La unión de la nobleza como elemento de coerción para el cese de un valido: La caída de Fernando de Valenzuela

Autor:Ignacio Ruiz Rodríguez
Cargo del Autor:Universidad Rey Juan Carlos
Páginas:183-229
RESUMEN

Introducción. El camino de ascenso hacia el poder de un intruso en la Corte de Madrid. El gobierno de don Fernando de Valenzuela y Enciso. La jornada de El Escorial. Todos contra el duende. La toma del poder por don Juan José de Austria y sus partidarios. El apresamiento y proceso político contra don Fernando de Valenzuela. El acoso implacable contra la familia de Fernando de Valenzuela. El... (ver resumen completo)

 
ÍNDICE
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Introducción

La muerte de Felipe IV, acontecida en el año 1665, marcarán un antes y un después en la historia de la monarquía de los Habsburgos Españoles. Por primera vez asistiremos a una regencia, que además de larga se prologará por un espacio de diez años, momento en el cual el entonces niño Carlos pasaría a ocupar de manera efectiva su trono. Diez años en donde una reina extranjera y desconocedora de los asuntos hispánicos encarnaría el poder real en nombre de su hijo. Para tal finalidad, el testamento del difunto monarca había previsto la erección de una Junta, la llamada Junta Grande, cuya tarea principal sería la se prestar el asesoramiento debido a Mariana de Austria en todos cuantos asuntos llegaban a sus manos. La idea no era otra que la de huir de una figura que había conocido durante largos años Felipe IV en su labor de gobernar, la del valido, y de la cual había huido en sus últimos momentos de vida. Sin embargo, su soledad, su no fiarse de cuantos le rodeaban, su amistad, hizo que no tardase en aupar a este cargo a su confesor, un personaje que junto a ella había llegado a la corte de Madrid: su confesor, el jesuita Juan Everardo Nithard. Éste permanecería junto a la reina en la ingrata -al menos así se lo hizo saber a Mariana de Austria en más de una ocasión- tarea de dirigir de primera mano los asuntos más complicados de una Monarquía que con cada vez mayor frecuencia hacía aguas. Su caída, provocada de manera directa por el hermanastro del rey Carlos, don Juan José de Austria, en el año 1669, elevó al cargo de primer ministro al por muchos odiado Fernando de Valenzuela. Curiosidad del destino será que nuevamente sea el propio Page 184 don Juan el encargado de hacer caer el que por muchos fuese llamado Duende de Palacio: Fernando de Valenzuela1.

Sujetos como Nithard, Aytona, Valladares, Medinaceli, Juan de Austria, etc., son fundamentales para comprender el caldo de cultivo donde vino a triunfar la posición de ascenso meteórico que gozó don Fernando de Valenzuela. Y sobre ello hablaremos en las siguientes páginas de esta obra.

Tras la forzada caída de Nithard, obra directa de esa presión político-militar que desarrollara don Juan de Austria, la soledad de la regente parecía ser absoluta. La Mariana de Austria de este momento histórico, 1669, no era la misma que nos encontrábamos unos pocos años atrás. La responsabilidad que sobre sus hombros recaía hizo que se viese obligada a madurar rápidamente, quedando ya lejos aquella jovencita que había llegado a unos territorios que únicamente conocía por oídas, para contraer matrimonio con un importante Rey que le llevaba cuarenta años, y con la urgente tarea de proporcionar un heredero que sucediese a su marido en el trono. Es por ello que la muerte de Felipe IV, cuando el futuro Rey contaba únicamente con cuatro años, y al que había que proteger de enemigos internos y externos, además de cuidarle hasta el máximo de los extremos de cualquier posible enfermedad que pudiera acabar con su débil constitución, provocaron una importante mutación en el temperamento de Mariana.

En su difícil misión para asumir las tareas de gobierno, aunque estuviese continuamente asesorada por la Junta que en su testamento había dejado dispuesta Felipe IV, la Reina se veía expuesta continuamente a la sensación del desamparo, y aunque la documentación que albergan los archivos sobre su preocupación por los males de la monarquía es enorme, su soledad también se evidencia en la ascendente inestabilidad de la Administración Central de la Monarquía. Quizá por ello, poco a poco, fuera abriéndose paso hacia puestos de confianza cada vez mayores un oscuro personaje, a quién empezó a conocerse con el nombre del Duende de Palacio2. Estamos hablando de Fernando de Valenzuela. Page 185

El camino de ascenso hacia el poder de un intruso en la Corte de Madrid

La razón de ese singular apelativo estuvo relacionado con el hecho de que doña Mariana, aislada por su posición y su temperamento de los rumores y comentarios que circulan por la Corte, resultaba estar puntualmente informada de todo lo que acontecía, tanto en las relevantes cuestiones de Estado, como en aquellas que hacían relación con las más pequeñas e insignificantes minucias. Pero la ira popular se plasmaría en numerosas obras que satanizaban a este personaje, entre las que cabría citar esa que rememora, desde un tono despectivo, el origen y ascenso de este primer ministro, titulada "La pérdida de España"3, cuyo autor sería un tal Mariana. Y en cuya introducción encontramos los fines de la misma:

"Escríbela la pluma del tiránico parecer de Eugenio, de que al poder del dominio nada es injusto siendo útil. Dedicada al excelentísimo señor don Fernando Valenzuela. Imprímese en la Casa de la Contratación. Imprenta Real a costa de la abandonada honra y servil sufrimiento de los españoles, vendérase en Ginebra, y en todas las partes donde hubiere libertad de conciencia.. ."4.

