La institución social de la jubilación y las personas jubiladas

Autor:Maria Teresa Bazo
Cargo:Catedrática de Sociología. Universidad del País
Páginas:241-255
 
CONTENIDO

INTRODUCCIÓN.

En el capitalismo tardío se produce una serie de cambios en el mercado de trabajo, relacionados con y como consecuencia de, los producidos en el campo científico y tecnológico, sobre todo sus aplicaciones informáticas y en la comunicación en general. Aumenta la productividad, pero también el desempleo y los problemas sociales, y los trabajadores de edad se convierten en una reserva de mano de obra. Leonard (1997: 161) considera que «son tiempos duros para quienes buscan encontrar maneras nuevas de avanzar en el bienestar humano [...] que en cierto modo no son nuevos sino enraizados en tendencias que existían ya desde el comienzo del capitalismo y antes del moderno Estado de Bienestar posterior a la Segunda Guerra Mundial».

Los instrumentos del Estado de Bienestar previstos para amortiguar las contingencias de la vida y los vaivenes del mercado, como son las prestaciones por desempleo y por enfermedad, se convierten en medios para expulsar de la fuerza laboral a los trabajadores maduros. La jubilación, concebida como un medio para producir la renovación de la fuerza de trabajo, al tiempo que permitía retirarse a los trabajadores a partir de cierta edad con la seguridad de una pensión, se convierte en un instrumento de gestión laboral. Deja de ser un rito de paso, previsto, ordenado dentro del ciclo vital, para convertirse en una amenaza a quienes alcanzan una «cierta» edad, que nunca es ya fija. En la sociedad postindustrial se desdibujan los límites que ordenaban el ciclo vital en las sociedades industriales, y resulta incluso más difícil definir qué es una persona anciana, o un trabajador mayor, aunque es visto cada vez más como alguien que no puede aspirar a tener un empleo. Sin embargo, la utilización de la jubilación como herramienta que permite regular el mercado laboral, no es algo completamente nuevo sino que lo que ocurre es que se acentúa en la última parte del siglo XX. Contribuyen a ello las políticas seguidas por los gobiernos europeos con la aquiescencia de los sindicatos, que aún siendo conscientes de que las empresas utilizan la jubilación anticipada como un instrumento de gestión de la mano de obra, optan por ello también, negociando la mejor salida posible para los trabajadores1.

En la nueva situación se abren también perspectivas nuevas que permiten a las personas comenzar tras la jubilación una etapa nueva en sus vidas. La jubilación como expulsión -¡tantas veces involuntaria!- puede ser vista como el palo. La zanahoria no es sólo que la jubilación permite a los trabajadores que han alcanzado una edad retirarse aunque sea con desventajas económicas en muchas ocasiones, pero evitando así la incertidumbre del desempleo, sino que puede abrir caminos nuevos de emancipación personal. Es también una manifestación de estos tiempos postmodernos, que permiten una mayor libertad personal, una liberación de los antiguos valores y normas, que abren la posibilidad para opciones personales nuevas.

JUBILACIÓN Y DISCRIMINACIÓN LABORAL POR EDAD.

La jubilación, como paso de la vida activa a la inactiva, como mecanismo que interviene en la salida del mercado de trabajo al alcanzar la edad reglamentaria, surge y se desarrolla acompañando al desarrollo del propio sistema capitalista. Edad y jubilación están unidas estrechamente ya que el aumento del volumen de las personas mayores influye en el desarrollo de los sistemas de pensiones y en la edad -o edades-que se consideran propias para retirarse las personas del mundo del trabajo. Las políticas de gestión de los recursos humanos han influido en las actitudes y expectativas sobre la jubilación, tanto en el desarrollo de una jubilación obligatoria, como en promover -según las circunstancias-que las personas se retiren pronto del mercado laboral, o que permanezcan más tiempo en el mismo. Se entiende (Phillipson, 1982: 16) que un resultado de ese proceso es la emergencia de las personas de edad como reserva de mano de obra, que puede ser mantenida fuera de la población activa en periodos de declive económico, o retenida si se considera que el coste para la Seguridad Social es excesivo, como ocurre a finales del siglo XX.

