Los operadores de bancaseguros en España

Autor:Covadonga Díaz Llavona
Cargo:Becaria predoctoral de la Universidad de Oviedo. Departamento de Derecho Mercatil
Páginas:735-755
RESUMEN

La bancaseguros constituye hoy un canal de distribución de seguros plenamente consolidado en el mercado global que, no obstante, presenta niveles de desarrollo muy dispares entre los distintos países. En España, son varios los factores que han contribuido a atribuir a este fenómeno un papel especialmente relevante, lo que ha provocado el reconocimiento expreso de esta forma de distribución en la Ley de Mediación de Seguros y Reaseguros... (ver resumen completo)

 
ÍNDICE
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I Introducción

La actividad de mediación aseguradora ha estado presente en todas y cada una de las etapas en que puede dividirse la historia del seguro y su evolución aparece estrechamente ligada al mismo.

Es posible distinguir tres grandes fases en el desarrollo de esta actividad. Cabría hablar de una primera etapa, en relación al periodo que se extiende desde las primeras manifestaciones medievales del contrato de seguro, hasta la aparición de las compañías privilegiadas por acciones en el siglo XVIII. En este periodo, el monopolio absoluto de los corredores se derivaba de la propia naturaleza de los riesgos cubiertos (seguro marítimo) y de los aseguradores del momento. La falta de profesionalización de estos últimos en la actividad aseguradora y las limitaciones de sus capitales respectivos, hacían imprescindible la labor de los corredores, intermediarios que, conocedores de la situación del mercado, facilitaban la asunción de cuotas de riesgo por los distintos comerciantes hasta la completa cobertura de las pólizas.

La aparición de las primeras compañías privilegiadas para el comercio de Indias pueden considerarse el inicio de una nueva fase en la historia de la mediación, al implicar la pérdida del monopolio ostentado hasta el momento por los corredores y la aparición de una nueva categoría de mediadores no libres,

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sino dependientes directamente de las mencionadas compañías, precedentes de los más adelante denominados agentes afectos1.

Ambas categorías de intermediarios, corredores y agentes, integran la conocida como mediación tradicional que ha llegado hasta nuestros días sin apenas modificaciones.

Ahora bien, la evolución del mercado a lo largo del siglo XX ha hecho que la mediación de seguros haya dejado de ser ejercida exclusivamente por tales figuras. Vías como la venta directa a través de los propios empleados de las compañías de seguros o a través de internet o teléfono, la llevada a cabo por las grandes superficies, o la efectuada a través de las redes comerciales de las entidades de crédito, nos llevan a considerar que nos hallamos ante una nueva etapa en la evolución de la mediación aseguradora, caracterizada por la diversificación de los canales de distribución.

Entre ellos, destaca por las altas cuotas de mercado alcanzadas la media-ción ejercida por las entidades bancarias.

En los países económicamente desarrollados, resulta impensable pretender hoy el confinamiento de las entidades de crédito a la prestación de servicios estrictamente bancarios, debiendo considerarse como tales los previstos en el artículo 28 de la Ley de Disciplina e Intervención de las Entidades de Crédito 26/1988, de 29 de julio, que remite a su vez a lo dispuesto en el Real Decreto Legislativo 1298/1986, de 28 de junio, sobre Adaptación del Derecho vigente en materia de Entidades de Crédito al de las Comunidades Europeas.

Conforme a tales disposiciones (artículos 28 y 1 respectivamente), puede considerarse actividad típica bancaria la de recibir fondos del público en forma de depósito, préstamo, cesión temporal de activos financieros u otras análogas que lleven aparejada la obligación de su restitución, aplicándolos por cuenta propia a la concesión de créditos u operaciones de análoga naturaleza.

Siguiendo la clasificación doctrinal clásica de las actividades bancarias, junto a las operaciones pasivas y activas a que aluden los citados artículos, según impliquen concesión o recepción de fondos por parte de las entidades, ha de hacerse referencia a las llamadas operaciones y contratos neutros. Se trata de un concepto amplio que engloba todas aquellas actividades y servicios prestados por las entidades de crédito, que no impliquen intermediación crediticia.

Pues bien, dentro de este grupo y dada su amplitud, pueden situarse hoy no sólo los tradicionales servicios bancarios accesorios a que ya se refería, sin ánimo exhaustivo, la Ley de Ordenación Bancaria de 1946 en su artículo 37 (servicios de giro, transferencia, custodia, mediación y otros en relación con los anteriores, propios de la comisión mercantil"), sino también las conocidas por parte de

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la doctrina europea como actividades parabancarias (la near banking activity anglosajona)2.

El concepto de la parabancariedad ha de entenderse referido al conjunto de servicios e instrumentos que, sin constituir actividad de intermediación crediticia ni ser meramente accesorios de ésta, son prestados por las entidades a fin de responder a las nuevas exigencias de una clientela que presenta necesidades financieras distintas de las tradicionales.

