¿Por qué fue Cádiz donde nace la constitución? El proceso constituyente

Autor:Juan Andrés García Martín
Páginas:445-456
 
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1. El contexto histórico-político

La historia contemporánea de España se inicia con la caída de un monarca y un conflicto bélico derivado de la invasión francesa. Sin embargo, esta guerra no va a ser únicamente un enfrentamiento entre invasores e invadidos, sino también una pugna ideológica entre los propios españoles –afrancesados contra patriotas leales, liberales contra absolutistas, ilustrados progresistas contra conservadores tradicionalistas–, cuya tragedia plasmaría a la perfección el pintor zaragozano Francisco de Goya en su lienzo “Lucha a garrotazos”.

El comienzo de este proceso se remonta a la caída del rey Carlos IV y a la debilidad política que la figura de dicho monarca provocaba tanto a nivel nacional como internacional. La debilidad de este monarca y la incompetencia de gobierno en su ministro Godoy incrementaron el apetito napoleónico no ya de contar con un aliado sumiso, sino de suplantar a la decadente monarquía. A su vez, el ejercicio de Godoy permitió la entrada francesa en la Península merced al tratado de Fontainebleau del 27 de Octubre de 1807: España se comprometía a permitir el paso a la hueste francesa hacia Portugal a fin de hacer efectivo el bloqueo continental del tradicional aliado peninsular del inglés.

Los acontecimientos a continuación se precipitan, evidenciando las verdaderas intenciones de Napoleón. En Marzo de 1808 la tropa francesa al mando de Joaquín Murat, lugarteniente del Emperador en la Península, cruza la frontera hispano-francesa por Fuenterrabía, llegando a Madrid a finales de mes. A fin de alejar a la Familia Real de los invasores, Godoy la condujo desde la corte oficial de Aranjuez hacia Sevilla. Todo ello desembocó en los siguientes hechos. Primero, en la revuelta conocida como el Motín de Aranjuez (17-18 de Marzo)1. por el que Godoy fue destituido y Carlos IV

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abdicó en su conspirador hijo Fernando VII, a la sazón Príncipe de Asturias. Segundo, en las conversaciones de Bayona, farsa orquestada por el Emperador, que se atrajo a la ciudad francesa a Carlos IV y a Fernando VII, cuya situación (imprevista llegada al trono y presencia de las tropas francesas en la Península) le hace acudir a Bayona instado por sus consejeros. En Bayona, el Emperador les hace renunciar a sus derechos regios para cedérselos a José Bonaparte –futuro José I–, hermano del emperador. Y finalmente con las tropas imperiales ya en Madrid y la familia real secuestrada en Francia, en el levantamiento popular que desde Madrid se extiende como reguero de pólvora por todo el territorio nacional en contra del francés.

En consecuencia, la invasión francesa, el episodio de Aranjuez y los sucesos de Bayona, desencadenaron una verdadera revolución nacional que cambiaría el sentido de sus orígenes: lo que se inicia como levantamiento patriótico en defensa del rey español legitimo deriva en “revolución burguesa” al canalizar esta clase las aspiraciones reformistas de los otros protagonistas del conflicto: la nobleza descontenta y el pueblo indignado. Esta alternativa al proyecto colonizador francés empieza a cobrar forma en las Juntas Provinciales y encuentra su plasmación en la obra de las Cortes de Cádiz, cuyo evento más significativo es la Constitución de 18122.

Declarada la guerra contra el invasor, éste avanza por territorio peninsular hasta ser frenado en Bailén en Julio de 1808 por las tropas españolas, ayudadas por el sofocante calor del verano jiennense. Ello supone el repliegue hacia el Ebro de las líneas francesas y la demostración paralela de que los españoles tienen serias dificultades para organizarse y administrar sus victorias. La derrota de Bailén, por otra parte, provoca la llegada a la Península del Emperador, quien, disconforme con las actuaciones de sus mariscales, se hace cargo personalmente de las operaciones militares.

