Privatización e internacionalización del uso de la fuerza: los mercenarios como lacra del marco de seguridad del siglo XXI

Autor:Jesús A. Núñez Villaverde
Cargo del Autor:Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).
Páginas:63-82
RESUMEN

I. Una mirada hacia atrás. II. Los mercenarios: actores habituales. III. Tendencias poderosas hacia la privatización. IV. Motores del auge de los mercenarios. 1. Soldados y armas sobrantes. 2. El mercado tiene respuesta para todas las demandas. 3. La profesionalización de los ejércitos. V. Perfiles de un actor inquietante. VI. Un panorama turbador. 1. Falta de marco regulador. 2. Dimensión... (ver resumen completo)

 
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Tratamos en estas páginas de un tema que en ningún caso será posible agotar en el espacio aquí disponible. Por ello el objetivo se limita, básicamente, a intentar ir centrando algunos conceptos, algunas dinámicas y algunos de los problemas que plantea la realidad de un proceso que está llevando, de manera acelerada, a una notable privatización del uso de la fuerza en muchos escenarios de conflicto violento. La emergencia de los mercenarios/compañías privadas de seguridad/empresas militares Page 64 privadas es parte esencial de este proceso y a ella dedicamos especial atención en lo que sigue.

I Una mirada hacia atrás

Cualquier análisis sobre esta cuestión y sobre la presencia de actores privados en las guerras y en los entornos conflictivos de hoy obliga a mirar hacia atrás. Desde unos marcos de referencia clásicos- en los que se enfrentaban directamente ejércitos en representación de entidades estatales bien definidas- hemos ido entrado desde hace tiempo en otro, ya perceptible durante la Guerra Fría aunque entonces de modo marginal, que refleja una creciente y preocupante fragmentación (y privatización) del escenario de los combates. Por lo tanto, no hablamos únicamente de compañías privadas de seguridad, de compañías de defensa privada o de mercenarios- denominaciones distintas para una misma realidad- en un contexto general de atomización del campo de batalla, sino también de la proliferación de muchos otros actores no estatales originados a partir de intereses muy diversos: grupos paramilitares, grupos de autodefensa, guerrilleros, rebeldes, terroristas... El listado es, en consecuencia, muy amplio cuando hablamos del fenómeno de la privatización en el uso de la fuerza, lo que lleva inevitablemente a una mayor complejidad tanto en la gestión de la violencia como, sobre todo, en la búsqueda de soluciones sólidas.

Al referirnos a ese fenómeno- propio de lo que se ha venido en denominar impropiamente como "nuevas guerras"- debemos tener en cuenta que hoy el patrón más frecuente en los conflictos violentos que se desarrollan en tantos lugares del planeta no responde al habitual en épocas anteriores, cuando eran dos (o más) Estados los que chocaban frontalmente, empleando para ello a sus respectivas fuerzas armadas como instrumentos y protagonistas fundamentales. En aquellos marcos, que en todo caso no han desaparecido por completo, se tendía en buena medida a dejar a la población civil al margen de la violencia- asumiendo que, en general, la confrontación era una cuestión que sólo afectaba a los uniformados, contraponiendo en un campo de batalla cada vez más global a fuerzas armadas (y a fuerzas Page 65 de seguridad, en algunos casos), que luchaban en un determinado territorio, bien con afán de conquista o de defensa.

En claro contraste con ese panorama, los conflictos violentos de hoy se caracterizan por ser de carácter intraestatal (aunque eso no quiere decir que los interestatales hayan, ni mucho menos, desaparecido) y por desarrollarse preferentemente en los llamados Estados fallidos. Se trata, a grandes rasgos, de territorios en los que el Estado ha perdido el monopolio del uso de la fuerza y en los que han emergido diversos actores violentos que se sienten con capacidad para retar a ese aparato estatal ineficiente (a la par que, muy probablemente, corrupto y autoritario). Mientras que la guerra se ha ido convirtiendo en un asunto escasamente deseable para los Estados fuertes- que prefieren defender sus intereses a través de la disuasión y otros instrumentos no militares, dejando las armas como último recurso-, para muchos otros la violencia se convierte en demasiadas ocasiones en la mejor opción vital. Y esto es así tanto para quienes no ven satisfechas sus necesidades básicas por parte de unos Estaos que no pueden o no quieren atender sus demandas, como para quienes no confían en la seguridad que pueda proporcionarles su propio Estado (convertido en demasiados casos en el principal violador de sus derechos). En estas circunstancias no cabe dar por sentado que las fuerzas policiales y de seguridad, así como los ejércitos nacionales, sean los actores de referencia y los más capacitados y motivados para cumplir con sus misiones principales cuando estalla la violencia generalizada.

