Locura Cantábrica, o la república en la monarquía. Percepción ilustrada de la constitución Vizcaína

Autor:José María Portillo Valdés/John Geddes
Páginas:749-775
RESUMEN

1. De las historias al fuero. 2. Algo de geografía y de viajes. 3. Un ilustrado escocés encuentra el fuero de Vizcaya. Apéndice.

 
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1. De las historias al fuero

Locura cantábrica llama injustamente Estrabón a aquel desprecio de la vida, debiendo llamarla más propiamente prueba cierta de la inviolable constancia de los vizcaínos en dar la vida por no quedar a riesgo de manchar la verdadera religión, y por defender la libertad, usos, costumbres, Fueros y Leyes de su amada Patria, haciendo siempre muy especial estudio de vivir ajustados a las de sus fieles y gloriosos antepasados, observando las reglas que les dejaron

1. La «locura cantábrica» que Estrabón adjudicaba injustamente a los vizcaínos no era para Pedro de Fontecha y Salazar sino manifestación de un carácter propio del territorio que «nunca perdió la nativa libertad y Fueros», de un Señorío de Vizcaya que antes de lo primero ya había sido lo segundo: territorio antes que dignidad, república antes que señoría. No tenía el consultor del Señorío tampoco por necesario que esto se probara por instrumentos jurídicos positivos, bastando la autoridad de la Historia, de las Historias: «Tan antigua es la primitiva fundación de Vizcaya, que no es posible dar más instrumentos de su comprobación que las Historias, a las cuales en estos casos se da crédito» 2. Tampoco inventaba en su narración Fontecha, simplemente utilizaba una tradición historiográfica ya plenamente consolidada, especialmente para Vizcaya3.Page 750

Las Historias probaban que Iobel, Tobel o Tubal, hijo de Jafet y nieto de Noé había comenzado a poblar España por las «Tierras de los vascones y de sus finitimos los guipuzcoanos, alaveses, vizcaínos y montañeses». Era hecho preñado de consecuencias para la correcta comprensión constitucional de Vizcaya: «Y así los descendientes de aquéllos, llegados en Cantabria, hicieron sus estancias y habitación por las alturas de sus montes, que son las que llamamos caserías y solares de infanzones, que retienen desde aquel tiempo sus apellidos del propio idioma vascongado» 4. Las Historias, así, establecían una identidad del territorio vizcaíno en la profesión de la verdadera religión, el uso de lengua babélica y el dominio originario del territorio por los ascendientes de los infanzones vizcaínos. Vizcaya podía tenerse por útero y los vizcaínos por semilla de España5. «Para semilla que reprobase esta península fueron reservados los antiguos cántabros: recibieron esta honra de la mano de su Jaungoycoa, por la razón de haber venerado al Dios verdadero»6. Lo esencial respecto de la tierra de Vizcaya se contenía en esa identidad nuclear, en su relación con religión, lengua y libertad; con su población originaria desde el desembarco por estas latitudes de Tubal y los suyos, la comunión constante con la religión del único Jaungoikoa verdadero y la señal de todo ello en la extraña forma de hablar de sus naturales: la tierra de Vizcaya era suya. Debía constituir patrimonio de los descendientes de aquellos bíblicos orígenes: era su solar y casería.

Pedro de Fontecha escribe su Escudo a comienzos de los años cuarenta del setecientos con el fin de fundamentar la resistencia que el Señorío de Vizcaya hizo al nombramiento de Manuel Antonio de Horcasitas como «Veedor del Contrabando de Mar». Se trataba de preservar un espacio jurisdiccional que se entendía ya establecido en el mismo Fuero o derecho propio de Vizcaya, lo que el Señorío dio por realizado en el momento en que la jurisdicción de contrabando fue restituida al corregidor de Vizcaya y Horcasitas considerado ya sólo «administrador de la aduana»7. Con la finalidad de argumentar sólidamente en favor de una concepción del Fuero como ley fundamental de Vizcaya, construye Fontecha un texto que el gobierno del Señorío utilizó profusamente en sus representaciones y memoriales, envió al Consejo e, incluso, imprimió junto al Fuero en 1763 por considerarlo una elocuente interpretación de la constitución vizcaína. La for-Page 751tuna del texto fue, por tanto, evidente más allá también de la orden del mismo Consejo para que fuera recogido y retirado por carecer de la pertinente licencia de impresión. De hecho, el de Fontecha puede tenerse por el texto que consolida a mediados del siglo XVIII una interpretación del derecho de Vizcaya que llega hasta su reformulación decimonónica entre las obras de Francisco de Aranguren y Sobrado y de Pedro Novia de Salcedo8.

