La oratoria para el jurista. Dominio del lenguaje, personalidad y eficacia profesional

Autor:D. José Javier Amorós Azpilicueta
Cargo del Autor:Catedrático de Universidad. Director de la Cátedra Rioma de Oratoria de la Universidad de Córdoba
Páginas:231-271
 
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Oratoria y derecho
I Aclaración

Este artículo es la traducción al lenguaje escrito de la conferencia que pronuncié el 29 de abril de 2013 en la Academia Sevillana del Notariado.

La costumbre de redactar las conferencias como si fueran artículos o ensayos destinados a la publicación, pero con lectura pública previa, lleva a la confusión de dos géneros tan distintos como la oratoria y la escritura. Y con algunas excepciones, la conferencia leída aburre y defrauda al auditorio, que había sido convocado para otra cosa. Sería más apropiado anunciar a esos “oradores por escrito” como se anuncian los recitales de poesía a cargo del autor: lectura poética. Se programarían así lecturas jurídicas, lecturas médicas, económicas, políticas, y el público podría decidir si asiste o prefiere hacerse con el texto y leerlo él mismo en la comodidad de su casa. Los periodistas ya no van a las conferencias a tomar notas, como resulta exigible si quieren dar noticia de ellas en sus medios. Le piden un resumen al conferenciante o el texto completo. Pero una conferencia es mucho más que el texto: es la presencia del conferenciante, el tono y los matices de su voz, sus gestos, su modo de mirar, de sonreír, de callar, la manera como transmite sus sentimientos y envuelve en ellos al público. Una conferencia leída no es una conferencia. Aún más, según julián Marías, “una conferencia es probablemente una lata, pero una leída es literalmente una lata de conserva (…). El conferenciante debe preparar, y mucho, su conferencia, y debe saber de qué va a hablar,

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pero no exactamente lo que va a decir, porque la forma debe surgir del público, en vista de él, en diálogo con él, aunque sea uno solo el que hable”. Y diferencia claramente la estructura de la palabra hablada y de la palabra escrita, porque “la estructura de la frase escrita corresponde a la lectura visual y simultánea, no a la audición sucesiva”. Por eso se muestra contrario a la publicación de las conferencias, por razones estrictamente intelectuales. Esto es, no sólo porque la transcripción escrita de lo grabado no pueda recoger el tono, el acento, la pasión que el orador puso en el discurso, también porque determinados puntos de vista adelantados en él deben completarse, madurar, tratarse o fundamentarse de otro modo para su publicación. Además, porque aunque cada conferencia deba ser una obra nueva, distinta, original, pensada para cada ocasión y para cada tipo de público, no puede ignorarse que “sus componentes pueden haber aparecido o aparecer en el futuro en otras construcciones mentales y con distintas formas literarias. Todo esto es irreprochable y pertenece a la calidad y perfección de las conferencias”1

Uno de los grandes oradores del siglo pasado, el escritor gaditano josé María Pemán, consideraba la oratoria el género literario más generoso. “De él queda sólo el eco. Al transcribir taquigráficamente un discurso éste pierde y no es lo mismo lo que se dijo que lo que se recoge”. Y su entrevistador, probablemente el mejor escritor en periódicos que ha habido en España, César González Ruano, apostilla agudamente: “¿Es lo que se dice o cómo se dice?”2. Creo que al género literario llamado oratoria conviene, como un homenaje, el verso final del soneto de Quevedo A Roma sepultada en sus ruinas: “… solamente/ lo fugitivo permanece y dura”.

La característica fundamental del lenguaje hablado es la sonoridad, mediante la que se pueden expresar los sentimientos. Para Nietzsche, una diferencia esencial entre el discurso oral y el escrito es la falta de entonación de éste, que es la que hace sentir la pasión. “La lengua escrita carece de acentuación (se refiere, claro, al tono, a la sonoridad de la voz), por lo cual le falta un extraordinario medio de suscitar la comprensión”. Eso hace muy difícil destacar una palabra o un miembro de la frase. “Muchas cosas deberían escribirse de un modo diferente del que se utiliza al decirlas. La claridad es la unión de sombra y luz”3

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Nietzsche fue profesor de Retórica, y hace pocos años se publicaron por primera vez en castellano los guiones de sus clases. Preocupado por el lenguaje, busca y destaca su carácter musical, en el que reside la agilidad, la sensibilidad, la armonía. La música vivifica el lenguaje y le hace decir cosas que no estaban escritas. “El lenguaje hablado es sonoro, y los inter-valos, los ritmos, los tempi, los fuertes y acentos son todos símbolos del contenido de sentimiento que hay que representar. Todo esto es al mismo tiempo propio de la música”.4

En un comentario al Banquete de Platón contrapone Ortega el libro al discurso, que considera “el auténtico decir…, el que brota de una situación como reacción a ella”. A la palabra escrita le falta el cuerpo del dicente –gesto, fisonomía, temple muscular-, su voz, la “mímica carne que la incorpore y concrete”. Recuerda la antipatía de Platón “hacia todo libro por lo que tiene de cadavérico decir, de paralítica expresión”, porque el libro no puede responder a las objeciones del lector ni rechazar con energía las más que posibles torpezas interpretativas de muchos de ellos. La enervante habitualidad lectora, “casi una segunda naturaleza”, ha llevado a “un menosprecio creciente de la única palabra que lo es en plenitud, la palabra oral, y con ella de las maravillas más humanas de todas que son el diálogo, la oratoria, la retórica- la única magia efectiva”.

