¿Qué queda por hacer en el notariado con las nuevas tecnologías?

Autor:Carlos Marín Calero
Páginas:245-264
 
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Las llamadas “nuevas”, como todas las tecnologías, que han acompañado al hombre desde su origen y que se dice que en realidad son las que le han permitido convertirse en tal, son sólo –y nada menos que– conocimientos, métodos, medios, instrumentos o herramientas mediante los cuales hacer o intentar hacer lo que uno quiere o necesita. Esto es, que, si de poco serviría hacerse la ilusión de conseguir cosas que estuvieran fuera de nuestro alcance, porque careciéramos de medios para realizarlas (y también de eso sabe bastante el hombre), aún tendría menos sentido dedicar nuestros esfuerzos a conseguir aquello que, por más que pudiéramos lograrlo, no fuera algo que deseemos o necesitemos.

De manera que lo verdaderamente importante es que las personas o los grupos sociales fijen sus objetivos, confiando en que serán los más adecuados a sus intereses (aunque con una confianza vigilante, de modo que estén también permanente atentos a revisar esos intereses y a comprobar si los resultados obtenidos se acercan o no a los objetivos marcados); para después, pero sólo después buscar y procurarse la tecnología que les ayude a realizar, de la mejor manera posible, todas esas actividades previamente elegidas.

Y, sin embargo, no es siempre ésa la forma que tenemos de actuar. Y pare-ce que aún incidimos más en ello si los instrumentos en juego pertenecen a esa sugestiva categoría de medios que son las nuevas tecnologías, esto es, las que disponen de medios y métodos electrónicos, informáticos o informatizados.

Quizá admirados por la “magia del hombre blanco”, por los rutilantes efectos de que a veces se rodean, y por el modo tan poco intuitivo y por tanto misterioso con que operan, sentimos hacia ellas tanta admiración como desapego; y pensamos que no merece la pena intentar comprenderlas, y aceptamos a veces que sean los técnicos especializados en esa sorprendente tecnología los que nos digan qué cosas debemos buscar, para qué las necesitamos y a veces incluso cuánto las necesitamos. Así ocurre sin duda con la tecnología informática que tiene que ver con el ocio, o con la moda, en donde los fabricantes se ocupan, no sólo de enviar sus productos al mercado, sino de crear la propia demanda de ellos, modelando los gustos de la gente.

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Pero no carece de importancia el ámbito en el que tal cosa ocurra. Que nos dejemos llevar sin resistencia y sin espíritu crítico en el terreno de la moda, del ocio o del espectáculo tiene una importancia relativa, pero desde luego mucho menor que el seguimiento de esa misma táctica cuando se trata de las tecnologías que inciden directamente en nuestro trabajo profesional.

Puesto que aquí vamos a hablar del Notariado y del trabajo y la función social de los notarios, es importante empezar por decir que nada disculparía la dejación en el deber de que seamos nosotros quienes indaguemos y concretemos todas o por lo menos algunas de nuestras carencias, algunas aspiraciones aún no completamente logradas, en fin, nuestras necesidades, antes de empezar a preguntarnos o a preguntar a los técnicos especialistas qué es lo que las nuevas tecnologías, esto es la informática y los medios de comunicación telemática, pueden hacer por nosotros. Una vez hecho lo que debe ir en primer lugar, será el momento de, también bajo nuestro criterio, intentar averiguar qué tecnologías, nuevas o viejas, son capaces de ofrecernos soluciones adecuadas a esas necesidades previamente establecidas, y en su caso también previamente jerarquizadas.

Y al revés, vista la cuestión desde el punto de vista de los técnicos, para poder ellos diseñar y construir la herramienta adecuada al caso que se les plan-tee, no les son necesarias mayores consideraciones sobre la necesidad o la oportunidad del proyecto a cuyo servicio se han de poner, bastando que puedan entenderlo bien, incluso en los detalles.

Algo que es aún mucho más cierto si, como creo que el Notariado debería hacer, optamos por utilizar las tecnologías informáticas que en cada momento ya existan y haya producido el mercado, sin pretender generarlas ad hoc, sino valiéndose de ellas al ritmo, por lo demás habitualmente frenético, al que buenamente vayan apareciendo. Como mucho, bastará con incentivar su creación, postulándonos como eventuales clientes, máxime siendo como somos un colectivo bien conocido e infiuyente (y habitualmente solvente).

