Rafael Del Águila: el pensamiento de la escisión

Autor:Ramón Máiz
Páginas:29-34
 
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“Crieme eco e abismo, pensando”

Fernando PESSOA

“I don’t believe in a world in which man’s mind could or should ever be comfortably at home”

Hannah ARENDT

Aún recuerdo sus palabras paseando por Compostela: “El problema es qué hacer en un mundo definido por el riesgo y la pérdida”…Y me gustaría evocar aquí brevemente, con ustedes, cómo arreciaba en la palabra de Rafael DEL ÁGUILA aquel viento del espíritu, aquel “viento del pensamiento” del que hablaba Hannah ARENDT. Podemos leer su obra como un vendaval, por momentos huracanado, que nos empujaba a desinstalarnos de tierra firme a la que asirnos (aquella Das feste Land que añoraba HERDER, ante una modernidad en la que todo lo sólido se desvanecía en el aire): ni la intolerancia implacable de los metarrelatos ideológicos, desde luego, ni mucho menos la seguridad beata de lo impecable. Caracterizaba George STEINER en Presencias reales el trabajo intelectual como “ciudad secundaria”, la laboriosa construcción de una autoría diferenciada, de un pensamiento propio. Pero hoy solo me resultara posible apuntar, sin cicatrizar la herida de su pérdida, sendas y fragmentos dispersos de la coherencia, no diré ya de una vida, sino de una obra o mejor aún de aquella urdimbre abigarrada de obsesiones que persiguieron a Rafael desde el inicio de su refiexión.

Desde Ideología y fascismo (1979) hasta Crítica de las Ideologías (2008) todo su quehacer no fue sino un ininterrumpido cuestionarse sobre la estofa misma de la política, movido no por fidelidad a escuela o tradición alguna, sino orientada por problemas, aguijoneada por cuestiones apremiantes del contexto defectivo de nuestras democracias. De ahí su pasión por el debate (filo-logoi que no philo-sophos, nos recordaba) y en ocasiones su ira, su arrebato socrático – “muerdo a mis amigos con el fin de sanarlos” decía Dióge-

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nes LAERCIO– su Mainómenos: la airada indignación del logos ante la terca resistencia del mundo. De ahí también el central “momento maquiavélico” de su pensamiento: toda elección política implica un juicio político en precario y contestable por principio. Por eso, en fin, la compañía perenne de Berlín en su andadura: no es posible compatibilizar sin antagonismo los valores, los varios bienes en presencia, no hay convergencia o cierre último disponible en una sociedad reconciliada… El pensamiento de Rafael fue, entre nosotros, el pensamiento de la escisión, del acaso, de la imposible armonía bienpensante entre lo bueno, lo bello y lo verdadero, de la inesquivable dimensión trágica de la política. Y ese viento del pensamiento que nos despertaba en la noche, nos agitaba con nuevas dudas, interrogantes, perplejidades, y al mismo tiempo nos incitaba a la acción.

Debo iniciar esta breve evocación resaltando, ante todo, su personal modo de entender la teoría política como disciplina. Comenzaré poniendo de manifiesto, en primer lugar, aquella inquebrantable voluntad de rigor que hacía que sus desarrollos prescriptivos, analíticos o evaluativos fueran construidos siempre como conjunto de proposiciones en procura de consistencia interna, no como meras opiniones, ni asunciones normativas ad hoc. Había en ello algo más que exigencia académica: con ello se nos facilitaba siempre la discusión ético-política, desde las urgencias del presente, en torno a sus pretensiones de validez. Recuerdo, por ejemplo, la desazón que le producía que su obra se incluyera en la categoría de “ensayo”, remitiendo el entrecomillado a esa versión liviana y superficial, tan agradecida por editoriales y lectores de aeropuerto, que ha dado en proliferar en los últimos tiempos. Lo suyo era, desde luego, otra cosa: un programa sistemático de investigación en teoría política de muchas horas, lecturas y desvelos.

Permítanme subrayar, también, aquella otra voluntad de relevancia, esto es, de atender cuestiones y...

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