El Español en la red: análisis de un despropósito

Autor:Fernando Vilches - Ramón Sarmiento
Cargo del Autor:Universidad Rey Juan Carlos
Páginas:117-149
RESUMEN

Introducción: la invisibilidad del español en internet - La sombra del inglés es alargada: los anglicismos - Los culpables del despropósito - Los blogs y otros aparecidos - Un nuevo lenguaje acaece - El despropósito - Bibliografía

 
ÍNDICE
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Introducción: la invisibilidad del español en internet

Para muchos, las nuevas tecnologías ligadas a la Red y al teléfono móvil están acelerando los cambios en el lenguaje y, como consecuencia, destrozando nuestra lengua. Se estima que más de mil palabras nuevas por año tienen relación con el ordenador (el PC), con el chip o con la telefonía móvil. Estos lingüistas preocupados advierten de que la invasión actual es mayor y más infecciosa que nunca, por su rápida expansión a través de la Red. Al nuevo lenguaje que trae el mundo anglo-sajón de la mano de las nuevas tecnologías (TIC) y de la nueva economía, se une el fomento de la telefonía móvil, especialmente los envíos de SMS, que facturan al año cantidades desorbitadas. En esta nueva forma de comunicación, abundan más los signos que las letras, más las consonantes que las vocales ("kda kmg sta nch, xq ms pdrs no stan, salu2 = queda conmigo esta noche, porque mis padres no están, saludos").

Este fenómeno, se nos dice, no sin alarma, está afectando a todas las lenguas más habladas del planeta y, en especial, al español, que no tiene ninguna protección por parte de las autoridades, como ocurre en la vecina Francia. Y, sin embargo, en relación a nuestra lengua, que es una de las cuatro más

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habladas en el mundo, hemos de señalar que su presencia en la Red no se corresponde con esa posición de privilegio, con la enorme comunidad de hispanoparlantes existente, la mayoría de lengua materna.

Se calcula que existen unos 500 millones de internautas. De ellos, 22 millones utilizan el español (4,5%) frente a 220 millones (45%) que usan el inglés. Se estima que se pueden encontrar unas 2.200 millones de páginas web: 1.400 millones están en inglés y 120 millones en español, tan solo un 5%. Además, si dividimos el número de usuarios entre el número de páginas existentes en un idioma determinado, el español en la Red alcanza una ratio ínfima, el 0,58, que sigue estando lejos del inglés, 1,47, lo que parece lógico, pero también de otros idiomas como el francés (1,25) o el alemán (1,23), con un número bastante inferior de hablantes en el mundo del siglo XXI.

Estos datos se van incrementando día a día, y la Red se ha convertido en uno de los canales más importantes en el proceso de comunicación humano, hasta tal punto de que no es raro ver a personas que han sustituido los métodos tradicionales de relacionarse por aquellos que ofrecen Internet y sus derivados.

El mundo de la informática está ya al alcance de la mayoría, no como hace unos años, que tener un ordenador de sobremesa era un lujo. La Red ha ido creciendo exponencialmente con motivo de su universalización y ha afectado muy sensiblemente a la información y al conocimiento. Organizaciones como la FUNDACIÓN VODAFONE ESPAÑA luchan por evitar lo que hoy se podría llamar la brecha digital o tecnológica, referida principalmente al acceso a las Tecnologías de la Información y de la Comunicación.

Naturalmente, como en todo proceso de comunicación, es necesaria la existencia de un código. Aparte del medio imprescindible para lograr esta comunicación, el ordenador, que utiliza un código binario, la lengua se perfila como la herramienta más utilizada por los interlocutores del proceso y, en este punto, la presencia del español en la Red no se corresponde con su importancia en el mundo, es decir, con la gran cantidad

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de personas que hoy lo utiliza (como lengua materna o como segunda lengua) para efectuar todo tipo de intercambios.

La escasa presencia del español en Internet se puede comprobar con facilidad. Si entramos en la página oficial de la OTAN, se observa que sólo puede leerse en inglés o en francés; si es la oficial de la OPEP, podemos ver que el único idioma es el inglés cuando no es lengua oficial de ninguno de sus países miembros, entre los que se encuentran, sin embargo, dos de habla hispana como Ecuador y Venezuela.

Cualquier modesto usuario de la Red de redes puede fácilmente comprobar, también, que es muy difícil registrarse en cualquier servidor de correo con un nombre que contenga la letra "ñ", integrante del nombre de nuestro país, ya que no está reconocida internacionalmente para su uso en la Red. Sin embargo, en cualquier teclado barato, encima del 4 y del 6 encontramos símbolos ingleses tan internacionales y asimilados como son "$ y &". El del euro es de muy reciente factura. De todo ello colegimos el extraordinario poderío del inglés y el enorme camino que le queda por recorrer a la lengua española.

