La política de las mujeres

Autor:Juan Carlos Suárez Villegas
Páginas:51-72
RESUMEN

1. Crítica al concepto de «Derecho subjetivo» - 2. La política del cuidado - 3. Las Leyes de la igualdad en la práctica - 4. Hacia una democracia igualitaria - 5. Conclusión

 
ÍNDICE
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1. Crítica al concepto de «derecho subjetivo»

En nuestras sociedades a las mujeres se les ha reconocido cada vez más derechos para lograr una mayor igualdad que, sea dicho de paso, supone ya una igualdad con un determinado modelo que habría que saber si sería el preferido por ellas. Las mujeres tienen más posibilidades para conciliar su vida familiar y profesional, al tiempo que se les recuerda que son ellas las que tienen que hacerlo. La igualdad, en muchos casos, para las mujeres ha supuesto que tenga que asumir la doble tarea de lo que hacía su padre y su madre en una sola vida. Mantienen la tensión de vivir pendiente de la vida familiar cuando están fuera de la casa y de vivir pendiente de su trabajo en el espacio doméstico, como si se vigilara mejor al enemigo desde la garita de enfrente. Esta situación produce una cierta polaridad que les impide atender de manera adecuada ambas responsabilidades, lo que les lleva a acusar un mayor sentido de la responsabilidad por todo aquello que, a pesar de su esfuerzo, parece que les sale mal. No aprecian su doble trabajo, sino que más bien se les ha educado para que se sientan doblemente responsables.

El problema reside en que vivimos en una cultura filosófica que sólo permite plantear la legitimidad de una reivindicación desde la lógica de los derechos. Y después de haberles recono-

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cido tantos derechos, hasta decir que están igualadas con los hombres, sólo queda preguntarles, con cierta sorna, ¿qué más quieren? No es extraño escuchar comentarios que sugieren que las mujeres se han convertido en neuróticas y no saben qué quieren, pues supuestamente disponen de todas las posibilidades y derechos y se siguen quejando. Estas expresiones son aprovechadas por algunos para demostrar su carácter histérico e indeciso, como si quisieran estar y no estar en ambos sitios. Desde luego, estos dilemas no se plantean en la cultura lineal de los hombres, nacidos para ser cuidados y buscar su realización en el escenario público.

Ellos entienden mucho mejor la lógica de los derechos, que está diseñada bajo el presupuesto de modelos de sujetos autónomos que colisionan en un espacio social homogéneo y que aceptan el valor de su libertad y capacidad como objeto de merecimiento. De este modo, ser iguales es aceptar la formalidad de leyes, tipo normas de tráfico, para sujetos con un potencial motor político. Los derechos se convierten así en divisas de la libertad cívica y política para gestionar proyectos colectivos. La teoría de la Justicia de Rawls es un buen ejemplo de esta sociedad perfecta y bien organizada de sujetos «bien atendidos».

Esta lógica nos lleva a pensar que la posibilidad de tener más derecho significa parecerse más a los hombres. A lo mejor no es eso lo que quieren las mujeres. Quizás sea una cuestión más intuitiva y menos racional. Un modo de organizar la vida desde otra perspectiva, basado en la corresponsabilidad vital, un modo de entender la igualdad desde referencias más radicales y no tan formales.

Pongamos un ejemplo, que de antemano sé que es controvertido y podría conducir a equívocos. Se trata del caso del derecho a abortar de las mujeres. Un derecho, sin la menor duda, que no es plato de buen gusto. Tendríamos que llamar la atención sobre el dato de que dicha decisión se conciba bajo la categoría de «derecho», situación que quizás no sea percibida así. La reflexión suele ser más intensa y es comprendida en última instancia por muchas mujeres como una solución dra-

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mática que le permite quizás evitar otros dramas mayores: dificultades para conciliar esta responsabilidad con su vida profesional; temor a criar un hijo en una etapa de su vida en la que no puede hacerlo, y hacerlo significa renunciar a muchas otras aspiraciones personales. En definitiva, un conjunto de implicaciones que, por supuesto, ni siquiera se les presenta al padre que tuviera que verse en el dilema de abortar.

Desde la lógica de los derechos se invisibiliza toda esta densidad reflexiva de las mujeres y se resume a la simple decisión de abortar o no, como un «derecho». Esta reflexión se agudiza para la mujer que sabe que debe tomarla como si fuera la única responsable de dicha decisión. Se percata de inmediato de la desigualdad mayor que infringe la biología cuando no va acompañada de una relación compartida. Se entiende así que lo biológico haya sido denunciado por las feministas como un factor de dominación cultural. Las mujeres son reducidas a su mera condición de procreadoras y, además, se les deja la difícil tarea de que sean ellas las que decidan sobre una situación que concierne a dos.

