Islams y Occidentes: límites de la interpretación esencialista

Autor:Enrico Ferri
Páginas:77-102
RESUMEN

El autor destaca y critica la llamada interpretación esencialista del Islam, difundida no solo en algunos entornos del orientalismo europeo y americano, sino también en contextos intelectuales de las más variadas orientaciones políticas. Según estas visiones, el Islam sería en su naturaleza y esencia “intrínsecamente incompatible” con Occidente. De esta forma se identifica, como hace Huntington... (ver resumen completo)

 
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“Cualquier persona con sentido común, debería decir alto y claro: el Islam es incompatible, en forma intrínseca, con los valores del Occidente, que son la igualdad entre hombres y mujeres, entre creyentes y no creyentes, entre conductas sexuales, la igualdad entre los pueblos. Estas afirmaciones validan la Declaración de los Derechos Humanos, y un musulmán no las puede suscribir”.

El autor de estas consideraciones, Michel Onfray, las confirma en la misma página de manera drástica, con estos términos: “[el Islam] postula en el mismo texto del Corán, la desigualdad fundamental entre el hombre y la mujer, el creyente y el no creyente, los musulmanes y no musulmanes, los fieles y los apóstatas, la desigualdad entre el discípulo de Allah y el discípulo de otro Dios”.

Las citas anteriores, se encuentran en la introducción que Michel Onfray escribió en el libro de Hamid Zanaz, “L’impasse islamique, la religión contre la vie”, en 2009 para Les Éditions Libertaires, y que recientemente se ha traducido al italiano con el título Sfida laica all’islam. La religione contro la vita, Elèuthera 2013. El autor, Hamid Zanaz, es un argelino que tuvo que dejar su país en 1993 “por sus posiciones radicalmente laicas”; ha enseñado filosofía en la universidad de Argelia y actualmente vive en Francia, en donde trabaja como periodista.

En el libro, en modo acuciante e insistente, como si fuera una verdadera declaración de guerra, Zanaz confirma sus creencias laicas resumiéndolas en las expresiones que subtitulan su libro, tanto en la edición francesa como en la italiana, “la religión [está] en contra de la vida”, expresión traducida con una serie de aut-aut che considera al Islam en oposición/contradicción con todo lo que sea real, vital, racional, moderno. El Islam está “en contra de la vida”, de los derechos del hombre, de la modernidad, la filosofía o la igualdad en sus diversas formas, como resume Onfray1en el párrafo con el cual he comenzado mis reflexiones.

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Tanto el filósofo francés, como el escritor argelino están convencidos de que para salir del “punto muerto islámico” no es suficiente, mejor dicho, es totalmente inútil, promover una reforma del Islam en su interior, porque “criticar el discurso religioso no sirve para nada”2y de que la única solución es la de “expulsar la religión de la esfera pública, haciéndola un asunto privado”, como escribe Onfray en el prólogo de la edición italiana y se reitera varias veces en el libro.

Se puede notar que tanto Onfray como Zanaz están utilizando el Islam y la religión como sinónimos, en el sentido que el Islam encarna plenamente los límites –en términos dogmáticos y de intolerancia– de las otras dos religiones monoteístas-abrahámicas –Judaísmo y Cristianismo–, y los reproduce en modo más peligroso que las anteriores, que la revolución ilustrada y la modernidad ha dimensionado a un ámbito privado más limitado e inocuo. “Solución” que se quisiera adoptar incluso para los musulmanes de Europa y del mundo.

Antes de comentar algunos supuestos y certezas del análisis de Zanaz, quisiera llamar la atención sobre algunos aspectos que me parecen significativos: en particular, el área cultural y política de los editores, tanto de Zanaz como de Onfray. Tanto el editor francés como el italiano, son respectivamente, una directa e “histórica” expresión del movimiento anárquico y libertario de los dos países: Francia e Italia; mientras Michel Onfray, que es un conocido y fecundo filósofo, reivindica una visión de la vida y de las relaciones humanas inspiradas en principios y valores del anarquismo3. Esta doctrina política considera como un derecho fundamental e inalienable la libertad, en sus múltiples y diferentes expresiones, y no menos importante es la libertad de creer o de no creer en Dios, o inclusive en Abraham, en Moisés o en Muhammad; sin llegar a considerar a algunos de los padres fundadores de la anarquía como William Godwin, Pierre Joseph Proudhon o Lev Tolstoi4que, a su modo, eran creyentes o teístas pero nunca ateos;

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cabe también recordar que una de las principales y agresivas representantes del movimiento anarquista italiano, durante los primeros años del siglo veinte, fue Leda Rafanelli, quien se hacía llamar “musulmana y anarquista”5

Si un liberal, socialista o un libertario, tiene el legítimo derecho de organizar, según sus propias ideas, no solo su vida privada, sino también su vida pública como por ejemplo en su entorno cultural, artístico o productivo; entonces, ¿por qué un musulmán no puede tener las mismas ambiciones o reclamar lo que quiera6

La respuesta sería menos retórica que la pregunta, según lo que ha escrito Onfray en el prólogo de la edición italiana: “¿Se trata de islamofobia o de un razonable miedo hacia el Islam?; ¿El intelectual debe ayudar a las masas para poder salir de la servidumbre voluntaria o debe consolarlas con sus propias creencias religiosas?”.