En efecto, aunque muchas serán las obras que durante ese período histórico circulasen, tanto en la Corte como fuera de ella y con mayor o menor profusión, será esta titulada "La Pérdida de España", la que a nuestros ojos tenga un mayor calado. En ella el autor dedicará enormes esfuerzos a criticar profundamente la figura de Fernando de Valenzuela. Valga como mero ejemplo la introducción a la misma, en donde a la hora de presentarnos al futuro valido de la Monarquía lo hará del modo siguiente:

"Fenecidas por entonces las materias de Su Alteza mirándole con la estimación de sus hijos, corría el gobierno sin lengua y sin voz, como ofuscado entre escondidas entrañas de ambición y pasiones desenvueltas... la majestad de su poder encendió las ansias de su odio para la satisfacción de intentar la fábrica de un monstruo aborto de la tiranía y de la deshonra de España. Empezose a manifestar en los principios con título de Duende (presagio de creación del demonio), corriendo por su manufactura los negocios de las ventas de oficios. Sintió este primer efecto el Consejo de Indias... y hallaban su inclusión sin causa de entendimiento, ni mérito".

Sobre su meteórico ascenso, esta obra intenta buscar a los artífices de la misma, entre ellos -y a pesar de los desmentidos- se atreve a citar al jesuita Nithard:

"Unos decían que había sido el trujamán del padre Everardo para sus inteligencias secretas, y que esta habilidad le había adquirido la singular recomendación que hizo el padre Everardo con la Reina al tiempo de su expulsión... pero los padres de la compañía han querido desmentir esto con decir que antes don Fernando Valenzuela fue el único instrumento que venció a la Reina para apartar de su lado y de España al padre Everardo, para levantarse él únicamente con la voluntad de la Reina..."5 . Page 186

Pero todavía hay mucho más. Ciertos partidarios de don Juan de Austria calificaban a Valenzuela, y sus méritos para haber logrado su meteórica ascensión al hecho de ser el bufón de las conversaciones ajenas, y otras prácticas que consideraba abiertamente indeseables:

"... don Fernando de Valenzuela, cuyos méritos y experiencias grandes son el calificarles sus principios de paje, sus medios el haber sido bufón de las conversaciones, el de alquilarse a moderado precio para festejar las damas cortesanas de otros, cantando sus tónicos, el de andar hambreando con ostentación de palillo y regüeldo de berzas, el haber encontrado con la del buen Ucedo para matrimoniarse, y las artes mágicas de su tía la azafata, el continuar las penitencias de su estómago con el mediano alivio del cuartillo de vino y panecillo que le solía dar el sacristán de San Jerónimo, en la ocasión de hallarse Su Majestad en El Retiro que fue la que más descubre los principios de su elevación, y la deshonra de España.

Manifestándose entonces profanado aquel templo, el más soberbio y absoluto infame con sacrilegios, descargos que se les acusan las losas y tribunales de la reprehensión y amenazas del sacristán, y la confusión de algunos monjes santos y doctos que tuvieron noticia. La transformación que hizo de hombre en perro, el respeto y lealtad del que le vio a deshora en las salas de palacio, el carabinazo tan mal tirado que le dieron en castigo, las voces exclamatorias que le oyeron muchos al duque de Montalvo, de que Dios no le quitase la vida hasta verle a este pícaro bañado en la sangre del color de su púrpura, el haber adolecido de la herida para mayor desvergüenza, el ser el entremetido, la dueña y el soplón de las confidencias y atrocidades del padre Everardo, el ser Duende, o demonio para vender la justicia, todos los puestos seculares y dignidades sagradas, y el haber tenido esta infeliz monarquía en su menor edad una Reina tutora y gobernanta que a menudo, aborreciendo a su hijo y su reino, y teniendo teatino que la confiese ha procurado para saciar su hidropica avaricia y libertad de conciencia en soberanizar este monstruo.. ."6.

En el ejercicio de algunas de sus funciones Valenzuela mostró un excelente talante. Así, frente a la rigidez y sobriedad de la Corte en épocas del jesuita Nithard, abundaban ahora los regocijos y las representaciones de comedia, lo que vino a conseguirle un importante apoyo del estamento popular. Lejos quedaban aquellos compromisos que el príncipe don Juan exigía en Torrejón de Ardoz, cuando señalaba, como uno de los pilares de su programa, la necesidad de contar con ministros celosos, competentes y...

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