Con esta reflexión el objetivo no es cuestionar que las mujeres tengan la última palabra sobre la decisión de si tener o no un futuro hijo que determinará toda su vida, sobre todo en una sociedad tan injusta que condicionará más aún sus proyectos personales a partir de entonces. La idea es otra, se trata de ilustrar cómo el concepto de «derecho» resulta insuficiente para entender y resolver un dilema que tiene para las mujeres otros muchos componentes. Ante esa situación decir que se amplían sus derechos significa lo que significa para la cultura androcéntrica, la posibilidad de tomar decisiones sin efectos ni costes. Pero hay otras dimensiones que no parecen tener en cuenta. ¿Por qué facilitar esa decisión y no facilitar otras alternativas? Quizás para la mujer tener más derecho a «abortar» significa también tener más derecho para elegir y adoptar la otra decisión con los menores costes posibles. ¿Por qué no obligar, por ejemplo, a los padres a asumir los costes no sólo económicos sino también vitales de esa decisión? Por ejemplo, conceder la custodia compartida y exigir responsabilidades por el cuidado

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de ese hijo. ¿Por qué tiene que ser siempre la mujer la que tenga que pagar los platos rotos de la cultura patriarcal?

Carol Gilligan en su clásico trabajo sobre las voces de las mujeres, precisamente se fijó en este tipo de experiencia para marcar la diferencia entre el modelo de razonamiento moral que caracteriza a las mujeres. La decisión moral para las mujeres no se concibe bajo la lógica de reglas universales que deban ser aplicadas o de derechos que permitan dirimir la legitimidad o no de un comportamiento. La reflexión se ejerce sobre las situaciones vitales concretas en las que hay que ponderar las decisiones en un horizonte de dilemas que pretenden encontrar un equilibrio entre ellos. Se trata de saber cómo actuar para conciliar las propias responsabilidades y dependencias dentro de un proyecto de vida.

Por supuesto, este modelo de razonamiento moral no puede ser captado desde la lógica de sujetos «independientes» que desarrollan criterios más generales para dirimir los casos concretos. Este esquema más perfeccionado, desde la perspectiva de Kohlberg, permite alcanzar un grado de universalidad del razonamiento moral que lo hace más seguro y legítimo. En cambio, las mujeres mostrarían una cierta dificultad para acceder a este paso de abstracción universal de la norma y permanecerían en el estadio de reglas prácticas derivadas de ciertos casos y que deben ser verificadas en cada nueva situación.

No se trata tanto de una diferencia entre el razonamiento moral de los hombres y las mujeres, como del resultado del grado de dependencia o independencia en el modo de concebir las relaciones humanas a las que uno pertenece y los dilemas dispares que surgen en cada uno de ellos. Por otro lado, desde pequeños la educación que reciben niños y niñas está orientada a las distintas funciones que se les presupone en su vida adulta. Los conceptos de tiempo, espacio y las reglas de interacción modelan su distinta personalidad. Aunque podría aceptarse cierta predisposición más o menos natural en cada uno de los sexos, el mayor peso en el modo de concebir las relaciones humanas creemos que está determinado por la educación recibida.

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2. La política del cuidado

La igualdad en el ámbito público pasa por el incremento de la presencia femenina y también por la introducción del debate sobre modelos de convivencia que armonicen las distintas responsabilidades de hombres y mujeres con su dedicación profesional. No sería un avance para la igualdad la presencia de aquellas mujeres que justamente hayan adoptado los patrones de vida del género masculino. Se produce con demasiada frecuencia que las mujeres, en su afán legítimo de competir y alcanzar las posiciones de los hombres, terminan adoptando sus mismos modelos de vida. Y no se trata sólo de que las mujeres ocupen el poder, sino de redefinir el poder con valores que incluya las reivindicaciones de las mujeres (o de los hombres), es decir, de un estilo de vida que integre las responsabilidades privadas.

Desde esta óptica, los modelos de gestión pública deben evolucionar hacia criterios de eficacia laboral más acordes con la visión femenina de la conciliación de vida personal y profesional. Por ejemplo, horas de presencia en el trabajo con mejor disposición y más rendimiento laboral, permitir flexibilidad en los horarios, potenciar la formación polivalente en las tareas, a fin de facilitar intercambios y sustituciones entre compañeras y compañeros, favorecer el diálogo en la toma de decisiones, evitar jerarquías innecesarias y lograr una mayor capacidad de autogestión de las tareas encomendadas con los proyectos personales de vida. Este último objetivo se ha visto promovido por la presencia de las nuevas tecnologías.

El valor de estas medidas, además de concederles a las mujeres una serie de derechos para garantizar su igualdad laboral, y no ir de prestada, constituyen una importante toma de conciencia de abordar la separación entre «lo público» y «lo privado» desde otra perspectiva. El beneficio mayor de las leyes...

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