En respuesta a un lector avisado. Sobre «Adelaida Martínez y el honor de la pobreza»

Autor:Rafael Aliena Miralles
Cargo:Universidad de Valencia
Páginas:539-552
 
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Me piden los editores del Anuario de Filosofía del Derecho1que redacte una respuesta a las reflexiones que hace el profesor Raúl Susín Betón, de la Universidad de La Rioja, a raíz de la lectura de mi libro Adelaida Martínez y el honor de la pobreza (Fundación «La Caixa», 1999). Lo primero que debo decir es que he tenido el privilegio de encontrar un buen lector. No sólo ha entendido bien muchos de los contenidos de la obra, sino que ha sabido captar su tono, talante, estilo, forma e intención, incluso cuando el libro incurre en zonas peligrosas. Por ejemplo, ¿acaso no tiene razón Susín cuando se pregunta si no habré convertido la investigación científica en una narración en la que se van proyectando diferentes imágenes y recursos literarios que podrían convertir a la protagonista y a su «Barrio Maravillas» en elementos desde los que juzgar a la modernidad, haciendo del trabajo y su lectura una especie de elemento catártico? Como mínimo, su formadísimo criterio le ha permitido ver que Adelaida Martínez no es solamente, ni quizá principalmente, una obra sobre la pobreza.Page 540

Adelaida Martínez y el honor de la pobreza es un libro muy personal, el hijo de un cruzador de fronteras que pudiera no haber sido bien visto, una apuesta arriesgada. Susín ha sabido verlo así y -algo que le agradezco enormemente- ha sido generoso en su juicio. Tenía ante sí una invitación a lucirse, los cuchillos afilados ante un diletante, no demasiado experto en todas esas disciplinas que su crítico le hace dominar, un ser académico altamente vulnerable a cierto tipo de crítica fácil. Pero Susín no mordió la manzana. Todavía existen universitarios. La conversación (pura y simple conversación, aunque simbólica, y no procesos dialógicos o similares) es posible. La extravagancia sigue teniendo su público.

Me permitirán que, antes de aludir a la crítica de Susín y dar algunas claves para la lectura del libro, les ofrezca mi pequeño resumen del mismo.

Adelaida Martínez y el honor de la pobreza es un estudio sobre una mujer pobre que vive en un barrio marginal. Su protagonista nos narra su vida y las relaciones con sus vecinos, que le merecen opiniones contundentes (de desaprobación por violentos y fraudulentos, así como por la «mala vida» que llevan). De su discurso brota una poderosa imagen, la del honor de la pobreza, que ha dado título al libro. A pesar de su ambigüedad, es la pobreza vivida con sentido, con apego a ciertos valores de trabajo y entrega a la familia, llena de esos relatos y mitos que ayudan en la lucha por la supervivencia. No es la pobreza como algo honorable, porque haga mejores a las personas o porque las obligue a vivir de acuerdo con ciertos valores solidarios y no materialistas, de los que supuestamente debiéramos aprender el resto de la sociedad. No es, pues, «el honor de ser pobre», sino «la pobreza vivida con honor», incluso entendiendo por «honor» el apego a un papel social (en su caso el de madre luchadora) como condición de una vida que tenga sentido y orientación.

El libro es también la conversación de un investigador con una mujer que le cambió unos planes que inicialmente iban por la senda de la ciencia social explicativa, casi cuantitativa, ajena a intereses y consideraciones filosóficas, morales o literarias. Me he esforzado por narrar este proceso, este episodio de mi Bildung, mi perplejidad y los mundos que se me abrieron, por muchas razones, y entre ellas, por lo útil que puede resultar a muchos otros investigadores2. También por aprecio de lo que algunos autores llaman la «razón biográfica».

Es un estudio, por demás, que no rehuye la polémica. No es ciencia social al modo habitual, ni tan siquiera en esa modalidad nueva y próspera de las historias de vida (género al que seguramente será adscrito). Hay quizá, para esta corriente, demasiada interpretación y valoración, y demasiadas pocas regularidades, explicaciones y segurida-Page 541des. Es polémico también por todo ese asunto del «honor de la pobreza». Al situarme en este terreno, paso a conjugar (aunque sin ser demasiado explícito al respecto) una ética de las excelencias del carácter y de la actividad que, en el contexto de la acción y la filosofía sociales actuales, no puede sino ser malinterpretada. Esto, combinado con mi deseo de privilegiar la agencia frente a la estructura, y lo simbólico, lo microsocial y lo insignificante, a veces gozoso, frente a la «realidad externa y dura» de la pobreza, provocará sin duda debate. (Ya se sabe que, quien enfatiza, sobreenfatiza.)

Consumada esta presentación, comenzaré mi respuesta aludiendo, primeramente, a dos asuntos que parecen interesar a Susín: el estilo y lo que podríamos denominar el género al que pertenece el trabajo. Más tarde entraré en los contenidos.