Investigaciones al respecto muestran como los periodos de depresión incrementan las dificultades de los trabajadores. Históricamente (Phillipson 1982: 23) los trabajadores se han visto atrapados entre jubilarse, cuando las pensiones proporcionan recursos muy limitados para la supervivencia, o enfrentarse a una situación en la que las oportunidades de trabajar disminuyen. Contradicción que se puede agudizar con las presiones de los gobiernos y sindicatos para que los trabajadores se retiren dejando así su puesto de trabajo a los más jóvenes. Antes de la creación de la jubilación, y luego antes de su institucionalización, se considera (Graebner 1980: 11) que las personas se retiraban del mundo laboral cuando lo encontraban oportuno, dado que, sobre todo en las sociedades preindustriales y en la primera sociedad industrial, las personas mayores eran percibidas como funcionales, y aunque no fuesen reconocidas tan útiles como las personas jóvenes, no se pensaba en retirarlas forzosamente del mercado de trabajo.

El historiador estadounidense William Graebner, en su análisis pionero del proceso de institucionalización de la jubilación y de las fuerzas que presionan dicho proceso que son de caráctrer político, económico y social, explica que la ausencia de una jubilación obligatoria tiene varias causas. Todavía en el siglo XIX las empresas no son tan grandes como para pensar en una racionalización del trabajo, además de que eran sociedades eminentemente jóvenes, y donde no existía todavía una clase trabajadora amplia sobre la que aplicar una política obligatoria de retiro. Conforme el capitalismo avanza y se producen los procesos de urbanización y burocratización crecientes, se desarrolla un sistema de comunicaciones, aumenta también la clase trabajadora y comienza a verse necesaria la planificación de la jubilación. Se empieza a ver como un instrumento útil para reducir el desempleo, las tasas de rotación, y conseguir una fuerza de trabajo más joven, eficiente y menos reivindicativa. Además, desde el punto de vista del empleo aparece como el medio idóneo para transferir el trabajo de una generación a otra. La creación de la Seguridad Social favorece también que las personas se jubilen al permitir una seguridad en sus ingresos.

Otros cambios que afectan al desarrollo del sistema capitalista influyen también en la institucionalización de la jubilación, como es el paso del énfasis que se ponía en la producción como motor de la economía, ahora en el consumo. Ese cambio lleva a ver a las personas de edad ya no como productoras, sino como consumidoras en su nuevo estatus de jubiladas. Graebner entiende que «la jubilación se acaba convirtiendo en una mercancía que se vende a los consumidores sean jóvenes o viejos, como cualquier otro producto» (pg. 15).

En 1965 comienza en los Estados Unidos a crearse una conciencia de la existencia de la discriminación por edad en el mercado del trabajo. Según un informe del Departamento de Trabajo (Quadagno 1999: 246) más de la mitad de todos los empleos estaban vedados a los solicitantes de 55 y más años. Es más, cerca del 25% estaban cerrados para las personas de 45 o más años. En 1967 se prohibe por ley dicha discriminación contra los trabajadores de entre 40 y 65 años. Sin embargo, la ley aún proporcionando a los trabajadores cierta protección, no ha eliminado la discriminación, ya que los de más edad, con más derechos, son también más costosos y las empresas tienden a disminuir los costes deshaciéndose de ellos. Todavía en 1950 casi la mitad de los varones de 65 y más años se encontraban en el mercado de trabajo (Quinn y Burkhauser 1990: 308). Sin embargo a finales de siglo sólo es el 16%. En Gran Bretaño en 1881 el 73% de los varones de 65 y más años se encontraban ocupados (Townsend 1991: 22). Un siglo después esa proporción es menor del 10%. Otros países europeos han reducido también de forma notable la tasa de participación laboral de las personas de 65 y más años a lo largo del tiempo, manteniéndose Japón en 1995 con el 36% de participación, la más alta de los países industrializados. Al terminar el siglo XX se ha producido la práctica total desaparición entre la fuerza de trabajo de las personas que han alcanzado los 65 años.

