Santamaria, Francisco: ?Un mundo sin Dios? La religion bajo sospecha.

Autor:Ferrer Santos, Urbano
Cargo:Reseña de libro
 
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SANTAMARÍA, FRANCISCO

¿Un mundo sin Dios? La religión bajo sospecha, Rialp, Madrid, 2012, 126 pp.

Se suele aceptar como uno de los avances decisivos en la realidad política la fundación del Estado liberal moderno, una vez dotado de una Constitución, de la separación de poderes preconizada por Montesquieu y de unos mecanismos democráticos mediante los cuales los ciudadanos podrían elegir periódicamente a sus representantes. Con ello se evitarían los absolutismos en el ejercicio del poder, a los que ni siquiera la democracia de corte rousseauniano había sido ajena. No seré yo quien lo cuestione. Pero sí cabe señalar que la fórmula de la división de poderes, aun cuando se aplicara a la perfección, no resuelve automáticamente algunas cuestiones políticas de enjundia. Una de ellas--de marcada actualidad en nuestras sociedades--es la antinomia de la laicidad: asepsia confesional en el Estado laico, por un lado, y reconocimiento del derecho a la libertad religiosa y de conciencia en los ciudadanos como una de las libertades fundamentales. Limitar la libertad en este orden significaría--visto desde los derechos de la conciencia--que el Estado se erige como la fuente de los derechos ciudadanos; pero admitirla con rodas sus consecuencias conlleva a su vez que hay un árbitro enjuiciador del propio Estado, nacido de los ciudadanos que tiene a su cargo representar. ¿Quién pone el cascabel al gato? ¿Es el Estado quien habría de establecer los límites en el ejercicio de la libertad de las conciencias? ¿O es la conciencia quien, en el desempeño de sus funciones y por estar en posesión de una verdad que trasciende la política, habría de marcar sus fronteras al poder soberano? El problema se complica aún más cuando se advierte el pluralismo moral y religioso en las sociedades occidentales. Planteada en estos términos, la antinomia es insoluble, porque se trata de órdenes distintos de verdad y de actuación.

Pero lo que sí cabe es dar la vuelta al planteamiento y, en vez de encararlo desde dos instancias abstractas--el Estado y las distintas confesiones religiosas--, centrarlo en el hombre singular y concreto que es a la vez miembro de una comunidad política y que profesa un credo religioso y tiene unas convicciones morales. Desde este prisma tanto el poder político como las creencias morales y religiosas se desautorizarían si no atendieran las necesidades correspondientes del único ser humano efectivo. La laicidad del Estado tiene unos límites perfilados por...

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