzándolo en querulancias inútiles o contraproducentes, sino que, frecuentemente, es el propio pleiteante quien acude al abogado que estima le puede servir mejor de instrumento para su ambición injusta contra otro. Diríase que, de esta manera, a modo de una justicia Page 419 externa, a veces, recibe, por medio del letrado, cual si fuese una némesis vengadora, el daño en su bolsa por el pecado de procurar la ajena llevado por inmoral codicia, ya que nadie ignora lo que la experiencia popular proclama, que "a pleito malo no hay buen abogado"869, de igual manera que es verdad que "las togas de los abogados guardan en sus pliegues la necesidad y obstinación de los litigantes"870. Cuando no su fe en la fuerza del Derecho y en las instituciones que los sirven, como atentamente observa CALAMANDREI:

La fe que ciertos clientes, especialmente gente humilde e ignorante, tienen en las virtudes de los abogados y en la infabilidad de los jueces, es a veces tan ciega y absoluta, que causa al mismo tiempo espanto y ternura. Cuando ante las honestas dudas que expreso sobre el resultado de una causa, el cliente me dice: Abogado, si usted quiere, claro que el Tribunal me dará la razón, me vendrían ganas de abrir los ojos de ese iluso que no sabe de cuántos riesgos está sembrado el camino de los abogados. Pero después pienso que ese sentimiento de la justicia como de un numen omnipotente a quien no se invoca en vano, es posiblemente la conquista más alta de la civilización, y ciertamente el aglutinante que da su mejor cohesión a la sociedad humana. Yo no me animo a decepcionar a ese hombre871.

Así, por debajo de la fuerza plástica de la mordacidad de los satíricos hispanos, como ocurrirá con el ácido humor de las estampas francesas de las "Gentes del Foro" de ese "moralista patético" que fue Honoré Daumier, en el siglo XIX, no es la intencionalidad histórica y mucho menos histriónica, al decir de Marcos G. MARTINEZ, "sino aleccionadora, ejemplificadora y moralizadora" la que late872; del mismo modo que ocurre en el lápiz de Forain, o de Abel Faivre, como nos recordaba el Decano parisiense ROBERT873. Puede que, Page 420 como sostiene RADBRUCH874 respecto del arte caricato del propio Daumier875, más que "un clamor de justicia por encima de toda ley" sea "un grito de caridad por encima de toda justicia", al modo de la admonición pro charitate de Tolstoi. Ya los versos con que BAUDELAIRE retrataba al caricaturista, que tan bien supo captar los diversos tipos de la sociedad, daban en la diana del verdadero sentido de la sátira inclemente:

Leur rire, hélas! De la gaité n´est que la douloureuse charge;

Le sien rayonne, franc et large,

Comme un signe da sa bonté876

De ahí que la animadversión no sea propiamente contra el oficio de los abogados, que, como señalaba el Rey Sabio, "es muy prouechoso para ser mejor librados los pleytos", sino contra una práctica desviada y carente de ética, que tantas disposiciones reales y de las Cortes y Concejos, además de las propias cofradías y corporaciones de los letrados, trataron, no sin grandes dosis de ingenuo reaccionarismo, de refrenar, de lo cual eran conscientes nuestros autores; quienes no dejaron de consignar el encomio de la profesión mientras denostaban su perversión práctica.

Elogio del oficio

El mismo pícaro de Alfarache, en la versión de Mateo Luján de Sayavedra, que no había ahorrado el denuesto contra los gobernadores y ministros de la justicia, ni la burla sardónica de los vicios de los curiales y del estamento de los letrados, declaraba no merecedores de este título "a quienes maliciosamente enmarañan los pleitos, aunque fuesen socialmente muy celebrados, ya que el recto y buen abogado Page 421 jamás emprende causa injusta". Con un tono que habría de hallar eco más de un siglo y medio después en los "Discursos críticos sobre las leyes y sus intérpretes", de Don Juan de Castro, el bribón explayaba en el capítulo segundo de la apócrifa "segunda parte" de la vida del pícaro877, las excelencias de este oficio:

Y esto hacen los abogados, que con persuasiones convencen a las partes y a los jueces, insinúan la verdad, declarando la inocencia del reo, del miserable, y del opreso, para que se les guarde su justicia. Pues, ¿quién dirá en la República no son necesarios hombres que tengan por oficio apartar lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto? Luego, loable y necesario oficio es, y muy honroso, el que declara la verdad, defiende la justicia, interpreta las leyes, da verdadero sentido a los estatutos, patrocina a los miserables y redime a los opresos: el Derecho faltaría si faltasen, y no habría quien lo alegase878.

En línea con el reforzamiento del prestigio y consideración social del estamento frente a la chanza popular y sátira literaria, los propios juristas no se aquietarían pasivamente sino que opondrían la defensa cerrada de sus méritos, destacándolos sobre otros curiales de menor prestancia con los que rechazaban ser confundidos, como era el caso de los procuradores, que se mostraban celosos del mayor prestigio profesional de los letrados y recababan para sí el cometido de aquéllos de hacer alegatos ante el juez, porque, decían, estaban...

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