Narrativas de la memoria: odio y venganza en las calles de una ciudad colombiana: el caso de Pereira

Autor:Carlos Alfonso Victoria
Páginas:160-177
RESUMEN

Esta selección de crónicas tiene la característica que nos narra y resume Colombia desde una ciudad capital del centro del país: Pereira. Se trata de una ciudad joven, comercial, que tiene en este momento una de las tasas más altas de personas que viven en España. Por su posición geográfica en esta ciudad se producen y reproducen las distintas fuerzas generadoras de violencia.

 
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Las calles del olvido, por las cuales discurren estas historias, han sido acorraladas por la sangre de miles de víctimas, la mayoría bajo el molde de los titulares de prensa, pero también bajo la férula institucional de la impunidad que las cobija en su desmemoria. Morir violentamente en las calles de Pereira, Colombia, es el correlato de una carnicería que no cesa, porque de esta manera se salda el pacto mortífero del desarrollo, pero también del desarraigo, de la crueldad en la que se cimenta una sociedad malditamente desigual. Las historias aquí esparcidas en varios actos viajan tras el viento seco de las borrascas del ímpetu narco que penetra los poros de amplios sectores de la población que no se sorprende con los asesinatos selectivos o las matanzas cotidianas, porque, al contrario, bebe de este luto para continuar su marcha carroñera adonde sea, adonde la incertidumbre los lleve. Calles transformadas en territorios de miedo, repletas de guerras y guerritas, en las que se cocinan generaciones enteras de niños sicarios, y en las que el Estado, o lo que queda de él, no parece tener vela en el entierro.

Los relatos incorporados en este texto forman parte de la investigación sobre Territorios de miedo (2002), y su intención no es otra que rastrear el ethos cultural en el que se reproduce la violencia urbana, como si se tratara de una partitura de una obra póstuma. Son estas palabras las que a diario tejen las conversaciones y los imaginarios de una comunidad que ha hecho de la violencia sicarial el pan de cada día. Esta ciudad quizá pudo haber sido una de las primeras que en Colombia vio ante sus ojos la política de las ejecuciones extrajudiciales, bajo el terror de las denominadas limpiezas sociales. Como se puede apreciar en varios testimonios recogidos a lo largo del trabajo de campo, la recurrencia a dichas prácticas está incubada y legitimada hasta por líderes sociales que de esta forma han ganado prestigio en los barrios, como si se tratara de una lógica consentida de construcción de poder, tras el amparo institucional de recurrir a dichos atajos ante la ingobernabilidad que brota de las camadas de injusticia, plagadas de miles de niños y jóvenes sumidos en la miseria, y cuyo primer juguete es un revólver falso, pero revólver al fin y al cabo.

En estas historias recogidas a pie de calle se percibe que el odio y la venganza agitan la violencia cotidiana, como si se tratara de una fórmula a la que no pueden escapar hombres y mujeres, salidos de los rincones del barrio bajo, del barrio que alberga las ollas donde se distribuye estupefaciente al detalle, donde las clases altas se aprovisionan para saltar al unísono de una rumba que derrumba todo lo que suene a ley. Pereira,

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capital del departamento de Risaralda, otrora fue considerada como una de las ciudades que basó su desarrollo en el negocio del café, ahora -pírricamente- es la capital de las remesas en Colombia. Miles de sus hijos e hijas han tenido que marchar a España, y los más afortunados a Estados Unidos, y otros osados al Lejano Oriente, huyendo del desempleo. En la actualidad (2009) ostenta la tasa más alta de desempleo de todo el país, con el 21,3 %, según las autoridades oficiales. Antes era corriente ver a los pereiranos, con sus familias enteras, a orillas de un río cercano, pescando. Los aprendí a distinguir porque mi padre siempre nos enseñó a quererlos por su amabilidad, su simpatía, y sobre todo por su hospitalidad. Gente buena, trabajadora y graciosa, los pereiranos sufren desde hace tres décadas una violencia que no se merecen, pero que se ha enquistado para quedarse, como el olor rancio de los muertos insepultos. A este ritmo libretistas y canales de televisión se han inspirado para producir series como «Sin tetas no hay paraíso», al tiempo que crece el negocio de funerarias, centros de rehabilitación de drogadictos, centros comerciales, espás y gimnasios, donde las agallas de los pistoleros se hacen sentir sin misericordia. Dicen que el olor a dinero, el cual invade la ciudad, atrae no sólo a inversionistas.

La historia delictiva de la ciudad ha sido objeto de diversas indagaciones y observaciones; unas derivadas de su impacto sobre el sistema de salud pública, y las más recientes de origen interdisciplinario, como el reflejo, quizá, de un problema en el cual ya no solamente son los tradicionales actores institucionales los encargados de ofrecer explicaciones; cada vez más ciudadanos, medios de comunicación, dirigentes políticos, empresarios y organizaciones civiles, principalmente, contribuyen con sus propios puntos de vista al debate y argumentación del asunto. Para algunos investigadores, como el caso de Marco Palacios (1995), no es coincidencia que la más alta incidencia de criminalidad tenga en la mayor heterogeneidad cultural a uno de sus protagonistas, que, en el caso de Pereira, podría constituirse en una de tantas fuentes explicativas sin convertirse en un estigma de corte xenófobo.