Susín habla de mi estilo informal, y -según interpreto- no me lo acaba de reprochar. En fin, soy un académico, y respeto las reglas todo lo que puedo. No pretendo ser lo que no soy (ni probablemente pueda ser). Pero, ¿por qué no esforzarnos por llegar al lector? El lenguaje artificial es detestable; las cosas humanas necesitan también expresiones humanas. Nos equivocamos si dejamos los lectores para los escritores. Por mi parte, estoy todavía en el proceso de buscar mi público, de crearlo incluso, si llega el caso. (Soy profesor de política social y llevo más de trece años formando a trabajadores sociales. ¿Puedo no escribir pensando en este espacio?)

No me reclamo, a pesar de la amable sugerencia de Susín, como intelectual (más bien me espanta la palabra), aunque sí creo que, cuando podamos, debemos hablar para nuestra ciudad. Más me gusta -al menos, de momento- la figura del crítico.

El crítico en el que pienso mantiene una estrecha relación con su audiencia, sus preguntas son en parte las suyas (o nacen de ellas), comparte con ella una parte de sus valores, su sensibilidad, sus inquietudes (y si los impugna, lo hace amablemente, con respeto, partiendo de ellos). Abre sus ojos a ciertas obras e ideas, a ciertos autores y lenguajes. Ordena sus debates, brinda claves, devuelve lo que le fue dado, quizá con una perspectiva radicalmente nueva, quizá con más profundidad, con mejor escritura. Les habla de la condición humana, de política, de moral, de cultura, de sociedad, del poder, de la vida cotidiana, de valores, de justicia, de opresión, de las pasiones, de la enfermedad y la muerte, de la corrupción y la virtud, el egoísmo y el bien común, la decencia y la compasión.

El crítico en el que pienso no está conectado ni con Dios ni con la razón, pero tampoco con la realidad empírica. No es alguien que se ha retirado a las afueras para llegar a saber y que una vez ha descubierto su verdad, vuelve para contarla, para imponerla incluso, con toda la fuerza de aquella conexión última. No debe serlo, y menos si existe el riesgo de que falle en su cometido (y un fallo es no ser leído) ¿Qué pasará si no le escuchan?, ¿si se muestran ajenos a esta nueva verdad revelada?Page 542

Nuestro crítico no debe ser un extraño, porque si lo fuera, ¿por qué han de dejar sus lectores que se interfiera en sus asuntos? ¿Por qué han de escucharle? ¿Por qué han de leerle? La pasión por la verdad (el conocimiento de la realidad empírica) no es suficiente, a menos que venga acompañada de la pasión por contar la verdad a esos hombres y mujeres (antes que descubrirla para uno mismo o registrarla para la posteridad). Huye de la enajenación y el extrañamiento, así como de los tecnicismos innecesarios. No recurre al sesgo partisano, el vituperio, el dogmatismo, el tono jurídico, el aire de omnisciencia o irrevo-cabilidad. Tiene siempre las reglas a la vista. Las respeta. Sabe por qué existen y qué le brindan, pero también cuándo debe suspenderlas, adaptarlas, incluso violarlas...

* * *

Dedicaré los siguientes párrafos a un asunto que a mi crítico parece haberle llamado también la atención, cual es el del género al que debe adscribirse la obra (entiéndase por tal una suma de ontología, epistemología y metodología). Susín es un lector muy inteligente. Reconoce en la obra una particularidad, y le da varias vueltas. ¿Cómo clasificar Adelaida Martínez) Le aliviaré: yo mismo tengo mis dudas. El problema (si acaso merece este nombre) radica en que está a caballo entre varios géneros. Me explicaré con la ayuda de esos juegos de pares que parecen haber llamado la atención de mi interlocutor.

Ni científico, ni moralista o político. La retórica del científico gira en torno a tres ideas. Su tarea es el conocimiento de las leyes que rigen la sociedad, o por lo menos, pues lo de ley suscita hoy poco acuerdo, el conocimiento de cómo es la sociedad, cómo funciona, cuáles son los procesos que la recorren, cuál es su estructura, su disposición, sus resistencias, su textura, en definitiva, su realidad. En este sentido, su aproximación es realista y positiva (es decir, no normativa): se trata de llegar a conocer lo que hay como tarea diferente u opuesta a la de proponer lo que debe haber o juzgar lo que hay por lo que debería haber.

El científico elabora, asimismo, un discurso que gira en torno a la neutralidad, la distancia, la separación a lo Hume entre los hechos y los valores, el no tomar partido, observar desde el mirador, elevarse por encima del fragor de la batalla, etcétera3.

Finalmente, el científico prescribe, sugiere y propone rutas de acción, políticas, medidas, cambios. La ciencia social tiene una voluntad de intervención, siempre la ha tenido, y más ante problemas que se han vuelto sociales, es decir, públicos. En asuntos como el de laPage 543pobreza, ¿quién no piensa en las implicaciones prácticas y políticas? ¿Quién no se siente interpelado a decir qué hacer, por modesto, impreciso o ambiguo que resulte? La literatura sobre pobreza, explícita e implícitamente, es un terreno para la política, la administración y la acción sociales 4.

Frente al científico, y en una relación que no sé bien si es de conflicto, competencia o contradicción, se encuentra el...

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