La prognosis biológica de la peligrosidad

Autor:Miquel Julià Pijoan
Páginas:111-282
 
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Miquel Julià Pijoan
La prognosis biológica de la peligrosidad
CAPÍTULO 3
LA PROGNOSIS
BIOLÓGICA DE LA PELIGROSIDAD
Después de abordar las ilusorias premisas que sustentan la prognosis
neurocientífica de la peligrosidad, en este capítulo nos centraremos en el es-
tudio stricto sensu de ese pronóstico. En otras palabras, haremos una ficción:
aunque no se den los requisitos más esenciales para efectuar una predicción,
se examinará la misma. Así, nos adentraremos en todas las dimensiones que
circundan la neuropredicción: su naturaleza —epígrafe primero—, su conte-
nido —epígrafe segundo— y su epistemología —epígrafe tercero—. Además,
también nos ocuparemos de la idoneidad de buscar respuestas jurídicas en
la ciencia —epígrafe cuarto— y, finalmente, del impacto que tiene dicha pro-
posición en la función jurisdiccional.
1. LA PREDICCIÓN, UNA TAREA ARDUA
Empezamos este cometido dirigiendo nuestra mirada al concepto de
predicción: ¿en qué consiste pronosticar? ¿Debe ser la única política cri-
minal a desarrollar? ¿Es la solución material a las conductas desviadas?
Asimismo, reflexionaremos acerca de si la ciencia mejora los pronósticos
y a través de qué técnicas se pueden alcanzar los mismos: ¿las mismas son
objetivas? ¿Presentan alguna falibilidad técnica? En suma, ¿qué significa
predecir? Proporcionar respuestas a estas interrogaciones es fundamental
para entender el funcionamiento de unas técnicas que ocasionan un impac-
to tan notorio en la sociedad y que, en la actualidad, están en pleno auge
en los países anglosajones. Al final de este capítulo, estaremos en condicio-
nes de responder si esta tecnología supone una mejora de la jurisdicción.
Únicamente se debería contemplar su incorporación si la respuesta a este
particular es afirmativa.
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MIQUEL JULIÀ PIJOAN PROCESO PENAL Y (NEURO)CIENCIA
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En el momento que se contempla la predicción como política criminal
debemos asumir el determinismo, so pena de ser incongruentes. Un pro-
nóstico precisa de reglas generales, universales, permanentes, que rijan un
fenómeno. Al descifrar las mismas, se entenderá cómo opera el mismo y se
podrá vaticinar cuál será la conducta futura. Ese es el sustrato básico para
cualquier prognosis. Pues bien, como ya se habrá advertido, el segundo capí-
tulo estaba íntegramente destinado a deconstruir las premisas sobre las que
se vertebra el pronóstico científico de la peligrosidad. Hemos proporcionado
cuantas evidencias hemos encontrado, con el fin de patentizar que no existe
un cerebro, ni una arquitectura cerebral, ni un desarrollo cerebral, ni una
interpretación del mundo. En suma, no hay estatismo.
Por el contrario, los hallazgos neurocientíficos actuales van en sentido
diametralmente opuesto: hay maleabilidad, flexibilidad, dinamicidad orgá-
nica. Con base en ello, afirmábamos la existencia de la singularidad humana;
la normalidad es la diversidad, decíamos. Entonces, si no hay el sustrato ne-
cesario a partir del cual podamos identificar el conjunto normativo que nos
permita elaborar un pronóstico, ¿qué estamos prediciendo? O mejor dicho,
¿qué sentido tiene predecir?
Antes de empezar este análisis debemos hacer una precisión. Algunos es-
tudios recientes 1 siguen una lógica particular: el Derecho suministra al reo
la respuesta que merece y si este no demuestra que se ha (re)insertado, será
señalado como peligro público. Siguiendo este entendimiento —determinis-
ta—, la prevención se concibe como la protección social del personaje malé-
fico, trastornado; es decir, del que es malo por naturaleza. Así, la prevención
se reduce a la identificación e inocuización del reo, del que está programado
para delinquir; su prevención requiere predicción. Sin embargo, por mucho
que se utilice esa denominación, lo descrito no es prevención.
