Introducción

Autor:Beatriz Souto Galván
Cargo del Autor:Profesora Titular, Universidad de Alicante
Páginas:13-14
 
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La educación siempre se ha caracterizado por su poder de transmisión de valores, de conformación moral y social de los educandos en consonancia con la ideología o cosmovisión colectiva imperante. En España, desde que el Estado liberal integró la educación entre las funciones estatales se desarrollaron dos tendencias de claro signo ideológico: por un lado, aquellas que “ven en la educación un poderoso instrumento de control social” y, por otro, “las que sueñan con la educación como factor de emancipación y cambio sociales”, predominando la primera en el Estado liberal del siglo XIX y buena parte del XX1.

La instauración en España de un Estado social y democrático de Derecho ha modificado sustancialmente el panorama anterior. El libre desarrollo de la personalidad de los educandos se asienta como objetivo esencial de la educación y, en este sentido, se afirma que la educación engloba un amplio espectro de experiencias vitales y procesos de aprendizaje que permiten al niño, ya sea de manera individual o colectiva, desarrollar su personalidad, dotes y aptitudes y llevar una vida plena y satisfactoria en el seno de la sociedad. El libre y pleno desarrollo de la personalidad se convierte, por tanto, en el objetivo primordial de la educación tanto en nuestra Constitución como en los textos internacionales y regionales sobre derechos humanos que reconocen este derecho. El desarrollo integral de los educandos se inserta además ahora en un ideario educativo democrático, es decir, en los principios y valores que constituyen la esencia del sistema constitucional en un Estado democrático de Derecho. En coherencia con lo anterior, entre los principios que deben regir la educación ocupa un lugar relevante la transmisión de aquellos valores que favorecen la libertad personal, la responsabilidad, la ciudadanía demo-crática, la solidaridad, la tolerancia, la igualdad, el respeto y la justicia, que constituyen la base de la vida en común2.

El debate sobre la función que debe arrogarse el Estado en el proceso de conformación de los nuevos ciudadanos sigue, sin embargo, provocando airadas reacciones. La distinción entre instruir y educar, aparentemente superada, vuelve de nuevo a formar parte de los discursos de aquéllos que reclaman para el ámbito familiar la función educativa. La función socializadora de la educación se considera prioritaria –desde la perspectiva opuesta– para lograr

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alcanzar un objetivo esencialmente comunitario: la...

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