A raíz de la crisis económica que se iniciaba en los años 70 del pasado siglo, el mundo financiero experimentó una serie de profundas transformaciones. Si bien con cierto retraso por parte de los mercados europeos respecto de los estadounidenses, lo cierto es que se trató de una reestructuración global, en la que es posible distinguir varios aspectos, todos ellos impulsados por la tendencia general a la globalización y unificación de los mercados financieros3.

Ha de hacerse referencia en primer lugar a la liberalización o desregulación, mediante la que se atribuye una mayor confianza al mercado como mecanismo de asignación de recursos, eliminando las barreras proteccionistas y las restricciones impuestas al mercado bancario durante la primera mitad del siglo XX, como reacción ante el impacto de la Gran Depresión, de 1929, cuyas consecuencias en Estados Unidos, acabaron por trasladarse al viejo continente.

Tal desregulación y una demanda cada vez más heterogénea y exigente, provocan la aparición de una multitud de nuevos productos y la intervención de operadores financieros distintos a los tradicionales.

Se produce así el fenómeno de la desintermediación, o pérdida de protagonismo de las entidades bancarias en la actividad de intermediación crediticia, por la aparición de otras instituciones, financieras o no, que llevan a cabo operaciones equivalentes. Ha de hacerse referencia en particular a la titularización (securitization anglosajona), consistente en la sustitución de la financiación bancaria tradicional, por el recurso a la emisión y negociación de títulos en los mercados de valores y que supone el fin de la estricta separación entre ambas parcelas de la actividad financiera.

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Si bien las entidades de crédito tradicionales pueden continuar mediando en tales operaciones (ahora en competencia con las nuevas instituciones surgidas), ven reducido su papel como intermediarias del crédito.

Ante esta pérdida de protagonismo, se produce por parte de la banca una búsqueda de nuevas fuentes de obtención recursos, mediante la intervención en actividades y la prestación de servicios que escapaban a la función clásica de intermediación crediticia. Las fronteras entre los tres mercados en que se halla articulado el sistema financiero, banca, valores y seguros, en otro tiempo rigurosamente separados, se difuminan4. La empresa bancaria, aprovechando su extensa red de oficinas y sus amplias bases de clientes, penetra en muy diversos campos de actividad. Así, puede mencionarse la prestación de los servicios de inversión y actividades complementarias a que se refiere el artículo 63 LMV5, la mediación en negocios inmobiliarios, el asesoramiento en general y la asesoría informática, la ingeniería financiera o los fondos de inversión mobiliaria y fondos de pensiones6.

Dentro de esta diversificación destaca por su especial relevancia y por lo que aquí nos interesa, la asunción de competencias en materia de distribución de seguros. Las grandes bases de datos de clientes en las que se reflejan las necesidades particulares de cada uno de ellos, y las extensas redes de comercialización con que cuentan tales entidades bancarias, constituyen ventajas únicas, atractivas no sólo para las propias entidades de crédito sino también para las compañías aseguradoras, que se garantizan así una mayor difusión de sus productos.

Sin perjuicio de que ya en otros países como Estados Unidos, puedan encontrarse manifestaciones anteriores de la suscripción de seguros por parte de entidades bancarias, es generalmente admitido que el origen de la bancaseguros y la propia acuñación del término «bancassurance» se sitúa en Francia.

Ya en los años 70 se constituyen por grupos bancarios las primeras filiales dedicadas a los seguros de vida y capitalización, cuyos productos se distribuyen

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a través de la red bancaria correspondiente (el primer banco es le Crédit mutuel de l’Est que crea la filial Les Assurances du Crédit mutuel en 1972).

Es no obstante en los años 80, a raíz de la Ley Bancaria francesa de 24 de enero de 1984, cuando la actividad bancoaseguradora de las entidades de crédito despega con fuerza, en base a la posibilidad recogida en el artículo 5 del texto legal mencionado7, que permite a los establecimientos de crédito desarrollar actividades conexas con su actividad principal. Las entidades bancarias, acuciadas por la situación de crisis financiera por la que atravesaba Europa, hallaron en esta previsión una posible nueva vía de obtención de fondos a través de la distribución de seguros. El principal cauce elegido al respecto, en un primer momento, fue la conclusión de convenios comerciales con las compañías aseguradoras o con sus filiales de seguros para la distribución de productos a través de sus redes de oficinas a cambio del cobro de comisiones.

Ahora bien, desde su nacimiento, el desarrollo de la bancaseguros ha seguido caminos y velocidades dispares en los diferentes países en función de sus respectivas circunstancias socio-económicas.

Son varios los factores que han contribuido a esta desigual expansión. En primer lugar, ha de tenerse en cuenta la legislación existente, más o menos permisiva con las nuevas fórmulas de distribución. Así cabe hacer...

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