Se ha demostrado que la discriminación de los trabajadores de edad en el mercado de trabajo está ampliamente extendida en los Estados Unidos (Montgomery 1991). Refiriéndose sobre todo a la Unión Europea Guillemard (1993) explica como se ha producido una ruptura con los mecanismos tradicionales de paso de la vida activa a la inactiva. El abandono de los trabajadores de la vida activa se producía mayoritariamente al llegar la edad reglamentaria de jubilación. Sin embargo, en las últimas décadas el paso se ha producido utilizando otros instrumentos que la Seguridad Social tenía previstos para otros objetivos, como es cubrir las contingencias de las personas ante la enfermedad y discapacidad, y el desempleo. La salida del mercado laboral se ha producido cada vez menos siguiendo la vía tradicional, siendo progresivamente más común utilizar esas otras vías previas a la jubilación. También en los Estados Unidos se utilizan esos mecanismos para facilitar la salida temprana del mercado de trabajo (Quadagno 1999: 249). Entiende Guillemard que la salida masiva del mercado de trabajo de los trabajadores de 55 y más años sólo puede explicarse por la consolidación de un proceso de discriminación contra los trabajadores de edad. La salida temprana del mercado de trabajo se produce de forma generalizada en Europa entre las décadas 80 y 90 (tabla 1) así como en otros países económicamente desarrollados. Una consecuencia para los sistemas normativos de las sociedades industriales avanzadas, es que en estas décadas se ha producido un cambio importante de carácter cultural, que lleva a concebir de forma diferente a otras épocas a una persona mayor, y a un trabajador mayor. De forma progresiva se extiende la idea del valor menor para la economía de los trabajadores de edad a lo que contribuye la tasa acelerada de cambio tecnológico junto con la adopción de formas nuevas de aprendizaje y educación (Townsend 1991: 26). Zubero (2002: 65) señala que en lugar de considerar a los trabajadores mayores como un problema en sí mismos para la sociedad, debe entenderse como un indicador de una serie de transformaciones que se producen en el mercado de trabajo en los países con niveles altos de desarrollo tecnológico y económico. El resultado de esos procesos es que se ha llegado a ver al trabajador mayor como alguien que ya no puede pensar en tener un empleo, lo que tiene consecuencias graves tanto en el macronivel como en el ámbito de las vidas de las personas.

[NO INCLUYE TABLA]

En cuanto a las estructuras, aumentan los costes de la Seguridad Social, y el desequilibrio en el mercado de trabajo, además no se ha logrado el objetivo que podía legitimar esas políticas que era el de mejorar la situación del desempleo. Se ha acabado pensando en términos de sustitución de los trabajadores mayores por los jóvenes, en lugar de coexistir, pero los jóvenes no han cubierto los puestos dejados por los mayores en la misma medida que han sido abandonados, puestos que en muchos casos incluso se han amortizado. En cuanto a los trabajadores significa, entre otras cosas, que aquellas personas que se acercan al grupo de edad que puede percibirse como «jubilable» se les niega la formación y la promoción pues no parecen ya rentables a las empresas.

Ante el envejecimiento de la población, y también de la mano de obra, y la mejor situación en la actualidad que en el pasado de las personas de edad en las sociedades industriales, los gobiernos están tratando de revertir la tendencia, y pretenden -una vez más en este siglo-que las personas permanezcan en el mercado de trabajo el mayor tiempo posible, incluso proporcionando incentivos fiscales. Sin embargo, hasta el presente no parecen tener mucho éxito en Europa la mayor parte de las políticas puestas en marcha.