Se trata de una contienda desigual: de un lado el ejército español, desorganizado y bisoño. De otro el francés un ejército profesionalizado y veterano, acostumbrado a los movimientos rápidos y disciplinado sobre el terreno, que arrolla rápidamente la resistencia española y a los ejércitos británicos desembarcados en la península, comandados por el general John Moore. Después de la entrada del emperador en la capital, tras las batallas de Espinosa de los Monteros y Somosierra (30 de noviembre de 1808) y las derrotas de Uclés (13 de enero de 1809), el segundo de los Sitios de Zaragoza (del 21 de diciembre de 1808 hasta el 21 de febrero de 1809) y Ocaña (noviembre de 1809), la Junta Central —al cargo del gobierno de la España no ocupada— abandona la Meseta para refugiarse, primero en Sevilla, y luego en Cádiz, ciudad que resiste a un largo asedio. Desde ahí, la Junta Central asiste indefensa a la capitulación de Andalucía.

Así las cosas, tras las victorias de Medellín y Ocaña los franceses ocupan el centro de la Península Ibérica, con lo que pueden avanzar hacia el Sur, camino expedito. Esta operación se lleva a cabo durante los meses de Enero y Fe-

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brero de 1810. Y se completa hasta mediados de año. Excepto en Cádiz, que resiste y resistirá el resto de la guerra3. Esta será la última vez que el Emperador visite España, ya que la declaración de guerra del Imperio austríaco en Enero de 1809 le obliga a abandonar la Península y dejar a sus mariscales la tarea de finiquitar la guerra en el Norte y Oeste, en las campañas de Galicia y Portugal, donde los ejércitos angloportugueses constituyeron un constante quebradero de cabeza para los franceses.

De este modo, el empuje francés ha llevado a las autoridades políticas españolas –secuestrada la Familia Real– primero a Sevilla, y más tarde a Cádiz. Y será en esta ciudad del litoral atlántico, donde tendrá lugar el proceso revolucionario anejo a la Guerra de la Independencia, pero de alcance y ambiciones que van mucho más allá de la misma y que será la causa profunda de los conflictos y crisis de España a lo largo del siglo XIX. La guerra de la Independencia actuó como detonante de una revolución política e ideológica que determinara el siglo XIX. El proceso que comenzó a principios de 1811 y se culminó el 19 de Marzo de 1812 con la promulgación de la Constitución que derribaba el Antiguo Régimen y creaba una obra política que serviría de inspiración y punto de partida para el liberalismo del s. XIX español.

2. Una asamblea constituyente forzada por la situación

En primer lugar, ¿Qué instituciones intentaban poner fin al vacío de poder existente a la sazón en el país? Con la huída de Madrid de José I, quedaron las Juntas Provinciales y la Junta Central, con cierto carácter representativo y colectivo, y frente a ellas, el Consejo de Castilla, que alegaba ser el depositario de la única autoridad pero que quedaba desautorizado por su sumisión a Murat. Según Palacio Atard, las Provinciales quedaron integradas por prohombres no muy alejados sociológicamente de lo que eran las antiguas autoridades civiles o eclesiásticas (nobleza provinciana, religiosos influyentes, magistrados...). Querían convocar cortes, pero no sabían bien cómo. Para solucionar sus diferencias, el 25 de Septiembre de 1808 crearon la Junta Central Suprema, que también intentaba gobernar en nombre del rey ausente y coordinar el esfuerzo bélico contra Napoleón. Presidida por el anciano Floridablanca, con sede en Aranjuez y con 35 representantes de las Juntas Provinciales. Esta junta también estaba dividida entre los partidarios de hacer reformas y los que no querían ni oír hablar de la convocatoria de Cortes.

La presión militar gala obligó a trasladar la sede de Aranjuez a Sevilla y posteriormente a la Isla de León, en Cádiz, el 23 de Enero de 1809. Dada su falta de operatividad, fue reemplazada por el Consejo de Regencia en Enero de 1809, que estableció la convocatoria de cortes para el 24 de Septiembre de 1810. El proceso electoral estuvo cargado de dificultades y retrasos. Se ca-

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recía de rodaje y experiencias democráticas. Previamente, había que elegir a los diputados para la Cámara única de la Asamblea Nacional mediante un complejo proceso indirecto y masculino: las juntas electorales de parroquia designan “electores parroquiales”; los electores parroquiales forman juntas electorales de partido y designan “electores de partido”; los electores de partido configuran las juntas electorales de provincia que, reunidas en la capital, eligen “de uno a uno” a los diputados de Cortes (uno por cada 50.000 habitantes).

Al estar el país ocupado y en guerra, solo la mitad del centenar de diputados que debían conformar la Asamblea pudo ser elegido conforme a legalidad. Para el resto hubo de recurrirse a la designación de suplentes entre los oriundos de cada ciudad o región que vivían refugiados en...

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