Prólogo

Autor:Fernando Oliván López
Cargo del Autor:Profesor Titular de Derecho Constitucional. Universidad Rey Juan Carlos de Madrid
 
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PRÓLOGO

Se ha cifrado en unos 60 millones de personas la emigración total que llegó a las américas procedente de Europa entre 1800 y 1950, años de corrientes migratorias prácticamente unidireccionales, poblando países nuevos con gentes que abandonaban la desesperanza de “lo viejo”. En ese magno movimiento migratorio concurren las características esenciales de la emigración: desplazamiento permanente y distancia significativa. Esos supuestos se suelen hacer coincidir con una motivación económica de la decisión de desplazarse que parece mover al emigrante de un lado a otro. Muchas veces esa motivación económica es sólo mero envoltorio de un cuadro de inadaptaciones, de faltas de acoplamiento, de desazón por la libertad soñada, que a veces cifra ese sueño en la ansiada prosperidad personal. Todo ello conforma un modelo migratorio que aunque presenta una cierta dosis de voluntariedad, de decisión individual en el desplazado, en realidad encubre el triunfo de la injusticia, la constatación de aquel principio que, según Tucidides (V.84) habían consagrado los atenienses, con ocasión de su disputa con los melinos. Los atenienses -se nos dice- pensaban que el derecho sólo es válido entre iguales; entre desiguales domina la razón del más fuerte. Ni qué decir que los ciudadanos de Milos sucumbieron y fueron aniquilados.

Y si tal cosa sucede palmariamente en los fenómenos migratorios de impulso económico, qué decir de aquellos supuestos terribles de migraciones crueles, forzadas, pavorosas, de las que la historia nos muestra un asombroso repertorio de iniquidades, generalmente vinculadas al resultado de las guerras, que si no acaban en el exterminio de los vencidos, es porque se terminan con su destierro o deportación. Cercano está el ejemplo de la postguerra de 1945. Sólo en los 12 años posteriores a 1945 unos 45 millones de personas se convirtieron en refugiados, desplazados forzosos, huidos de guerras y tiranías, ... y hasta obligados a retornos no queridos. Ciertamente es sobrecogedor el número y es abrumadora la causalidad de esas transferencias internacionales de emigrantes políticos. No vaya a ser que el resultado del convulso Siglo XX no sea, para los historiadores del futuro, otra cosa que una mera sustitución o relevo de unos sistemas de poder estáticos e inflexibles por otros de la misma especie, como agudamente han escrito Janik y Toulmin en “La Viena de Wittgeinstein

En todo caso es imposible el parangón entre unas y otras clases de movimientos migratorios que, sin embargo, nos brindan un cuadro básico y desde luego común: la perspectiva humana de dolor por la ausencia, de abandono de las raíces; la soledad silenciosa y oscura que acompaña pesada e insistentemente a quien emigra que, en todo caso si llega a alimentarse será con el “amargo pan ajeno”. Así que al emigrante, si llega a iluminarle la mínima luz de una pequeña esperanza, no le abandonará la ácida y permanente sombra de un fracaso posible, siempre temido, telón de fondo de la aventura emprendida bajo la angustia, desde el hambre o la tragedia familiar o colectiva. Y es que “el poso triste de los viajes y los peligros” del que hablaba Marañón al describir la pesadumbre del exilio de Tiberio, marca al desplazado, alejado de la patria, abrumado por esa nostalgia tan sutil como hiriente que debe ser superada cada amanecer, para buscar trabajo; para conservarlo; para soportar la vejación; para adivinar el desprecio antes de intentar sortearlo; para digerir la reticencia, la mirada de soslayo, en el mejor de los casos; para superar el “ansia desgarrada” ... y “el hoy de hieles, el mañana incierto” ... de los que habló Quiroga Pla, uno de los grandes poetas del exilio español.

Esas descripciones nacen en un momento histórico en el que las distancias todavía lo eran; pero convienen igualmente a un tiempo, el nuestro, en el que entre los avances técnicos y la globalización -tiempo de simultaneidad- apenas se han suprimido ni paliado las causas y los efectos de tanta injusticia, tanta desigualdad, tanta tragedia, tanta amargura como...

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