Además de los costes que ha supuesto para la Seguridad Social el incremento de pensiones de personas que han dejado de cotizar para pasar a ser beneficiarias del Sistema, se alude en la actualidad al coste que supone las jubilaciones anticipadas de muchos trabajadores, en pérdida de conocimiento y habilidades. Se entiende que se ha producido una pérdida de «masa gris» y que es muy grave el riesgo de una descapitalización intelectual en las empresas (El País, 24-10-1999, pg. 38 de la sección Negocios). Desde la perspectiva estadounidense también se entiende (Moody, 1998: 325) que las empresas están descubriendo ahora que necesitan pensar de forma diferente en cuanto a aprovechar el potencial de sus trabajadores de mediana edad y mayores. Nuevos intentos se están produciendo a fin de eliminar las barreras para el empleo que encuentran los trabajadores en razón de su edad (Walker, 1997) que tienen además sus consecuencias en las dificultades para la formación, reciclaje y nuevos aprendizajes, que son tan necesarios en un mundo cambiante. Se pretende mejorar las buenas prácticas en las empresas a fin de que se ofrezcan a las personas todas las oportunidades para el aprendizaje a lo largo de toda la vida activa.

Por la flexibilidad que han adquirido los trámites para la salida temprana del mundo del trabajo, y sus reajustes como una función de ese mercado, se entiende que el curso vital se ha destemporalizado. Guillemard (1997) explica como se han alterado las etapas que en la sociedad industrial marcaban y separaban las edades y las expectativas sociales sobre ellas: formación en la juventud, trabajo en la adultez, y descanso en la ancianidad. En la actualidad resulta imposible predecir el curso del propio ciclo vital, pues el orden de las fases y edades se ha vuelto impreciso e incierto. Resulta incierta tanto la entrada al mercado de trabajo como la salida. La desinstitucionalización del modelo de ciclo vital en las tres etapas, clásico de la sociedad industrial, ha causado una crisis de identidad en ciertas personas pues sólo algunas que han pasado a la inactividad y que se encuentran entre los 55 y 65 años, se ven a sí mismas como jubiladas. Se ha producido también una erosión de los compromisos entre las generaciones, reciprocidad fundada en el anterior modelo de ciclo de vida. La población trabajadora duda ahora de la seguridad de una pensión para sí misma, una vez que está contribuyendo al mantenimiento de las actuales personas jubiladas. Se considera no obstante que el Estado debe seguir siendo el principal garante con las pensiones públicas (Devos, 1991: 32). Desde esa perspectiva, se entiende que puede que en el inmediato futuro la falta de mano de obra por el descenso de las tasas de natalidad lleve incluso a un aumento de los salarios, y a un incremento de las cotizaciones a la Seguridad Social.

RESPUESTAS DE LAS PERSONAS JUBILADAS.

Desde el micronivel pueden observarse ciertas consecuencias de la jubilación como es la situación y las reacciones de las personas jubiladas ante el hecho de su jubilación. En alguna investigación que se ha centrado sobre todo en los aspectos estructurales de los cambios en el mercado de trabajo, y la crisis que ha supuesto para los trabajadores de edad, se han señalado ciertas consecuencias del desempleo en los trabajadores mayores (Zubero et al. 2002)2. Zubero analiza aspectos tales como la tragedia de la ruptura con el mundo del trabajo sobre todo entre los trabajadores mayores, varones, cuando pierden su empleo, el proceso de desestabilización que experimentan en cuanto a su identidad basada en el trabajo, la re-des-estructuración de su vida familiar y social, su percepción de viejos y de falta de valor social.

