La familia, primer agente social para aprender la cultura

Autor:Santiago Ruiz de Temiño Íñigo
Cargo del Autor:Universidad de Zaragoza
Páginas:321-331
 
ÍNDICE
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1. Introducción

A primera vista, el título del presente artículo: «La familia, primer agente social para aprender la cultura», podría transmitir casi inconscientemente la idea de que me estoy refiriendo en exclusiva a un modelo de familia muy habitualmente calificado como tradicional (lo que a su vez incluye una cierta connotación negativa: tradicional como equivalente en buena medida a anticuado, obsoleto...). Connotaciones aparte (y, en efecto, conviene apartarlas para no acabar debatiendo sobre impresiones o juicios previos), el tema de la familia como categoría antropológica básica, genera en la actualidad un océano de investigaciones y muy distintos posicionamientos en el intento de configurar nuevas perspectivas teóricas y aplicadas sobre el aprendizaje y la cultura. Por eso mismo la familia es, dentro del Homeschooling —realidad educativa emergente, objeto de estudio en este encuentro académico— algo verdaderamente nuclear, que merece toda nuestra atención y reflexión.

Al mismo tiempo, la educación, como las monedas, tiene dos caras. En una de ellas se puede ver a la familia y a la sociedad en función de la educación, en la otra cara en cambio, podemos contemplar la educación en función de la familia y de la sociedad1.

De lo anterior se pueden concluir dos aspectos. Por un lado, ambas caras presentan dimensiones complementarias de la realidad educativa. Por otro lado, si consideramos la segunda de ellas, la educación en función de la familia y de la sociedad, estaremos partiendo de una premisa básica y es que el nivel conceptual decisivo no es el formalmente político y económico, sino precisamente el plano cultural y social, el «mundo próximo» de las mujeres y los hombres que pueden llegar a cuestionarse los modelos educativos imperantes. Al optar por educar a sus hijos según aquellos modelos que estiman oportuno los padres contribuyen al dinamismo de uno de los debates que más decisivos de la

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educación2(Sarramona, 2004: 27-38). Las páginas que siguen pretenden contribuir a esa reflexión, y aportar datos y argumentos que puedan ser útiles al respecto.

2. Familia(s) e instituciones humanas

Yepes y Aranguren3enumeran de modo meramente indicativo cinco tipos de fines humanos y sus instituciones correspondientes:

La familia, institución humana más básica que crea el hogar, verdadero centro de la existencia humana y de creación de la propia biografía.

La producción y cuanto está orientado a obtener recursos para la subsistencia humana forma la vida económica. Su expresión más importante es el mercado y dentro de él, la empresa.

La autoridad debe instaurar y defender un sistema que atienda al mantenimiento de la justicia: son las instituciones jurídicas y el conjunto del aparato legislativo, formado por quienes generan esas regulaciones (poder legislativo), las aplican (administración) y velan por su cumplimiento (poder judicial). Pero la autoridad necesita también una institución que mande sobre esos poderes del Estado: es el poder ejecutivo, el gobierno, que implica un conjunto de organismos destinados a otorgar, dar uso y controlar (o retirar en su caso) el poder a quienes lo detentan. Toda esta maquinaria son las instituciones políticas, que en principio están al servicio de la organización de la sociedad y de la promoción de las instituciones comunitarias4.

El hombre necesita aprender especialmente durante su minoría de edad todo cuanto se refiere al contexto social en el que va a vivir, y esto implica un proceso largo y complejo. Las instituciones educativas capacitan al hombre para desempeñar su función en el desarrollo social. Esta capacitación consiste en dotar al hombre de una profesión. Sin embargo, la persona puede sufrir formas de miseria diferentes a la ignorancia, como la falta de salud. Se necesita por ello instituciones que cuiden al hombre débil, que le asistan y le ayuden a salir de esas situaciones. Son las entidades asistenciales y las sanitarias, que velan por los seres humanos que no se valen por sí mismos.

Las instituciones culturales más importantes son aquellas que difunden en la sociedad unos criterios de conducta referidos al conjunto de la vida humana y a su sentido. Éstas son especialmente la moral y la religión. La moral, como tal, puede ser enseñada por una comunidad con fines culturales o artísticos, o como objeto de estudio de una universidad, etc. Sin embargo, siempre ha solido ser enseñada dentro de la religión, la respuesta última del hombre acerca del sentido de su vida. Los dos tipos de instituciones más adecuados para enseñar la moral son la familia y las instituciones religiosas5. La religión habla de la vida humana como una tarea que nos es común a todos, y nos da

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criterios para orientarla hacia su destino último. En la familia, de un modo similar y quizá más íntimo más dirigido al quién que cada hombre es, se nos enseña a vivir.

