La renta activa de inserción como remedio contra la exclusión social

Autor:Ángel Arias Domínguez
Cargo del Autor:Profesor Titular (acreditado a Catedrático) de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social
Páginas:205-234
 
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I Introducción: de la pobreza a la exclusión social

Llamamos ahora 'exclusión social' a lo que de toda la vida se ha llamado 'pobreza'1. En nuestra actual sociedad de la opulencia convivimos con tasas de pobreza inasumibles desde cualquier punto de vista, social, político e institucional. La creación del espacio de solidaridad que ha supuesto Europa en tantos otros ámbitos (colectivos, pero también individuales) no ha sido capaz de embridar las altas cotas de desheredados de la tierra, parías excluidos de su propio espacio por las inclemencias de la vida, por las incertidumbres del mercado.

Tradicionalmente, especialmente tras la Segunda Guerra mundial, el mecanismo institucional de protección social que más fuertemente ha edificado sus bases en el mundo contemporáneo ha sido el contrato de trabajo. Por dos razones. En primer

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lugar, porque es el mecanismo (junto con el fiscal o financiero) que más fácilmente ha sido capaz de organizar la distribución de la riqueza. Y, en segundo lugar, porque es el que mejor expresa y constata el triunfo del mercado sobre otras formas de organización social de la economía.

El capitalismo, con mayores o menores cotas de intervención pública y control político es, sin duda, el mecanismo que más eficazmente ha conseguido la prosperidad de los pueblos, es el fin de la historia (FUKUYAMA, dixit)2. Y el contrato de trabajo es su alumno más aventajado. Recuérdese que el advenimiento del sistema económico capitalista surge en paralelo al del contrato (civil, laboral, diferencia intrascendente en ese momento) de trabajo.

La Paz (militar, que no ideológica) tras la conflagración bélica conllevó cotas de desempleo asumibles desde un punto de vista cuantitativo, y el contrato de trabajo podría jugar un determinado rol institucional muy preciso: permitía el acceso del ciudadano a los espacios de seguridad que se relacionaban con la adquisición, para él y para su familia, de los bienes y recursos de consumo básicos con los que subvenir a sus necesidades.

Se asumía por el sistema institucional, eminentemente burgués, la necesidad de realizar, de signar, de llevar a la práctica, dos pactos institucionales consecutivos con la clase trabajadora. Dos pactos tan inextricablemente entrelazados entre sí que es imposible (inviable) separarlos. Relacionados, además, con la implementación definitiva de los sistemas democráticos avanzados, en donde no sólo se organizan y articulan los mecanismos de votación y sufragio cada cierto tiempo para establecer la alternancia en el poder de las élites políticas, sino que además, y prioritariamente, se reconocen, tanto en los textos constitucional como en las normas de funcionamiento práctico, derechos sociales de amplio espectro y con un contenido cada vez más amplio.

El primer pacto pretende que la clase trabajadora renuncie a la búsqueda de soluciones ideológicamente contrarias al mercado y al sistema capitalista. La experiencia reciente en Rusia tras la conclusión de la guerra civil de 1917 y el advenimiento del 'hombre nuevo' patrocinaban modelos políticos absolutamente incompatibles con lo que la burguesía bienpensante europea estaba dispuesta a tolerar. Renunciar a un sistema estatalista de distribución de la riqueza tenía que ser la primera premisa del razonamiento político, y debía concretarse también en el plano de la acción política.

La clase trabajadora renunciaba, implícitamente, a dicha perspectiva, abandonando cualquier pretensión de abrazar la fe nueva del comunismo. También en las urnas. Es sintomático que ningún partido político comunista (exceptuando la

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peculiaridad del italiano, que probablemente la ciencia política puede explicar en razones muy alejadas de estas ahora aquí debatidas) ha obtenido en Europa desde la segunda guerra mundial suficientes votos como para poder conformar un gobierno estable. Los sistemas democráticos han depurado la fe nueva en las urnas. Cuña de su propia madera.

En contrapartida el ciudadano (ya trabajador por definición) obtenía un contrato de trabajo que le permitía, como se comenta, subvenir a sus necesidades vitales en una sociedad capitalista de consumo que distribuye empleando el mercado todos los bienes y servicios, incluidos los básicos para la subsistencia de las personas, los elementales. El sistema capitalista emplea el mercado como mecanismo de distribución de la riqueza, y el contrato de trabajo como el elemento axial sobre el gira todo la relojería interna del mismo.