Había encontrado Fontecha en las Historias fundamento sólido para un principio esencial de identificación de Vizcaya. Debía, sin embargo, a la altura de mediados de la centuria, ofrecer también algo más. Era preciso que aquella información de las Historias pudiese también consolidar un argumento jurídico político que permitiera presentar a Vizcaya como territorio y a su Fuero como su derecho. Cierto que para establecer la conexión contaba el consultor vizcaíno con apoyaturas. La primera y esencial la que derivaba directamente de aquella identidad radical que en los primeros párrafos de su texto había tenido buen cuidado de establecer, y que estaba ya sustentando una idea de posesión inmemorial de la tierra por los vizcaínos. Este era el dato previo a la formación de los antiguos imperios, de aquellas formas políticas más efectivamente dominadoras.

Era posible argumentar que ante el más paradigmático, el romano, el territorio de Vizcaya no había llegado propiamente a someterse, sino a establecer una forma de relación que también señalaría ya históricamente al territorio: «Tan enajenados y separados, como todo esto, estuvieron siempre los vascongados de los romanos: prueba evidente de que nunca les estuvieron sujetos los que permanecieron en su lengua nativa: pues así como tomar la extranjera es señal de imperio y sujeción, el retener la materna debe ser indicio cierto de libertad y exención. Si algún mando tuvieron los romanos, fue limitado, más que dominantes de confederados»9. A un territorio con sólida identidad basada en religión, lengua y libertad cuadraba mejor esta forma de relación confederal, de mutua fidelidad establecida sin dominio ni vasallaje. Idéntico fundamento tenía la relación con la monarquía goda con la que, seguían enseñando las Historias, Vizcaya sólo había mantenido relación, como cabía esperar, una vez abjurada la herejía y «preservando siempre con ciertos pactos la pura observancia de los usos, costumbres, Fueros, Leyes y Ritos»10.

Estaba Fontecha reconstruyendo una historia de libertad del territorio en el contexto de los imperios antiguos y medievales. Estaba, en realidad, recompo-Page 752niendo una imagen republicana de Vizcaya que le consiente también imaginar, perdón, narrar otra Historia que hablaba del modo en que, disuelto ese «Imperio de los godos», los vizcaínos habían elegido señor en la persona de don Lope Zuria, el caballero blanco hijo de una princesa escocesa y vencedor de Ordoño el leonés en la «Batalla y victoria de Arrigorriaga», el tremendo lance ocurrido en el lugar de Padura: «congregados los vizcaínos so el árbol de Guernica en Junta general le tomaron y eligieron por protector, y señor de Vizcaya asentando y capitulando en el mismo acto ciertos pactos y condiciones para la perpetua observancia de los usos, costumbres, Fueros y Leyes que tenían establecidas, para que el señor y sus sucesores les gobernasen por ellas, mas sin que pudiesen tener facultad de alterarlas en manera alguna. De tal suerte coartaron la potestad legislativa»11. El momento era nuclear para la oferta de historia republicana que Fontecha realiza, al fundarse así una dinastía señorial de Vizcaya sobre los cimientos de una previa y constante identidad esencial del territorio que ahora puede ya tener también expresión jurídica: «por no ser sus Leyes de la naturaleza de los Estatutos, sino que muy propiamente tienen concepto de derecho común de los vizcaínos»12. Lo permanente e idiosincrásico de Vizcaya era su conjunto de usos, costumbres, Leyes y Fuero; lo accidental y accesorio, la dignidad señorial. De ahí las posiciones respectivas que podían deducirse entre el derecho propio y el señor de la coartación de la capacidad legislativa que dice el texto: libertades y derechos «deberán guardarse y cumplirse inviolablemente no atravesándose peligro de la salud eterna, perjuicio o daño principal de la República, sin embargo que esté proveído lo contrario por otra cualquiera ley positiva del soberano» 13. La ley positiva era menos que las leyes y libertades de la tierra, porque ésta constituía ya de por sí república, comunidad identificada por sí misma e identificadora también de sus miembros, los infanzones o hidalgos que las Historias conectaban con los pobladores originarios y sus dominios, casas y solares.

No es mera casualidad tampoco la coincidencia temporal con la valoración que el jesuíta Manuel de Larramendi hacía entonces de la provincia de Guipúzcoa como mayorazgo cuyo titular eran los mismos hidalgos provinciales qua communitas. Era otra manera efectiva y muy operativa en su ambiente de denotar la especificidad territorial de Guipúzcoa, de su señoría colectiva y la forma de sometimiento voluntario a la estructura política superior que constituía la monarquía. Lo más relevante no es que lo dejara consignado Larramendi por escrito en unas Conferencias que entonces no pasaron por las prensas, sino que se fuera convirtiendo esa imagen en uno de los lugares más comúnmente manejados en los ambientes cercanos a las instituciones de gobierno provincial y, no tan oca-Page 753sionalmente como pudiera pensarse, en la corte14 No hacía en sus escritos desde luego el jesuita guipozcoano piruetas en el aire: le respaldaban también Historias que informaban de un poblamiento original, una identidad religiosa y lingüística y una génesis autónoma de un derecho propio de la tierra, de unos derechos y libertades así de sus moradores originarios y su descendencia. Le respaldaba también la configuración moderna de un cuerpo de provincia...

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