Profesiones jurídicas, virtudes profesionales y técnicas retóricas

Autor:Tasia Aránguez Sánchez
Páginas:86-103
 
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TASIA ARÁNGUEZ SÁNCHEZ

Investigadora y docente postdoctoral del Departamento de Filosofía del Derecho de la Universidad de Granada.

RESUMEN: Los grandes abogados del mundo clásico nos invitan a un ejercicio de la abogacía consciente, vocacional, prudente, culto, empático y socialmente comprometido. Consideran que estas virtudes, no solo son buenas en sí mismas, sino que también nos permitirán ser profesionales de éxito. Para transmitir una imagen confiable lo más eficaz es que el orador sea realmente virtuoso (esas cosas son difíciles de fingir, en opinión de Cicerón). No hay oposición entre la ética y el éxito profesional (la idea de que hay que elegir entre el bien y la inteligencia es algo propio del pensamiento moderno). Las gloriosas carreras jurídicas que Cicerón y Quintiliano desarrollaron deberían alejar de nuestras mentes el prejuicio moderno que nos conduce a desdeñar lo ético como sentimentalismo inútil y el interés por la cultura como esfuerzo improductivo. Quintiliano reflexiona acerca de las habilidades y las disciplinas que se deben entrenar desde la infancia para brillar en la oratoria y la abogacía. Un recorrido por su propuesta pedagógica nos convencerá de la importancia de la formación humanista para el ejercicio de la abogacía.

Introducción

Hubo un tiempo en el que la abogacía era considerada la más elevada de las profesiones. En ella el dominio de la palabra ocupaba un lugar central. La tradición humanista considera que la palabra es lo que distingue a los seres humanos de los demás animales. Solo cuidando y cultivando la palabra alcanzamos la excelencia en aquello que más caracteriza a las personas. La formación humanista clásica tenía como finalidad el surgimiento de un ser humano nuevo, que se distinguía por su bien hablar. Cicerón consideraba que el dominio de la palabra constituye una virtud, la retórica es la mejor aliada de la paz, porque el diálogo permite dejar a un lado la ley del más fuerte. La retórica es, para el célebre abogado romano, un elemento necesario para que el ser humano desarrolle su naturaleza social, que encuentra su más natural ambiente en las actividades jurídica y política. Como señala González García122, la palabra es para el humanismo renacentista, el don más preciado de la persona, pues representa la experiencia básica y originaria de la vida humana. El legado clásico de Cicerón constituye la piedra angular del humanismo. Las letras no solo son indispensables en el amor a la profesión, sino que su cultivo permite alcanzar la felicidad. Para el humanista renacentista Alberti las letras son necesarias para los individuos y los pueblos: "no hay

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ninguna labor que sea tan productiva, si es que acaso hay que llamar labor, y no diversión y recreo del ánimo y del intelecto, a la de leer (…) pues sales de ahí abundante en ejemplos, copioso en sentencias, rico de persuasiones, fuerte y lleno de argumentos y razones; te haces escuchar, y eres oído de buena gana por los ciudadanos. (…) Las letras son aquellas sin las cuales no se puede considerar que nadie tenga una vida feliz”123.

Para la concepción del humanismo retórico (que se remonta a la sofística griega) la verdad es compleja, tiene múltiples caras, y el lenguaje natural manifiesta esa multiplicidad del sentido que caracteriza a la experiencia de la vida. Esta rica perspectiva del lenguaje como algo inseparable de la interpretación hace de la tradición retórica la primera hermenéutica. El humanista renacentista Bruni expone que las palabras no poseen una textura inflexible, sino una flexibilidad esencial (es decir, explica González García: una misma expresión adquiere distintos significados según los diversos contextos en que es utilizada)124. Esta experiencia de la palabra pone de manifiesto la riqueza y abundancia de la vida misma. La visión humanista de la palabra resulta mucho más consistente con la riqueza de la labor cotidiana de la abogacía que la perspectiva silogística y normativista del derecho que hace del abogado un técnico, un mero aplicador.

Quintiliano (abogado romano de origen hispano y discípulo intelectual de Cicerón) configuró un modelo educativo humanista pensado para favorecer el florecimiento del sabio jurista sobre el que teorizó su maestro. El modelo del sabio y prudente orador funciona como ideal regulador. Nunca se alcanzará la sabiduría, pero aspirando a ella lograremos aproximarnos. Entre las disciplinas cuyo estudio recomienda Quintiliano están la filosofía, la historia, lengua, la literatura, la matemática y la lógica, el arte dramático, el deporte y la danza. La educación humanista se basa en la pasión por el saber, en el amor por la belleza y la admira hacia la vida. Invita a un ejercicio apasionado y elegante del derecho. El humanista renacentista Bruni nos propone adentrarnos en esa retórica que da la mano a la filosofía en esta maravillosa cita que destaca González García: "que en esos estudios tu saber sea variado y múltiple, y sacado de todas partes, de modo que no dejes de lado nada que pueda parecer contribuir a la formación, a la dignidad, a la alabanza de la vida. (…) Quisiera en realidad que un hombre eminente tuviera un rico conocimiento, y también que supiera ilustrar y embellecer en el discurso las cosas que sabe. Pero nada de esto sabrá hacer quien no haya leído mucho, aprendido mucho, sacándolo de todas partes. De modo que no deberás ser adoctrinado solamente por los filósofos, por más fundamental que sea ese estudio, sino que también debes formarte con los poetas, con los oradores, con los historiadores.125