Una vez que los objetivos hayan sido bien identificados, suele ser lo más beneficioso para el usuario, o sea, para el destinatario de esas tecnologías, dejar que sean los especialistas los que desarrollen por su cuenta y a su criterio –como también a su costa y a su riesgo– los aspectos técnicos que ello involucra, y los que encuentren las mejores soluciones, en régimen de franca y abierta competencia interna entre ellos, sin que sea necesario ni tampoco bueno que ese usuario final gestione –y pague– la fase de desarrollo. Y no sólo por la economía citada en los costes –que no es ni mucho menos un problema menor, pero que en todo caso es una cuestión al fin y al cabo marginal en el planteamiento que estoy haciendo ahora–, sino porque de otro modo el especialista, en el peor de los casos, se conformará con seguir las indicaciones de su cliente, con lo que el resultado final no será mejor que los propios conocimientos del usuario, que por definición no es un experto en la materia; y en el mejor de los casos ese especialista, incluso tomando la dirección técnica del proceso, e incluso a riesgo de contradecir e indisponerse con el cliente, sabrá que sólo necesita con-

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vencer a un neófito, que no está en verdaderas condiciones de valorar la calidad de su trabajo.

Lo cierto es que, como no podía ser de otra manera, toda esa inmensa creatividad e ingenio que despliegan tan brillantemente las nuevas tecnologías es resultado, no del encargo y el impulso de usuarios individuales, sino del intenso acicate que genera la abierta y dura competencia entre profesionales, que saben que necesitan ganarse un mercado incierto, pero que al mismo tiempo es un mercado global, pues por muy específico que sea el sector social al que se aplique, desde el punto de vista de la tecnología, sus problemas serán sin duda, en su mayor parte, comunes a otros grupos sociales, repartidos por todo el mundo.

Una cuestión ésta que, por lo demás, no sólo interesa en el momento de poner en marcha el proceso e inventar la tecnología necesaria, sino también después, permanentemente, para mantenerla operativa y para, en su caso, dar por llegado el momento de sustituirla, por obsoleta.

Desde un punto de vista de eficiencia económica, pero más importante aún desde un punto de vista de progreso intelectual, esto es, de poder disponer de la mejor respuesta posible a nuestras necesidades, no me parece sensato pues convertirnos voluntariamente los notarios en el mercado cautivo de una determinada y por tanto única empresa mercantil (no importa que sea de nuestra propiedad, pues, ni siquiera desde la estrecha óptica de la economía, es bueno depender en este asunto de una empresa propia, por cuanto, por definición, actuaría como digo sin el beneficioso impulso de la competencia).

Una vez adoptadas esas precauciones, si hacemos las cosas bien, en lo que sí podremos confiar razonablemente los notarios es en que esas herramientas “nuevas’, más que cualesquiera otras y como todas las buenas tecnologías (y parece claro que las nuevas merecen efectivamente ese calificativo), cumplirán bien con su cometido y conseguirán satisfacernos. Las nuevas tecnologías son ciertamente precisas, eficaces, fructíferas y de horizontes o posibilidades casi tan ilimitadas como la imaginación humana. Al menos, que la imaginación humana actual, pues es muy probable también que uno de los resultados prácticos que se deriven en el futuro del uso creciente de las nuevas tecnologías sea precisamente el que el hombre se atreva a tener pensamientos o deseos aún más ambiciosos que los que hasta ahora se le han ocurrido.

Aunque, como es lógico, tal cosa no pueda ser rigurosamente así siempre y llegará un momento en el que encontraremos los límites de nuestros sueños, es mucho más así de lo que pueda parecer, muchísimo más verdad de lo que la mayoría de nosotros pueda creer, y además, en cualquier caso, incluso contando con la existencia de excepciones, seguiría siendo el mejor planteamiento de partida. Y más aún cada día que pase, pues la informática y la telemática son ciencias jóvenes y aún en franco progreso. Y máxime teniendo en cuenta que cualquier proyecto, y sobre todo los que más puedan merecer la pena, necesitarán de un largo periodo de análisis, definición, desarrollo e implementación; un periodo durante el cual la tecnología elegida de partida sin duda

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irá perdiendo eficacia, si no es que quedará rigurosamente obsoleta, y otra la habrá sustituido con ventaja.

De modo que, para estar verdaderamente abiertos en todo momento a las mejores soluciones posibles, para no quedar encadenados como tantas veces ocurre a una tecnología que se nos va quedando antigua y poco operativa casi sin darnos cuenta de ello, en nuestro análisis de necesidades y en nuestros planteamientos estratégicos, repito que como usuarios, que es lo que somos, es posible y preferible desentendernos de cualquier tecnología concreta, incluso de aquella que por el momento resulte claro que es la más adecuada. No sé si sonará paradójico, pero lo que digo es que una buena manera, para mí la mejor, de utilizar las nuevas tecnologías es manteniéndose independiente de todas ellas. Y exigir además a los técnicos que desarrollen nuestros proyectos o que nos ofrezcan programas ya terminados que, en lo posible, trabajen con arquitecturas abiertas (sin códigos secretos y cerrados) y plenamente estandarizadas. Como es importante también que sepamos mantenernos relativamente desvinculados de cualquier proveedor tecnológico particular, de modo que, sin poner en riesgo la eficacia del ahora, estemos siempre en...

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