Mos Itallicus y los juristas catalanes

Autor:D. Luis Figa Faura
Cargo del Autor:Notario
 
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MOS ITALICUS

Y LOS JURISTAS CATALANES

CONFERENCIA

PRONUNCIADA EN LA ACADEMIA MATRITENSE del Notariado el día 22 de febrero de 1974

POR

D. LUIS FIGA FAURA

Notario

Creo que el hecho de haber elegido para esta conferencia el tema que comprende su enunciado exige, si no la presentación de excusas, sí, por lo menos, una justificación suficiente; y esta justificación creo puedo encontrarla (y ofrecerla a este auditorio) en los tres hechos siguientes:

En primer lugar, la declaración contenida en las conclusiones aprobadas por el II Congreso Jurídico Catalán, incluidas en el volumen recientemente publicado, según la cual el Derecho de Cataluña se ha construido sobre los cimientos del «jus commune» estudiado e interpretado «more itálico» por lo que debe estimarse viciosa la pretensión de aplicar directamente las normas del «Corpus juris» y del Derecho canónico y errónea la práctica de utilizar la doctrina de los pandectistas alemanes y de los romanistas modernos. Declaración importante que obliga a profundizar el derecho catalán por vías un tanto abandonadas y que justifica cualquier esfuerzo que en tal sentido se haga.

Declaración que precedió en pocos meses a la magistral conferencia dada desde esta misma cátedra por el profesor José Luis dé los Mozos, durante el curso pasdo, sobre el tema «Mos gálicus en la escuela de Salamanca»; y este es el segundo hecho que justifica el tema de hoy. José Luis de los Mozos compuso, con firme pincelada, una de las hojas que componen el díptico de los más característicos sistemas jurídicos españoles; la tentación de completar aquel díptico aun contando con que atreverse a ello supone resignarse a una comparación en la que quien os habla lleva todas las de perder era demasiado fuerte como para no sucumbir a ella.

Pero existe, aparte de las mencionadas, otra circunstancia que justifica el tema. En su estudio se plantean o, mejor dicho, sé vuelven a plantear problemas importantes para nosotros y para hoy; el crucero histórico a tiempos aparentemente alejados de nosotros y de nuestros problemas no tiene finalidades evasivas, sino todo lo contrarío. Quiero decir con ello, que, si consigo captar vuestra benevolencia y vuestra atención, no saldréis de esta sala con la sensación de haber vivido inútilmente una hora en tiempos y lugares remotos, sino con la de encontrarnos, quizás no muy confortablemente instalados, en problemas muy actuales y excitantes.

Con el tema de la conferencia pronunciada por el profesor De los Mozos y con el que hoy es objeto de desarrollo queda montada y a la vista la contraposición «mos itálicus» y «mos gálicus» con la cual se exterioriza el cisma que a fines del siglo XV dividió profundamente el mundo jurídico europeo.

Cisma cuyo origen ha sido perfectamente localizado en las personas, en el tiempo y erí el espacio.

Podemos imaginarnos una ciudad, pequeña pero orgullosa de su historia y de sus hijos: Pavía. Y un momento: Primavera de 1433. Pavía es un gran recuerdo histórico la nada menos que capital de la monarquía longobarda y una pequeña realidad actual: una Universidad en decadencia formada por las consabidas facultades de Artes, Teología y Derecho. Los estudios jurídicos se desarrollan rutinariamente, ocupados en la transmisión de una ciencia que parece se ha detenido en la contemplación pasiva de los grandes personajes ya idos para siempre: Justiniano llamado así porque fue justísimo e hizo reinar la justicia entre sus subditos, según reza la primera glosa al Digestum vetus, Accursio, el ordenador de toda la ciencia jurídica acumulada desde Irnerio; Bartolo y Baldo, los grandes autores, las indiscutibles autoridades que presiden la interpretación y aplicación del Corpus Juris.

Contigua a ella pero en contraste con ella, otra facultad: la de Artes, donde fermentan doctrinas nuevas y donde bullen personajes peligrosos: los que más tarde serán llamados humanistas y consituyen el origen de este enorme fenómeno llamado Renacimiento. Entre estos personajes, Lorenzo Valla: que con sus veintinueve años es ya conocido por su extraordinario saber clásico.

Y, rodeado de este escenario, una anécdota al parecer sin importancia. Un jurista discute con Lorenzo Valla y, en el calor de la discusión llega a decide que el mismísimo Cicerón queda pequeño ante la gigantesca figura de Bartolo de Sassoferrato; y que la más insignificante de las obras de éste, el librito titulado «De Insignis et armis» deja en la sombra y sobrepasa en ciencia, belleza y erudición a la más grande de las obras que aquél haya podido escribir.