El trabajador (antes meramente ciudadano) se erige en la figura fundamental de la sociedad, el eje sobre el que giran todos los mecanismos del sistema económico e institucional, al punto de poder afirmarse que es el elemento más característico y consustancial a la sociedad post-contemporánea, el pivote de la sociedad del siglo XX3, en todos los aspectos: económicos, sociales, culturales, etc. Multitud de aspectos de la vida ciudadana se ven impregnados por esta nueva figura, la sociedad, nuestro mundo reconocible, ha virado el Cabo de Hornos de la democracia burguesa para navegar por el mar de la democracia del trabajo.

El ciudadano es ya un ciudadano/trabajador, que organiza su vida alrededor del trabajo asalariado que, en principio, no falta, porque es protegido por un sistema institucional y jurídico eficaz y por un sindicalismo muy representativo. El ciudadano se adentra en la sociedad del confort, en donde vivir es algo más que trabajar, y puede disponer de su tiempo libre y adquirir bienes de consumo.

La sociedad vuelve a generar otium, tiempo para la persona, tiempo para algo más que trabajar4, alterando la tradicional distribución horaria y vital que organizaba y construía la persona, su actividad y su relación con los conciudadanos. MARCUSE llega a afirmar al respecto que "la automatización amenaza con hacer posible la inversión de la relación entre el tiempo libre y el tiempo de trabajo, sobre la que descansa la civilización establecida, creando la posibilidad de que el tiempo de trabajo llegue a ser marginal y el tiempo libre llegue a ser tiempo completo"5.

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La aportación psicológica de MARX a la consideración del trabajo como fenómeno sigue siendo, incluso hoy en día, capital para entender que en la racionalización del trabajo mediante el derecho y el contrato de trabajo debe prestarse especial atención a más aspectos humanos que la propia consideración del salario6.

Este pacto se edifica sobre una propensión de la economía hacia el pleno empleo, es decir, hacia la capacidad para generar cuantos puestos de trabajo activo remunerado como se necesiten por los demandantes de empleo.

El crecimiento económico prolongado, estable y continuo se erige en la premisa sobre la que se edifica este modelo de distribución social y económica. Cuando el empleo escasea, cuando el mecanismo de distribución del bien escaso que es el trabajo no cumple su rol institucional tan definido, el desempleo aparece como el nuevo fantasma que recorre Europa7. Capitalismo y sociedad de consumo se han emparejado para la eternidad, en un maridaje que no puede disolverse.

Esta democracia de trabajo, esta sociedad que se edifica sobre el trabajo y su distribución entre los ciudadanos, genera nuevos problemas nunca antes avizorados, que muestran su cara más desagradable en este nueva era del post-capitalismos, del 'turbocapitalismo'8, en tres manifestaciones nuevas hasta ahora no manifestadas.

En primer lugar, trabajadores que aunque ejercen una actividad laboral remunerada no consiguen abandonar el estado de pobreza en el que se encuentran cuando carecen de un empleo, no consiguen salir de la exclusión social, pues la remuneración que perciben por su actividad no les permite objetivamente adquirir los bienes de primera necesidad necesarios para subvenir a sus necesidades y las de sus familiares9; trabajadores, en fin, que a pesar de efectuar una actividad productiva, de situarse en la orilla de los privilegiados, no son capaces de abandonar la pobreza, la exclusión social. Trabajos escasamente remunerados, desprotegidos laboralmente, sin condiciones medianamente razonables.

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En segundo lugar, se aprecia un constante desprecio por los excluidos del sistema, por aquellos que no consiguen ejercer una actividad laboral, por los que, por las circunstancias que fuesen no pueden satisfacer por sí mismos sus propias necesidades. Aporofobia es el nuevo vocablo que identifica estas nuevas realidades10.

Y, en tercer lugar, se exacerba un conflicto, que aunque siempre latente y larvado en la historia de la humanidad está adquiriendo actualmente dimensiones epopéyi-cas: el que subyace con la inmigración en las puertas del cielo de la Europa próspera, antes tierra de acogida, ahora suspicaz para con el extranjero, especialmente si profesa la otra gran religión monoteísta que ha pugnado con la propia por ocupar el ranking de las explicaciones míticas del mundo (¡Qué diría Albert Camus!, faro de la inteligencia Europea).

La explicación del mundo y du devenir (desde un punto de vista Hegeliano) que antes patrocinaba la lucha de clases ahora lo patrocina ahora el fenómeno de la inmigración extranjera; ese oscuro motor de la historia ya no se institucionaliza en forma de conflicto laboral, sindical u obrero, el capitalismo ha embridado estas reclamaciones, las ha domeñado y las sitúa en el ideario de un mundo mejor, al estilo de Utopía de Tomás Moro; el motor de la actual historia post-contemporá-nea es la lucha de que avecina entre los extranjeros, outsiders por definición, y los integrados en la Europa del confort consumista abanderada por la obsolescencia programada11.

2. Exclusión social y desempleo

En esta democracia de trabajo, por seguir con la...

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