Por lo tanto, creo que se quiere actuar en dos frentes: por un lado se dirige a los “occidentales” para alertarlos e invitarlos a reaccionar; a esos “occidentales [que] por prudencia y miedo a ser acusados de racismo, de neocolonialismo y de islamofobia, se callan o permanecen condescendientes”. Por otro lado, el intelectual laico debería reivindicar el derecho a desafiar al Islam y exhortarlo en su mismo terreno para “orientar las masas a salir de la servidumbre voluntaria”.

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Pero esta no es la perspectiva liberadora que da un esencial valor a la libertad porque ve al hombre como “naturalmente” sociable, y por tanto llevado a ejercitar la libertad en modo cooperativo y funcional para la comunidad. Si se reivindica la exigencia de “un razonable miedo al Islam”, o sea hacia los musulmanes, se reivindica el derecho evocado por todas las concepciones autoritarias, de que desde el exterior o del otro lado, puedan provenir la amenaza y el peligro de los que habrá que defenderse, incluso con las armas de la cultura. Hobbes, en sus escritos, insistía en la necesidad de enseñar en las universidades, una correcta doctrina del Estado, es decir la suya7. Es necesario que se tenga un “razonable miedo” a una real amenaza, la de más de mil millones de musulmanes que viven en cuatro continentes, inclusos los más de veinte millones que se encuentran en la Unión Europea8. Por eso es necesario defenderse, desafiar al Islam, no padecerlo, situarlo de nuevo en la esfera privada como durante los primeros años cuando Muhammad en la Meca, recibió la revelación compartida con su mujer Khadigia y con pocos familiares y amigos.

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Merece atención y reflexión el hecho de que posiciones, como las que se acaban de indicar, que hasta hace pocos años eran prerrogativas de los partidos y de los intelectuales conservadores o radicales –de la derecha republicana estadounidense, al Front National de Le Pen, o la Lega Nord de Bossi– hayan sido elaboradas precisamente por personas de diferentes ideologías, tanto como para echar raíces, incluso en contextos libertarios o en todo modo laicos y “progresistas”.

Tratemos de aclarar lo indicado a través de un análisis más detallado de algunas de las evaluaciones de Hamid Zanaz que lo llevaron a las conclusiones drásticas que se han mencionado anteriormente. Empecemos con los elementos básicos del libro de Zanaz: el objeto de su investigación de “el Islam” y el método utilizado. Samuel Huntington, en su famoso libro El choque de las civilizaciones, en su capítulo sobre el Islam y el Occidente, llega a una conclusión dramática: “El verdadero problema para Occidente no es el fundamentalismo islámico, sino el Islam como tal, una civilización diferente cuya gente está convencida de la superioridad de su cultura y obsesionada por la falta de poder a su disposición”9. Zanaz es igualmente dramático: “El integrismo es para el Islam lo mismo que el desempleo para el capitalismo. Es inherente, consustancial”. En otras palabras: “El islamismo, es solamente el Islam llevado a extremas consecuencias”10. De ello se desprende que, de acuerdo con estos puntos de vista, todos los musulmanes son de hecho, potencialmente fundamentalistas. Si fuera así, el panorama sería realmente trágico, nos encontraríamos en un planeta con un mildoscientos millones de integristas/ fundamentalistas posibles o reales, personas que, sin embargo, como buenos musulmanes, tendrían el radicalismo en su ADN. ¿Es éste es el “punto muerto” islámico? ¿Acaso todo musulmán es o puede llegar a ser un islamista o al mismo tiempo todo islamista puede llegar a ser un musulmán?

Tanto Zanaz como Huntington o como Bernard Lewis, en los últimos años11, y muchos otros intelectuales que van de libertarios a ultraconser-

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vadores, han tenido una posición ideológicamente transversal, como la de considerar al Islam como algo homogéneo y coherente, siempre igual a sí mismo en el espacio y en el tiempo, siempre agresivo y amenazador, que se diferencia sólo porque en la historia y en diferentes contextos geográficos ha adoptado diferentes tácticas, pero todas con un único y recurrente objetivo estratégico: islamizar el mundo.

En realidad este Islam único e indivisible no existe, siempre igual a sí mismo, inmutable en el tiempo y en el espacio, no ha existido nunca: cuando se trata de Islam deberíamos usar siempre el plural, y específicamente a partir del ámbito religioso, donde ya a raíz de la muerte de Muhammad asistimos a la primera gran división entre los que se autodefinían ahl as-sunna wa ‘l-gama’a, “La gente de la tradición (sunna) y de la comunidad” es decir los sunitas y los Alides o secuaces de Ali (primo y yerno del Profeta) que se llamaron Chiitas, de shi’a (fracción o partido) que significa “el Partido de Ali”12.

Según algunos seguidores del hanbalismo, los chiitas se parecen a los munafiqun “los hipócritas”, o incluso a los incrédulos (kafirun) y los militantes de Al-Qaeda consideran que en algunas circunstancias sea lícito y necesario su exterminio, oponiéndose a la teoría...

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