Eso que llaman Estado. Una misma ley para todos y todos iguales ante la ley

Autor:Enrique San Miguel Pérez
Páginas:35-50
 
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2. ESO QUE LLAMAN ESTADO. UNA MISMA LEY PARA
TODOS Y TODOS IGUALES ANTE LA LEY
“Fue señor de sus afectos, gobernándose más por dictáme-
nes políticos que por sus inclinaciones naturales. Reconoció
de Dios su grandeza; y su gloria, de las acciones propias, no de
las heredadas. Tuvo el reinar más por ofi cio que por sucesión.
Sosegó su Corona con la celeridad y la presencia. Levantó
la Monarquía con el valor y la prudencia, lo afi rmó con la
religión y la justicia, la conservó con el amor y el respeto, la
adornó con las artes, la enriqueció con la cultura y el comercio,
y la dejó perpetua con fundamentos e institutos verdaderamen-
te políticos. Fue tan rey de su palacio como de sus reinos, y
tan ecónomo en él como en ellos”22.
Naturalmente, el gran pensador de la España de Felipe IV se
refería al rey Fernando, II en Sicilia, II en Aragón, III en Nápo-
les, I en Navarra, y V en Castilla, muy distante de las formas de
creación, y en concreto de una literatura y de un cine que nunca
han acertado a dedicarle una obra mayor, pero muy próximo al
pensamiento de los más grandes desde Nicolás de Maquiavelo.
22 SAAVEDRA FAJARDO, D.: Empresas políticas. Edición, introducción y
notas de Francisco Javier Díez de Revenga. Barcelona. 1991, pp. 679-680:
“Mezcló la liberalidad con la parsimonia, la benignidad con el respeto, la
modestia con la gravedad y la clemencia con la justicia... Perdonó las ofensas
hechas a la persona, pero no a la dignidad real... Antes aventuró el Estado que
el decoro. Ni le ensoberbeció la fortuna próspera, ni le humilló la adversa. En
aquélla se prevenía para ésta, y en ésta se industriaba para volver a aquélla.
Sirvióse del tiempo, no el tiempo de él... Se hizo amar y temer... Oía para saber
y preguntaba para ser informado. No se fi aba de sus enemigos y se recataba
de sus amigos. Su amistad era conveniencia. Su parentesco, razón de Estado...
Ni a su majestad se atrevió la mentira, ni a su conocimiento propio la lisonja.
Se valió sin valimiento de sus ministros. De ellos se dejaba aconsejar, pero no
gobernar. Lo que pudo obrar por sí no fi aba de otros. Consultaba despacio y
ejecutaba deprisa”.
ENRIQUE SAN MIGUEL PÉREZ
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Fernando, después Rey Católico, fue una personalidad decisiva
no sólo en la obra de concentración de poder que compartió con la
reina Isabel de Castilla, sino también, después de su fallecimien-
to, en la capacidad para encarnar la inteligencia de un complejo
político en donde cada reino conservaba su singularidad jurídico-
pública, pero al mismo tiempo coadyuvaba a la construcción de
un proyecto político compartido, que convertía al rey de Aragón o
de Nápoles en conde de Barcelona y gobernador de Castilla, pero
al servicio de una misma lógica política que tanto fuera (sobre
todo), como dentro de los reinos hispánicos, sería desde entonces
conocida como España.
Octavio Paz, sin embargo, habría de sintetizar muy bien la ver-
dadera signifi cación política, jurídica e institucional del edifi cio
que, sobre la base de las formas de representación y gobierno de
las Coronas bajomedievales hispánicas, se levantó a lo largo de
toda la Edad Moderna, con la que se funde, para abrir una nueva
Era de la historia universal, entre otros motivos, por la origina-
lidad, solidez y funcionalidad de las nuevas soluciones políticas
aplicadas:
“El Imperio español, cualquiera que sea nuestro juicio
sobre su signifi cación histórica, fue un edifi cio político im-
ponente. Si fue asombroso el descubrimiento y la conquista
de América, no lo fue menos la construcción de una compleja
arquitectura social y administrativa que no se disgregó sino
hasta comenzar el siglo XIX. El Imperio tuvo que enfrentarse
a dos obstáculos en apariencia insuperables: la heterogeneidad
de los pueblos que lo componían y la enorme extensión de su
territorio”23.
23 PAZ, O.: Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe. Barcelona.
1982, p. 193: “En cuanto a lo segundo: hay que pensar, para tener una idea
de lo realizado, en los limitados medios de comunicación de que disponía el
poder central antes de la invención de la navegación de vapor. Los viajeros
se embarcaban en Cádiz y unos noventa días después, tras escalas en las
Canarias y en las Antillas, llegaban al insalubre Veracruz. No un destino sino
una pausa: ahí comenzaban el lento ascenso hacia el altiplano y sus ciudades.
Desde el desembarco, los viajeros se enfrentaban a la otra realidad que, junto

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