II Los mercenarios: actores habituales

En ese innegable proceso de atomización las compañías privadas de seguridad- o los mercenarios, si optamos por emplear ambos términos como sinónimos, (aunque esta equiparación siga siendo objeto de debate en determinados círculos de opinión)- ha terminado por convertirse en uno de los actores de mención obligada en gran número de conflictos. Un mínimo repaso histórico nos lleva a confirmar inmediatamente que su presencia en los campos de batalla no es una realidad novedosa. De hecho, en comparación con los ejércitos regulares y permanentes, cabría decir más bien lo contrario. Lo que es nuevo, históricamente hablando, es la existencia de ejércitos Page 66 permanentes- generalmente de conscripción obligatoria y sólo en algunos casos recientes formados por profesionales, como el de España hoy y los de Estados Unidos y Gran Bretaña desde hace mucho más tiempo.

Con la excepción de estos últimos 250 años- tomado como una referencia genérica que varía de unos países a otros-, el resto del tiempo este espacio ha estado cubierto por fuerzas de lo que entonces se denominaba abiertamente como mercenarios, alistados para la ocasión a partir de contratos más o menos libres y precisos (y en los que el botín suponía la parte principal de la motivación para atraer a sus futuros integrantes). El ciudadano en armas y la necesidad (y ventajas) de unas fuerzas armadas permanentes son apuntes históricamente recientes, que derivan principalmente del convencimiento de que es más útil su existencia para disuadir a posibles adversarios de aventurarse a una guerra de conquista y, de igual modo, de la convicción de que la defensa nacional no puede dejarse en manos de quienes preferentemente se mueven por motivaciones pecuniarias. Todavía podrían añadirse, como motivaciones adicionales para explicar ese cambio de mentalidad, la percepción de los elevados costes que para la nación suponía la leva obligatoria y puntual de hombres para las armas y, no menos importante, la necesidad de contar con personal adecuada y permanentemente instruido en el manejo de unas armas y unas tácticas de combate, cada vez más complejas y exigentes, que solo podían explotar convenientemente quienes dedicasen mayor tiempo a la vida militar.

A la vista de lo que ahora mismo volvemos a observar en los campos de batalla- por muy distintos que éstos sean con respecto a aquellos de épocas anteriores-, parecería que la presencia en ellos de mercenarios no es un asunto marginal o puntual. Casi podríamos decir que, después del salto a los ejércitos permanentes de conscriptos (reemplazo obligatorio) y aun de profesionales, habríamos vuelto a colocarnos otra vez prácticamente en donde lo habíamos dejado hace un tiempo. Si queremos remontarnos atrás para encontrar un arranque notorio a esta preocupante tendencia, podemos fijarnos en que ya en el siglo XIX Estados Unidos tuvo que echar mano de buques privados, a través de contratos con compañías privadas, para reforzar su poder naval en varios de los conflictos en los que estaba implicado en aquel tiempo. También en el marco de esa Guerra Fría que ha moldeado Page 67 profundamente nuestra concepción sobre los asuntos de seguridad y defensa a lo largo del pasado siglo, los mercenarios han sido una realidad con la que había que contar, aunque obviamente en una escala bastante distinta a la actual.

III Tendencias poderosas hacia la privatización

En el proceso que ha conducido a los escenarios de violencia del arranque del presente siglo podemos identificar dos poderosas tendencias hacia esa privatización que tan atractiva aparece a los ojos de las compañías privadas de seguridad. Por un lado, los ejércitos de los países más poderosos se han tecnificado aún más, al tiempo que han reducido sus recursos humanos, cada vez más especializados o, lo que es lo mismo desde la perspectiva presupuestaria, cada vez más caros. Esto ha creado una tendencia a reservar a esos soldados para la realización de tareas muy selectivas. Para ahorrar sus esfuerzos y no correr el riesgo de perder un material tan valioso en cualquier tarea de segundo orden, se prefiere optar por el alquiler/externalización de servicios, propios de las fuerzas armadas hasta hace bien poco, a manos de actores privados. Por otro, en los Estados frágiles o fallidos la propia conciencia sobre la debilidad de su aparato de defensa lleva con excesiva facilidad a optar por el contrato de quienes se presentan como compañías proveedoras de servicios de seguridad (al mejor postor, cabría añadir) total y permanentemente operativas y dispuestas a realizar cualquier tarea para la que pueda acordarse un precio. Es así, sin necesidad de explorar mucho más en este terreno, cómo se explica la creciente tendencia a la participación de estas compañías en muchos de los escenarios de conflicto actuales.

IV Motores del auge de los mercenarios

La nueva dimensión que toma el proceso de la privatización de los actores combatientes, y...

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