El humanista renacentista Lorenzo Valla sostiene que la retórica es la máxima expresión de la filosofía. Para Cicerón y sus discípulos no hay retórica sin sabiduría y no hay derecho sin retórica. El jurista ha de ser filósofo. Este programa ciceroniano del orador sabio que se compromete con la vida pública inspiró todo el humanismo romano y, posteriormente, el renacimiento humanista y el republicanismo democrático. Petrarca126defendió la unión entre la dignidad y la belleza del discurso, y las elevadas

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cualidades de la persona de la que brota el buen discurso. Cuando el discurso se presenta al público, las virtudes del orador se muestran ante el auditorio, dando testimonio de su profundidad, formación y pasión por la vida. La posición de Petrarca cuestionaba la separación entre forma y contenido, entre sabiduría y belleza. Este célebre humanista del Renacimiento se opuso a los retóricos que limitan el arte de la elocuencia a hablar bien sin importar el contenido. Por el contrario, defendió al orador ideal clásico, una persona intelectual, ética, prudente y elegante, alguien que goza de la existencia y disfruta cultivándose.

Pico de la Mirandola127también clama contra esa visión reduccionista de la retórica, que incluso dentro del humanismo renacentista estaba comenzando a imponerse. Pico128 escribe una carta al orador Hermolao Barbero en la que critica a los oradores del momento: “ cuál es el oficio del retórico sino mentir, engañar, acorralar, embaucar Es vuestro, decís vosotros mismos, poder a voluntad cambiar con la palabra lo negro en blanco, lo blanco en negro, poder, según se quiera, quitar, tirar, agrandar, achicar, por medio de la fuerza casi mágica de la elocuencia (os preciáis de ello) transfigurar las cosas mismas, poniéndoles el rostro que os venga en gana, de modo que, sino hacéis que sean lo que no son de su propia condición, al menos aparezcan tal como queréis al que os escucha. Todo esto ¿es otra cosa que pura mentira, mera impostura y simple embaucamiento? Siempre de espaldas a la realidad, saliéndose de ella por más o cortándola por más o corándola por menos, jugando con los ánimos de los oyentes, halagando sus oídos con cantos falaces y envolviéndolos en redes de engaños y fantasmagorías ¿es que va a haber hermandad de éste con el filósofo, cuyo empeño todo está en conocer y demostrar la verdad a los demás ”129. Pico critica que en la política y en el derecho “las flores tienen más peso que los frutos”130. Dice Pico que los filósofos ( que son fieles a la verdad) no quieren que su discurso sea “placentero, hermoso y gracioso”, sino “útil, ponderado y respetable”131. Lo que buscan los filósofos es la admiración ante la evidencia de aquello tan claro que no necesita más defensa, que no deja lugar a la impugnación. Los filósofos son especialistas en “eliminar ambigüedades, disolver objeciones (…) abatir lo falso y confirmar lo verdadero con elásticos silogismos”132. Del pueblo los filósofos no esperan nada “no sólo no pueden esperar que los aprueba”, sino que tampoco esperan “que los entienda”; a diferencia de los oradores y abogados, los filósofos no buscan “acomodarse al sabor de la multitud”133. Las personas prudentes, señala Pico, se convencerán con tres cosas: “la vida del orador, la verdad de la cosa y la sobriedad del discurso”134.

Pico añora el tiempo en el que la retórica, la filosofía, la política y el derecho caminaban de la mano y respondían al mismo ideal humanista, pero ante el cisma que se ha producido afirma preferir una prudencia sin retórica, a una retórica necia. Una sabiduría sin retórica sigue siendo provechosa, pero la retórica sin sabiduría es “como espada en manos de loco”135, puede hacer un daño enorme. En esta conclusión secunda la opinión de Cicerón, que en la invención retórica136señala: “el análisis me ha llevado a concluir que la sabiduría sin elocuencia es poco útil para los Estados, pero que la elocuencia sin

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sabiduría es casi siempre perjudicial y nunca resulta útil”137. En opinión de Cicerón, el discurso de las personas sabias resultamás eficaz si se domina la retórica pero, por otro lado, Cicerón reprueba a una persona que domine la retórica pero carezca de sabiduría. Al terminar la...

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