La situación para que cambie esta tendencia actual no tiene visos de mejorar; se dice que, hasta que se llegue a los 100 millones de hablantes en los Estados Unidos de Norteamérica, el español será una lengua de segundo orden en la Red, por detrás del mencionado inglés, del chino, del indi, del francés y del alemán.

La sombra del inglés es alargada: los anglicismos

En la Red, por tanto, las pautas que hay que seguir las marca la lengua inglesa, y buena prueba de ello es el elevado número de anglicismos (que no "anglicanismos", como nos escriben a veces algunos alumnos en los exámenes) que se ve obligado a asimilar cualquier internauta español. Hace tiempo que "escaneamos" documentos (o nos lo escanea quien tiene un "escáner") para luego enviarlos por "e-mail"; sin ser aficio-

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nados al vino, muchos españoles adolescentes "chatean" con los amigos; vemos como algo natural leer "blogs" de algunos actores como José Pedro Carrión, el mejor intérprete español de Shakespeare, o de amigos que los han creado; cuando no hemos podido comprar la prensa o ver un informativo audiovisual, nos informamos de las últimas noticias en diarios "online"; no tenemos reparos en instalar un nuevo "software" para sacar el mayor rendimiento a nuestro "hardware"; como tampoco extraña ya grabar un "DVD", usar conexiones "wi-fi" o comprar un teléfono móvil con tecnología "bluetooth" por "ebay"; sin pudor alguno, se nos pide un "transfer" de algún archivo que necesita un amigo, porque lo de ‘traspaso’ suena a una transacción comercial. Además, para desesperación de algunos, cuando no conseguimos que una "web" se cargue, nos aparece un mensaje en la lingua franca, o sea, en inglés, que nos dice: "error 404, server not found".

Para todo ello, sin duda alguna y siguiendo por este camino sembrado de anglicismos, necesitamos un "training" (anglicismo innecesario que puede sustituirse por términos españoles más adecuados como ‘adiestramiento, instrucción, preparación o entrenamiento’) para conseguir la destreza necesaria que nos guíe por estos intrincados senderos.

El problema, a nuestro juicio, no es la presencia de muchos de estos términos, necesarios sin duda, en el idioma español para entenderse con otros internautas. Es de sentido común que si vamos a una tienda de informática y pedimos un "aparato que convierte las señales digitales en analógicas, y viceversa, necesario para la transmisión y recepción de datos a través de la red telefónica", el vendedor, todo un especialista, necesite unos segundos para reconocer que le estoy solicitando un "módem", por lo que este acrónimo inglés, adaptado al español, es una solución mucho más útil a todas luces.

Hay que partir de la base de que la lengua es un organismo vivo, evoluciona y se adapta al medio para sobrevivir (las que no lo hicieron las denominamos, con precisión, ‘lenguas muertas’). Si cambia el contexto, cambia la lengua. Así, podríamos

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entender el lenguaje como un ecosistema: si introducimos dentro de él un nuevo elemento, el resto se ve afectado de una u otra forma: unos desaparecerán, otros se transformarán y aparecerán, inevitablemente, elemento nuevos (los temidos, por algunos, neologismos).

Uno de los problemas que acompaña a esta evolución es la precipitación, la rapidez con la que van exigiendo su entrada en nuestra lengua. El otro, probablemente, es que todos los cambios nos vienen impuestos. Ya decía el recordado académico Zamora Vicente que "quien no inventa, no bautiza". Tal vez, la Revolución pendiente de España siga este camino: la falta de recursos dedicados a la investigación que no favorece el bautizo en español y, a veces, más que introducir un término extranjero en nuestra lengua y adaptarlo al genio de nuestro idioma, se produce una adopción precipitada (banner, link, search...) que escandaliza a los defensores de un español menos contaminado (incluso podemos apreciar, en un nivel mucho más modesto, que el vocablo "link" ya no lleva en el texto del ordenador la rayita roja debajo que nos previene contra una palabra ajena al español).

No todos los neologismos desvirtúan, como ya hemos indicado, nuestro idioma. Muchas veces se tiende a confundir barbarismos con neologismos, cuya diferencia principal es que los primeros se instalan porque los individuos que los utilizan no conocen bien su propia lengua o les gusta sentirse ‘diferentes’ (el tan traído y llevado esnobismo) y castellanizan vocablos de otras latitudes. Ignoran que existen términos en español que sirven para designar el concepto.

Por eso, lo que recomendamos los lingüistas (no puristas) es no abusar de los préstamos y convertir la hermosa lengua de Cervantes en un esperpento nada recomendable. Por ejemplo, es aceptable tener que hacer doble clic sobre el botón de iniciar sesión para acceder al correo electrónico, pero resulta ridículo clickar o pinchar con el mouse para hacer log in en nuestro e-mail y que nos aparezca en la pantalla, no sin un sobresalto, "Se está inicializando la sesión". Casi preferiríamos que la sesión

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se estuviera "aperturando", que es lo que nos dijo el empleado de nuestro banco cuando fuimos a abrir una cuenta.

Como decía el sabio Aristóteles (qué...

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