Pero de esta diversidad de instituciones, al final, se deriva lo que sea la cultura de una sociedad, es decir, lo que sean el conjunto de saberes y obras humanas que determinen los valores de una sociedad determinada6. Centrémonos en el tema de la familia y su función mediadora. Que ésta constituye un entorno de vital importancia para el desarrollo infantil es un hecho que probablemente requiere poca justificación7. Parte importantísima de ese primer aprendizaje del hombre mediado a través de la familia consiste en transmisión de la cultura, es decir, los gestos, palabras y acciones de quienes nos han precedido.

El rechazo generalizado que la postmodernidad hizo de la institución familiar ha tenido una paradoja: ha permitido recuperar el papel tan decisivo desempeñado por la familia en la constitución de la sociedad a lo largo de la historia, aunque posiblemente sea hoy día cuando se puede apreciar en toda su extensión el papel tan decisivo que le corresponde, sin caer en valoraciones ligeras o simplemente superficiales8. En efecto, el postestructuralismo de Foucault estableció una creciente contraposición entre los plan-teamientos antropológico-culturales de Lévi-Strauss acerca de la génesis primitiva de la institución familiar9y las posteriores propuestas de la sociología comprensiva de Talcott Parsons acerca del papel central de la familia burguesa en la configuración de la cultura contemporánea10. Según Foucault, la llamada familia burguesa fue incapaz de satisfacer adecuadamente las necesidades naturalistas más básicas que institucionalmente se le habían asignado, dando lugar numerosas contradicciones culturales cada vez más difíciles de soportar11.

Siguiendo a Pérez Adán y Ros Codoñer, aunque Foucault diagnosticó así la efectiva decadencia e incluso la subsiguiente muerte o extinción de esta institución burguesa, a la larga sus propuestas terminaron demostrando lo contrario de lo que en un principio pretendían, a saber12: demostrar las virtualidades de la institución familiar para superar las posibles contradicciones culturales que ella misma ha dado lugar en la sociedad bur-

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guesa, haciendo incluso posible un recíproco entendimiento entre la antropología cultural de Lévi Strauss y la sociología comprensiva de Parsons13. Al menos así lo pusieron de manifiesto Niklas Luhmann, Anthony Giddens, Günter Dax y Pierpaolo Donati, cuando sucesivamente han puesto de manifiesto las singularidades comunicativas, las transformaciones discursivas, la capacidad de adaptación, la mediación universal y el carácter autopoiético de la institución familiar a la hora de articular este doble tipo de exigencias antropológicas y sociales que ahora se le asignan, apropiándose incluso una efectiva capacidad de autorregular el resto de las instituciones sociales, sean educativas o no14.

Acerca de las dimensiones educativas de la familia, el Informe Delors15señala,
«la educación tiene la misión de permitir a todos sin excepción hacer fructificar todos sus talentos y todas sus capacidades de creación, lo que implica que cada uno pueda responsabilizarse de sí mismo y realizar su proyecto personal. Esta finalidad va más allá de todas las demás. Su realización, larga y difícil, será una contribución esencial a la búsqueda de un mundo más vivible y más justo.»

De su lectura se pueden diferenciar nítidamente dos cosas: la instrucción como transmisión ordenada y sistemática de conocimientos, y educación como formación también en valores. En efecto, para educar es preciso tener una idea del conocimiento y de la verdad, así como de la dinámica histórica del saber, es decir, del papel de la tradición16y del progreso en las comunidades de enseñanza y aprendizaje. La propia naturaleza de la ciencia entra, por tanto, en cuestión. Y también es patente la conexión entre la educación, por una parte, y la ética y la política, por otra.

Pero más decisivo aún es el hecho de que la educación representa la prueba de fuego de las diversas concepciones acerca de la sociedad y de la persona humana. Si tales concepciones están equivocadas, si no responden a la articulación real entre naturaleza humana y cultura, la educación —por decirlo así— «no funciona». No es que se eduque equivocadamente, según valores deficientes, es que no se educa en modo alguno: se interrumpe la dinámica del saber por no haber sabido pulsar los adecuados resortes de la realidad misma. La familia, tiene hoy el reto de construir un pertinente espacio de inter-vención para romper la desarmonía generada en sus funciones y situar de forma equilibrada su labor educativa entre la formación de los hijos como personas y la formación como ciudadanos que puedan participar en el establecimiento de la mejor convivencia en...

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