Política criminal frente a la trata de personas

Autor:César Herrero Herrero
Cargo del Autor:Doctor en Derecho, Graduado Superior en Criminología, Licenciado en Ciencias Policiales y de Seguridad. Facultativo Jurista del M. D. I. (Jubilado) Profesor de Derecho Penal y de Criminología
Páginas:409-431
 
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CAPÍTULO VEINTICUATRO
POLÍTICA CRIMINAL FRENTE
A LA TRATA DE PERSONAS
A. PLANTEAMIENTO DE LA CUESTIÓN
Todo lo expuesto hasta aquí, en torno a la Trata de perso-
nas, es fundamental para poder diseñar, frente a esta área de
delincuencia, las oportunas tácticas y estrategias de lucha. Una
vez más ha de repetirse, en efecto, que el conocimiento de su
fenomenología o de sus formas de aparecer en el escenario
socioeconómico, del «modus operandi» de sus sujetos activos,
de cómo estos se organizan y se financian, de cuáles son sus
motivaciones prevalentes, de cuáles son las reacciones existen-
ciales de las víctimas…, de cuáles son, en una palabra, los ele-
mentos presentes en el proceso de victimización, tiene que
constituir la plataforma desde la que despegue una cons-
ciente y específica política criminal.
Pero absolutamte sustancial es el conocimiento de las cau-
sas que propician, de forma próxima, el surgimiento de esta
clase de criminalidad. Es algo sustancial, desde luego, dentro
del contexto constituido por un modelo causal de ciencia.
Modelo desde el que parece que debe analizarse, para después
hacerle frente en lo posible, esta realidad gravísimamente cri-
minosa.
A pesar de algunas voces contrarias, y lo hemos repetido y
argumentado muchas veces, no puede afrontarse la erradica-
ción o, al menos, la aminoración, de ningún fenómeno indivi-
dual y social nocivo, como lo es la delincuencia, si no apunta-
mos a neutralizar sus causas. Naturalmente, en la medida en
que sean conocidas. Es claro que, sólo, una vez localizados los
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elementos impulsores, motivadores y, al fin y al cabo, desenca-
denantes de determinados efectos, éstos, en buena lógica,
podrán ser atacados para debilitarlos o hacerlos desaparecer. A
no ser, desde luego, que exista alguna realidad, conocida o des-
conocida, que convierta la meta lógica en imposible. (Pero esto,
si existe, parece infrecuente).
En un plano de normalidad, al hablar del concepto de cien-
cia (de ciencia fundante) como medio riguroso de conocer
cualquier campo de la realidad (siempre, generalmente, con el
propósito de resolver, positivamente, los problemas del hom-
bre, sobre todo los de la cotidianidad), los tratadistas o investi-
gadores rigurosos hacen mención siempre a la necesidad de
adquirir un conocimiento sistemático y controlado de la
realidad por sus causas.
Unicamente, repetimos, en cuanto las causas sean conoci-
das y pongamos frente a ellas recursos con capacidad efectiva
para neutralizarlas, haremos desaparecer sus efectos. Se impo-
ne, pues, para hacer una buena política criminal, estar al
corriente de las exigencias del principio de relación de cau-
salidad, en el grado aplicable para cada clase de ciencia 1.
Efectivamente. Ha de estar siempre en el recuerdo que, para
las ciencias empíricas del comportamiento, la causa no debe
entenderse como un «ens» determinista o fatalista en la pro-
ducción de sus efectos. Ha de comprenderse, lo hemos insinua-
do ya también en la presente Obra, como un factor, o variable,
que impulsa, incentiva o propicia, con mayor o menor intensi-
dad, la aparición de un determinado acontecimiento o conduc-
ta.(Generalmente, nunca de manera determinista o fatalista).
Si bien, como advierten grandes cultivadores de la psicosocio-
logía, cuando tales factores influyen, simultáneamente y con
prevalencia, sobre colectivos humanos, los componentes de
éstos, suelen actuar, eficientemente,en la orientación en que
tales factores impulsan.
Si todo esto es así, lo inesquivable para la Política Criminal
está en afrontar el control del fenómeno delincuencial (aquí, la
1 Sobre estas cuestiones puede verse C. HERRERO HERRERO: «Crimino-
logía…», ya citada, pp. 33-38.

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