Contexto: el país de las orillas

Hay una Colombia de las márgenes y otra de las orillas. Hay una Colombia de los límites y otra de las fronteras. Hay una Colombia de los umbrales y otra de las agonías. Hay una Colombia de los andariveles y otra de los empedrados. Hay una Colombia de los caminos y otra de los atajos. Hay una Colombia de los senderos y otra de las trochas. Hay una Colombia de las autopistas y otra de los deshechos. Hay una Colombia de las riberas y otra de los ribetes. Hay un país del sagrado corazón y otro del corazón que sangra. Hay un país de los aspavientos y otro de los vendavales. Hay un país de las aceras y otro de las calles. Hay un país humanitario y otro autoritario. Hay un país de dóciles y otro de insumisos. Hay un país de parias y otro de paras. Hay un país de palomas blancas y otro de águilas negras. Hay un país que se ahoga y otro que muere de sed. Hay un país de ciegos y uno más de sordos. Hay un país de muerte y otro de vida. Hay un país de miedo y uno más de espanto. Hay una Colombia de víctimas y otra de victimarios. Hay una Colombia de ricos y otra de pobres. Hay una Colombia de narcos y otra de tercos. Hay una Colombia del silencio y una más que enmudece. Hay una Colombia de desaparecidos y otra de invisibilizados. Hay una Colombia que adora la guerra y otra que añora la paz. Hay una Colombia orquestada y otra desbaratada. Hay una Colombia plagada de fosas comunes y otra de fosas nasales. Hay una Colombia de desplazados y una más de desterrados. Hay una Colombia anoréxica y una más que padece hambre. Hay una Colombia de desempleados y una más de rebuscadores. Hay una Colombia que goza y otra

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que sufre. Hay una Colombia de matanzas y otra que danza. Hay una Colombia de sueños y otra de frustraciones. Hay una Colombia que se ve en el espejo y otra muy distinta que se asoma a la ventana. Hay una Colombia de caminos y una más de caminantes. Hay una Colombia religiosa y otra que no profesa credos. Hay una Colombia de empresarios y otra muy distinta de emprendedores. Hay una Colombia de jóvenes despiertos y otra de jóvenes dormidos. Hay una Colombia del olvido y otra de la memoria. Hay una Colombia de casas y otra que no tiene caso. Hay una Colombia de los libros y otra de liebres. Hay una Colombia de roedores y otra de rodeos. Hay una Colombia de emergentes y otra de resignados. Hay una Colombia de valientes y otra de cobardes. Hay un país embrujado y otro de hogueras. Hay un país de mafiosos y uno más de tramposos. Hay una democracia de políticos y una sin ciudadanos. Hay gobiernos de intereses y otros de exclusiones. Hay periodistas autocensurados y otros amangualados. Hay comunicadores exiliados y otros más ultimados. Hay curas oxidados y muchos más extra-viados. Hay periódicos que sirven para recoger la basura y hay basura que hace las veces de periódico. Hay Mesías pero también profetas. Hay fútbol pero no hay selección. Hay una Colombia de pie y otra que se arrodilla. Hay fango pero también loto. Hay llanto pero también risa. Hay país, hay orillas...

Acto 1 «El día que me atraquen me tienen que matar»

Estas palabras las pronunció un mes antes de caer asesinado Rómulo Caviedes, un hombre que le entregó lo mejor de su vida a la Policía Nacional hasta alcanzar su jubilación. Dedicado a actividades comerciales junto a sus tres hijos, don Rómulo aprendió en esa institución a no tener miedo a nada. A mediados de la década de los años setenta sobrevivió a una emboscada de la guerrilla en un paraje rural del norte del Valle. Otros episodios similares, donde su vida estuvo expuesta al peligro, le inculcaron un carácter recio pero apacible.

Una vez retirado de dicha institución se colocó al frente de una pequeña tienda, que aún surte los hogares de un sector residencial de la ciudad. Como tantos otros lugares, este negocio poco a poco se fue convirtiendo en un improvisado tertuliadero de vecinos que allí encontraban a alguien con quien conversar. «Las tiendas son el termómetro de los barrios. Aquí nos damos cuenta qué piensa y siente la gente. Aquí tienen a alguien con quien desahogarse», afirma su hijo Mario, heredero principal del negocio.

Mucho antes de que dos jóvenes le dieran muerte, Rómulo ya había sido visitado por otros atracadores. «En esa oportunidad llegaron tres muchachos, armados y en una motocicleta TS-185. Se llevaron varias botellas de licor y 24.000 pesos que había en la caja...

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