En el presente artículo me centraré sobre todo en las actividades que pueden realizar las personas tras la jubilación, sea temprana o por edad, forzada o más o menos voluntaria. Se considera que las actividades relacionadas con la edad -que podrían entenderse «propias» de la edad, o que implican su realización sólo con otras personas ancianas-ocupan en general una parte más bien pequeña en el conjunto de las que las personas mayores realizan. Así, es una proporción pequeña la que acude a los clubes o centros de tercera edad (Bazo 1990). Las actividades con y dentro de la familia sobre todo, pero también en otros grupos como en parroquias y asociaciones o actividades de voluntariado, son mucho más amplias. Al jubilarse las personas continúan en gran medida realizando buena parte de las actividades que realizaban antes, excepto las laborales. Liberarse de obligaciones les permite reestructurar su tiempo y actividades dedicadas al ocio y voluntariado, la familia y amigos, y otros grupos. También en esos aspectos parece que existe más continuidad que cambio (Kelly, 1993: 120). En la vejez las personas sienten -en general-que son las mismas personas que antes. No tienden a autodefinirse como viejas. Es más bien todo lo contrario (Bazo, 1990, 1992a).

Dos son los grandes tipos de actividad que se analizan, las de ocio y las altruistas. En cuanto al primer tipo, tanto la teoría de la actividad como la del retraimiento o desvinculación demostraban la importancia de las actividades de ocio en el bienestar de las personas mayores. Existe amplia evidencia de que la forma en la que las personas emplean el tiempo libre está estrechamente relacionada con el bienestar físico y mental (Chiriboga y Pierce, 1993: 43). No obstante, ambas teorías subestimaron el alcance de las actividades de ocio para lograr el ajuste en la vejez, y no existen suficientes investigaciones en esta área. El ocio, y su significado, en lo referente a las actividades de las personas jubiladas, puede comprenderse mejor enmarcándolo dentro de una perspectiva que contemple el ciclo vital. De esa forma se integran tanto los cambios relativos al tiempo en lo que constituye el ocio y como se experimenta, cuanto una dinámica específica que es parte del envejecimiento. Desde ese enfoque podrá establecerse el contexto en que las personas fueron socializadas y que influye en sus gustos, necesidades y actividades posteriores. Tanto el envejecimiento como el ocio se hace preciso analizarlos en tanto que procesos, tienen muchas realidades, y son construidos socialmente. Los cambios en los modelos de ocio relacionados con la edad, están ligados a la construcción social y delimitación de las oportunidades. Ocurre que las oportunidades para participar en cualquier actividad reflejan expectativas normativas, otros roles sociales, fases ocupacionales y recursos personales.

Parece observarse una pauta de continuidad en las actividades de las personas tras la jubilación. Hay más probabilidad de practicar lo que se aprendió más tempranamente, e incluso de hacerlo mejor. Ocurre sin embargo que el cambio en las personas modifica las oportunidades de ocio debido a que los factores internos pueden cambiar la receptividad de las personas ante diversos tipos de ocio, o la búsqueda de ciertas actividades (Lawton 1993: 35, 36). Se observan también diferencias por género y las mujeres tienden más a realizar actividades culturales así como las basadas en costumbres domésticas, que de otros tipos. La reducción en los ingresos, la inaccesibilidad del transporte, son otros factores que producen cambios en los tipos de actividad y niveles de participación.

Respecto a las actividades de carácter altruista que las personas pueden realizar en la última parte del ciclo vital, es poco habitual encontrar publicaciones acerca de las contribuciones que las personas mayores realizan a otros miembros o grupos de la sociedad (Bazo, 1996; Barenys, 1996). Es más frecuente leer acerca de los problemas del envejecimiento y de la carga económica y de cuidados que el incremento de las personas ancianas conlleva para la sociedad. Se percibe más a las personas mayores como receptores que como proveedores de ayuda, apoyo, y cuidados. Los seres humanos pueden ser capaces tanto de las acciones egoístas como de las altruistas. En las actividades altruistas la conducta es voluntaria y está motivada por la preocupación acerca del bienestar de los demás, más que por esperar alguna recompensa a cambio. Diversas teorías apoyan la perspectiva de la capacidad potencial de los seres humanos para la generosidad.