Lorenzo Valle no sabe derecho; pero sabe latín y tiene a su lado un asesor en la figura de un mediocre jurista con veleidades literarias: Catóne Saco. Azuzado por éste y caldeado por la indignación que le produce la desmesurada alabanza de un libro cuyo título denuncia escandalosamente que su autor no sabe cuál es el ablativo de la palabra «Insignia», escribe en una noche una carta que más tarde dedicará a Pier Cándido Decembrio, en la que vuelca toda su capacidad de inventiva que no es poca:

¿Acaso no es indigno, ¡oh Cándido! y difícil de soportar por nosotros que tantos libros carentes de ciencia y burdamente escritos no sólo no sean arrojados públicamente a las llamas, según la costumbre de nuestros antepasados, sino que tengan partidarios y panegiristas que no se avergüenzan, no digo de comparárselos, sino incluso de preferirlos a los grandes autores? y esto en casi todas las artes y disciplinas liberales; pero de las restantes hablaré en otro momento, porque ahora he decidido hablar contigo brevemente de los escritores de derecho civil... De estos jurisperitos de que hablo no hay casi ninguno que no sea despreciable y que no parezca ridículo; en ellos se da la ignorancia de todas aquellas doctrinas que son dignas de un hombre libre, y principalmente de la elocuencia que todos los jurisconsultos antiguos estudiaron con suma aplicación y sin la cual sus libros no pueden ser comprendidos; y ello con tal embotamiento del ingenio, con tal debilidad y estulticia de la mente, que me duelo de la suerte del propio derecho civil por su carencia de intérpretes o, más bien porque no carece de los que ahora tiene. Ciertamente vale más no escribir que tener a bestias como lectores, pues éstos lo que tú ya discurriste sabiamente o no comprenderán nada proque son bestias, o lo explicarán a otros con falta de sabiduría. Por esto no puedo contenerme en desear mal para aquel que fue culpable de todo; así pues, ojalá los dioses te castiguen, injustísimo Justiniano, que abusaste del poder del Imperio para ruina de los buenos e ilustres ciudadanos. Porque, ¿quién más injusto que tú si por envidia te preocupaste de aniquilar a aquellos jurisconsultos deseando que en Constantinopla a donde se había trasladado la sede de nuestro Imperio no venciéramos por la abundancia de libros y por la autoridad de los escritores o, más imprudente, si esperaste que los siglos posteriores iban a abstenerse de comentarlos? Así pues, mira lo que has hecho y, dondequiera que estés, confiesa que obraste mal e inconsideradamente a no ser que te alegres de nuestra desgracia que hace que, en lugar de Sulpicio, Scaevola, Paulo, Ulpiano y los otros para decirlo más delicadamente cisnes a los que tu águila quitó la vida cruelmente, hayan sucedido los patos Bartolo, Baldo, Accursio, Diño y los demás; especie de hombres que no hablan lengua romana, sino bárbara; que no lleva consigo ninguna urbana civilidad, sino agreste y rústica barbarie; que no son cisnes, sino patos y no de los que custodian el Palatino y el Capitolio de los ladrones nocturnos, sino de los que en caminos y avenidas, ante la presencia de quien pasa de largo, hacen ruido, vociferan y alborotan ciudades y aldeas, pretendiendo oh cosa prodigiosa y horrenda tener voz y canto de cisnes

.

Así continúa Lorenzo Valla, en un crescendo que le hace terminar el exordio con las siguientes líneas:

Tan lejos estoy de pensar bien de Bartolo y de compararle con Cicerón que me atrevo a jurar que si Tirón, liberto de Marco Tullí o, hubiese tenido a Bartolo como esclavo, nunca le hubiese juzgado digno de libertad. Y para empezar a mostrar la ignorancia y estulticia de éste, conviene, ante todo, juzgarle brevemente y en compendio; y digo que, fuera de aquello que está fundado en una cierta inteligencia común, todas las demás cosas contenidas en este libríto son inútiles y llenas de una odiosa y perversa solicitud cual son casi todos los libros de nuestros jurisperitos de tal modo grandes y pesados que han de ser llevados no por hombres sino por asnos

.

La carta, repartida, copiada, leída, comentada, produjo en el hasta entonces tranquilo ambiente universitario de Pavía, los efectos de un terremoto. Y la reacción de los juristas fue tan airada que Lorenzo Valla sólo pudo salvar la vida refugiándose, gracias a su gran amigo el Panormita, en una iglesia. A los pocos días, Lorenzo Valla abandonaba silenciosamente la ciudad y la cátedra, a las que no volvería nunca más.

Los hechos narrados no fueron una tempestad en un vaso de agua. Todos los historiadores han visto en ellos un aspecto parcial del gran combate que entre el Renacimiento y la Edad Media entonces se iniciaba y que terminaría con la total victoria de aquél. Los juristas, quizás algo precipitadamente, han precisado un poco más; la carta de Lorenzo Valla desata la lucha entre el humanismo y el escolasticismo jurídicos: lucha que tendrá un final conocido: el humanismo, desembocando en el mos gallicus conseguirá la adhesión de las mentes más progresivas y, a través de etapas conocidas, llevará a las codificaciones modernas. El escolasticismo, continuará, con el hombre de mos italicus una vida vegetal y decadente hasta el desaparecer en una muerte ingnorada y silenciosa.

Este esquema ha sido admitido sin discusión con efectos un tanto anómalos. Por ejemplo, la casi total falta de estudios monográficos sobre los grandes juristas italianos posteriores a Alciato; por ejemplo, la...

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