Este marco mental —predicción es prevención— viene acompañado de la
expresión de desorbitantes cantidades de dinero que son imputadas al gasto
público, a causa de la violencia y del delito. El comportamiento típico puede
alcanzar unos costes presupuestarios de hasta un trillón de dólares anuales
para la economía norteamericana 2. El lenguaje expresado en este tipo de
estudios —la delincuencia nos hace dilapidar pingües cantidades de dinero
público— tiene exclusivamente vocación legitimadora de la visión política
que reduce la prevención a la predicción. Esta voluntad es evidenciada por la
reproducción reiterada de estos estudios en multitud de artículos, lo que nos
revela que el objetivo principal de la política criminal es exclusivamente eco-
nómico. Parece que lo único que se pretende es frenar la sangría monetaria
que representa la delincuencia con la prognosis del delito. De esta manera,
si nos anticipamos al delito, evitamos un gasto público. El panorama no es
muy esperanzador.
1 N
ADELHOFFER
, Thomas; B
IBAS
, Stephanos; G
RAFTON
, Scott, et al., «Neuroprediction, Violence,
and the Law...», op. cit., pp. 67-99.
2 A
NDERSON
, David A., «The Cost of Crime», Foundations and Trends in Microeconomics, vol. 7,
núm. 3, 2012, pp. 209–265.
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A estos efectos, cumple significar que la prevención no puede eludir los
principios constitucionales, en particular, el mandato de dignidad humana
ex art. 10 CE; que es predicable a todos los ciudadanos. Ni los que vertebran
el Derecho penal, algunos de los cuales afirman la humanidad de las penas y
proscriben los tratos degradantes. Menos aún, cuando hay evidencias cientí-
ficas que corroboran la posibilidad de reinsertar el reo. Cosa distinta es que
la misma sea un objetivo político a alcanzar.
Por ello, la prevención implica, en primer lugar, la implementación de
una serie de políticas públicas que deben tener como único norte la pro-
moción de la dignidad. Insistimos, dignidad genera dignidad. Únicamente,
cuando las políticas públicas fracasen debe actuar el Derecho, pero no para
ensañarse —aún más— con el que delinque, sino para persuadirle. El delito
debe ser entendido como una llamada de socorro de una persona que pide
auxilio, no como un ataque consciente y volitivo contra la sociedad o una
consecuencia de la locura padecida.
De este modo, las consecuencias jurídicas del delito deben ir encami-
nadas a enseñarle alternativas, a mostrarle otro camino desconocido para
él. Recordemos que solo podemos reconocer aquello que hemos aprendi-
do: si no se integra nada nuevo, no debería sorprender que los patrones
de conducta se mantuvieran indemnes. El aislamiento y la soledad pueden
ser propicios para escribir un libro o una tesis doctoral, pero nunca, reite-
ramos, nunca, favorecerán per se cambios de conducta. Menos aún, cuan-
do estas personas experimentan todo tipo de carencias. La prevención es
proacción, no reacción. La delincuencia no remitirá por muchas prediccio-
nes que hagamos.
A) Buscando la objetividad en la predicción
El esbozo de esta última visión no es ni mucho menos compartida por los
gobiernos actuales. Las políticas criminales predominantes hoy en día son
las que persiguen la máxima que la predicción es prevención. Así, la intran-
sigencia respecto dicho objetivo ha promocionado el desarrollo de una serie
de técnicas e instrumentos dirigidos a tal fin. Más concretamente, todas ellas
tienen como estrella polar incrementar las tasas de fiabilidad de las progno-
sis de la conducta. Su misión es proporcionar herramientas que sean válidas,
objetivas, a los efectos de realizar pronósticos exactos 3. En su marco men-
tal, solo es posible tener una sociedad segura a través de la predicción de la
conducta violenta.
Este no es un propósito que quede constreñido en el ámbito legislativo,
sino que ha impregnado también la jurisdicción. Ante el pretendido objetivo
de alcanzar la plena fiabilidad, las evaluaciones clínicas no son suficientes.
A finales del siglo
XX
, en el caso People v. Murtishaw, la Supreme Court de
3 N
ADELHOFFER
, Thomas; B
IBAS
, Stephanos; G
RAFTON
, Scott, et al., «Neuroprediction, Violence,
and the Law...», op. cit., pp. 67-99.
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