A continuación se exponen y analizan los principales resultados hallados en una investigación cuyo objetivo es conocer como viven las personas su jubilación3. Interesa conocer las estrategias que adoptan para afrontar esta etapa de sus vidas. Unas veces prevista, otras también aunque a la edad legal, y en ocasiones sin haber pensado siquiera en ello mientras se realizaba la actividad profesional o laboral. Es importante conocer como emplean el tiempo libre, las actividades que realizan, de ocio y/o altruistas. El número de personas jubiladas es creciente en las sociedades actuales y el ocio se está convirtiendo en un motivo de interés intelectual, social, y económico. Existen personas jubiladas para las que el tiempo libre es más bien tiempo sin objetivos, sólo tratan de «matar el tiempo». Pero no son ellas las que interesan para el objetivo de la investigación realizada. Importa conocer qué hacen y qué motivaciones tienen las personas que a edades incluso avanzadas permanecen activas, y en muchos casos comprometidas. Cada vez son más las que se jubilan de forma anticipada, son más jóvenes que las generaciones que les precedieron, y disponen de más recursos materiales y no-materiales que aquellas. También se extienden cada vez más un conocimiento y unos valores relacionados con el cuidado del cuerpo y la salud, y la actividad es vista asociada a la buena salud. Por otro lado, la idea de sentirse útiles y necesarios a los demás, hace que muchas de las personas jubiladas realicen una serie de aportaciones a la familia y a la sociedad. Contribuyen al bienestar de los demás mediante su apoyo material y afectivo. También económico (Bazo, 1996). Importa también conocer como reconstruyen su identidad que fue configurada en un contexto económico y social, y en unas instituciones que han experimentado alteraciones.

La mayoría de las personas que aquí se analizan pertenecen a asociaciones o participan en actividades organizadas, cuyos objetivos son diversos4 otras realizan actividades diversas de forma individual.

La jubilación puede ser deseada o temida. De todas formas, como ante cualquier cambio durante el ciclo vital, es necesario un proceso de adaptación al mismo. Algunas personas -varones sobre todo-cuya identidad se asienta preferentemente en su identidad de trabajador, sufren un impacto que incluso puede acarrearles problemas de salud. Ser «trabajador» compone una identidad multifacética. Significa para los varones en especial, ser el proveedor de los recursos familiares. Esto es más cierto en las sociedades industriales cuando se crean los roles de «cabeza de familia» para los varones y de «ama de casa» para las mujeres. La división sexual del trabajo conlleva roles y funciones diferentes para unos y otras. La organización de las relaciones intrafamiliares fue transformada con la Revolución Industrial por diversos factores sociales y económicos, que condujeron a la colectividad a crear una división basada en el género a la hora de hacer frente a las responsabilidades familiares. Con la industrialización a los varones/maridos se les impone la responsabilidad fundamental de la provisión de los ingresos, y a las mujeres/esposas el cuidado y el servicio. Son cambios organizacionales que se crean en un momento histórico, y que luego acaban viéndose como natural y no socialmente impuestos. Todo ello ha tenido profundas consecuencias en diversos aspectos relacionados con el trabajo y el empleo, así como con los salarios percibidos y las funciones asignadas a varones y mujeres. Para los varones el trabajo es una de las fuentes principales -en ocasiones la principal o incluso única-de su identidad personal.

Otras cuestiones están también interrelacionadas con el rol de trabajador. Se trata de las personas que en el desempeño de su cargo han ejercido algún tipo de responsabilidad, y unido a ello, sentimientos de utilidad. Eso conduce a experimentar satisfacción, autoestima y autorrealización. Todo ello proporciona la seguridad de saberse integrado socialmente. El rol de trabajador en esos casos es fuente de identidad y satisfacción personal. Unido a unos ingresos suficientes para llevar un estilo de vida satisfactorio (que es variable para cada persona) proporciona un estatus que conlleva reconocimiento social y prestigio, incluso dentro de los grupos primarios como la familia y los amigos.

