Breve reflexión personal sobre seguridad y desarrollo, a modo de introducción

Autor:Joaquín Tasso Vilallonga
Cargo:Jefe de Equipo de Respuesta a Crisis y Punto Focal sobre Reforma del Sector de Seguridad en la Dirección General de Relaciones Exteriores de la Comisión Europea, Bruselas.
Páginas:7-10
RESUMEN

Ahmed regenta, con sus cinco hijos, una pequeña tienda de especias en la vieja medina de Saná, un lugar fascinante, declarado (...)

 
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Ahmed regenta, con sus cinco hijos, una pequeña tienda de especias en la vieja medina de Saná, un lugar fascinante, declarado “Patrimonio de la Humanidad” por la UNESCO hace ya casi 25 años. El inmenso zoco se extiende por un laberinto de calles angostas, bordeadas por auténticos rascacielos de abobe (¡de hasta 10 plantas de altura!) con sus características fachadas ocres, frisos y ventanas de estuco blanco, enmarcando vidrios multicolores. Desde la llamada Puerta del Yemen, que da acceso a la vieja medina a través de una imponente muralla, hasta más allá de la Gran Mezquita del siglo VII (dicen que la tercera más antigua del Islam), centenares de tenderos, artesanos y gentes de oficios se distribuyen ordenadamente en zonas bien delimitadas según el gremio al que pertenecen: latoneros, plateros, carpinteros, herreros, joyeros, comerciantes de paños y telas, tratantes en especias, vendedores de dátiles… La calle es un ir y venir incesante de hombres, con la tradicional yambiya (puñal curvo) sujeta al vientre; de mujeres anónimas, desplazándose rápida y silenciosamente enfundadas en el riguroso niqab negro que las cubre de pies a cabeza (excepto por una pequeña rendija en la tela a la altura de los ojos que les permite mirar al suelo para no tropezar); y de niños descalzos correteando a su alrededor.

Como siempre, Ahmed me recibe afectuosamente y antes de que le pida nada me ofrece lo que sabe vengo a buscar: mirra negra de Omán y cristales de resina de incienso, preferentemente de Adén o de la mítica isla de Socotora; dos productos que los yemeníes exportan desde hace cerca de 5.000 años y que convirtieron el país en la Arabia Felix de los tiempos de la Reina de Saba. También suelo comprarle unas semillas de cardamomo (curiosamente, guatemalteco)Page 8y a veces clavo, nuez moscada o canela. Y por supuesto, también me llevo pistachos iraníes, pasta de albaricoques secos de Siria o cualquier otro fruto seco que sé me va a regalar. Pero antes de pagar y como ya viene siendo también costumbre, me invita a sentarme con él en el mafraj de la trastienda, sobre una gruesa y desgastada alfombra persa, rodeada de cómodos almohadones bordados. Como sé que al té le pone demasiada azúcar, le pido café “yemení” cuando me pregunta qué deseo beber (paradójicamente, en el país originario de la coffea arabica, el café no se hace con el grano de la planta, sino con su cáscara, lo que resulta en una bebida clara e insípida). También me ofrece unas...

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