No obstante referirse a la palabra escrita como “una forma deficitaria del decir”, reconoce que sólo mediante el libro se pueden comunicar determinadas cosas: “La relativa impersonalidad y como deshumanización del decir que es la palabra escrita, al mismo tiempo que espectraliza la elocución, le proporciona una distancia y anonimato, una “objetividad” que son imprescindibles para transmitir, por ejemplo, teorías”.5

En la diferencia entre lo escrito y lo hablado y la inconveniencia de publicar los discursos insiste Lichtenberg, importante pensador alemán de la segunda mitad del siglo xVIII, físico y profesor universitario, considerado uno de los representantes más destacados -si no el que más- de la Ilustración en Alemania. Admirado por Schopenhauer, por Wagner, Freud, Tolstoi, Goethe, Kierkegaard, se elevó por encima de su deformidad física con la fuerza de una inteligencia deslumbrante. Sus reflexio-

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nes, publicadas bajo la forma de Aforismos, contienen muchas referencias al lenguaje. En la misma línea de Nietzsche, distingue entre el lenguaje oral y el escrito, y considera que la entonación de una palabra es determinante de su significado. “El sentido de una palabra nos viene dado, para expresarme en términos matemáticos, por una fórmula en la que la entonación es la magnitud variable y la palabra es la magnitud constante. Y aquí se abre una vía para enriquecer infinitamente las lenguas sin aumentar el número de palabras. He descubierto que la expresión está bien es pronunciada por nosotros de cinco maneras diferentes, y cada vez con un significado distinto, que, naturalmente, está determinado muchas veces aún por una tercera magnitud variable, la expresión del rostro”. No puede sorprender que se mostrara contrario a la publicación de los discursos, pues “algo que se puede leer bien no tiene que ser bueno para ser oído; son cosas totalmente distintas”6.

Un buen artículo no es el equivalente de un buen discurso, ni lo son un buen ensayo o una buena ponencia. Se trata de géneros distintos, ya lo hemos visto, que tienen distinta estructura, distintas exigencias formales y distintos modos de llegar al público. La emoción entra por el oído. Para pronunciar un discurso no basta con saber escribirlo, incluso escribirlo bien; hay que saberlo decir. Leer en voz alta determinados pasajes de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres a un público que agoniza –también si el lector dispone de una voz armoniosa y entona adecuadamente- no es lo mismo que pronunciar una buena conferencia sobre “La inutilidad política del imperativo categórico kantiano”7. Para alcanzar el objetivo de una cultura aristocrática, que Nietzsche pedía al sistema educativo alemán, no basta con aprender a escribir. También hay que aprender a hablar.

Conforme con todo lo anterior, el texto que sigue no es la conferencia, no es la simple transcripción de la conferencia grabada, sino un artículo que desarrolla las ideas de la conferencia, ajustado a las convenciones del lenguaje académico escrito. No me siento cómodo haciéndolo, porque eso me obliga a autorizar con una cita literal cada paso que doy, una cititis. Como en los discursos, la brevedad en los escritos justifica cualquier entusiasmo y estimula la indulgencia con sus imperfecciones. La ciencia

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del Derecho lleva mucho tiempo edificándose sobre la base de emplear cien páginas donde, probablemente, bastaría con diez. Esto no es un juicio de valor científico, para el que no estoy intelectualmente preparado, sino una sospecha literaria. Hoy nadie se considera un investigador solvente si no pone sobre la mesa del tribunal dos tomos de doctrina, más un apéndice legislativo y otro jurisprudencial. Pero a la historia se pasa por media docena de páginas; todo lo que excede de eso enmohece en las librerías de lance.

He procurado respetar la estructura oral de mi disertación, completándola con apuntes, notas y observaciones –estructura escrita- que me han parecido oportunos para reforzar determinados pasajes, lo que supone un intento de conciliar en lo posible, que es muy poco, dos géneros distintos, la oralidad y el ensayo erudito. No suele conseguirse, y no me perdonaría ser una excepción.

II Artículo sobre la conferencia

El 23 de abril del año 2009, en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, el Rey de España entregó el Premio Cervantes de Literatura al...

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