La jubilación -y más si es anticipada y no prevista- supone la ruptura total y repentina con las instituciones y estructuras sociales que proporcionaban todo eso. La salida del mercado de trabajo y el fin de la actividad profesional, puede suponer para muchos varones la caída en un abismo donde de repente les faltan todos los referentes con que forjaron desde tempranamente el sentido de sus vidas. El apoyo en otras personas y grupos en los que se re-integra (familia, amigos, organizaciones de ocio y altruistas) así como la realización de ciertas actividades, puede ayudar a las personas a reconstruir su identidad y su vida en esta etapa del ciclo vital.

En la investigación se observa que algunas personas han tenido muchas dificultades al llegar a la jubilación, incluso han enfermado. En algunos casos la jubilación no sobreviene por edad, por una política de empresa, o por alcanzar la edad reglamentaria, puede adelantarse por enfermedad. Sea por las razones que sea, de forma anticipada o a su tiempo, las personas pueden prever esa etapa de su vida y así lo han hecho en varios casos anticipándose y buscando organizaciones donde emplear su tiempo y capacidades.

La jubilación cuando es anticipada y no prevista causa de por sí una ruptura en las vidas de las personas, pero sus consecuencias negativas se minimizan cuando las personas establecen estrategias para sustituir unas actividades por otras, y unas relaciones por otras en entornos menos o nada institucionalizados, y dejerarquizados, pero donde se observa una continuidad en cuanto a la naturaleza de las actividades. Un miembro de SECOT lo explica así: «Para mí es interesante porque supone una continuidad, puntual y llevadera, de la actividad que yo venía desarrollando, sin traumatismos, ni obligaciones». Asociarse supone permanecer activo/a y seguir manteniendo relaciones sociales satisfactorias. Ambos aspectos son importantes. La cuestión, sobre todo para los más jóvenes, puede ser organizar su vida de una manera lo más parecida posible a su vida anterior. No caer en una vejez anticipada aunque la jubilación lo haya sido, es también un objetivo, como lo manifiestan algunas de las personas entrevistadas.

Las mujeres en relación a los varones, pueden experimentar que nunca se jubilan, debido a que aunque hayan trabajado también fuera de casa, no han dejado nunca sus roles de amas de casa, madres y ahora abuelas. Entienden las personas entrevistadas que la etapa de la jubilación en las mujeres es diferente que en los varones precisamente porque ellas continúan realizando las mismas actividades que tenían. Lo que les ocurre a los varones con la jubilación, la ruptura con sus rutinas cotidianas, lo consideran un problema. Un varón comenta que tampoco pueden jubilarse algunos de ellos. Se trata de los padres que -muchas veces ancianos-deben seguir cuidando de sus hijos/as adultos que sufren discapacidades psíquicas. Dice Rafael miembro y cofundador de Gorabide: «Los hombres tenemos un rol distinto de las mujeres. Muchos hombres cuando se jubilan no quieren hacer nada. Pero en nuestro caso no es así. Nosotros no podemos sentirnos jubilados, tenemos que seguir cuidando de esa hija o ese hijo».

En CONEX son más las mujeres que los varones tanto en cuanto a usuarios como colaboradores pero Agustín, su presidente encuentra varias razones para explicar la menor implicación de ellas, en función de los roles masculino y femenino: «La gente que se entrega son mucho más los hombres que las mujeres. Son los más constantes, los que destinan más tiempo. Creo que se debe a que en primer lugar tienen menos compromisos de tipo familiar con su mujer, aunque ayuden en casa, de cara a los nietos y ayuda a los hijos, y también tal vez que la selección es mayor. Aquí viene gente [se refiere a varones sobre todo] que no viene a pasar el rato, sino a seguir sintiéndose vivos. Aquí les damos una oportunidad única: seguir haciendo aquello que les gustaba y ahora con otros medios, otra alegría y espíritu de equipo, libres de obligaciones. Los hombres son pues más constantes, más responsables, más necesitados de lo que les damos aquí que las mujeres». Esta constatación coincide con otros hallazgos realizados en otras sociedades (Solomon y Szwabo 1994). Los varones tienden más que las mujeres a involucrarse en tareas que tienen un carácter productivo. Para todas las personas entrevistadas ejercer una actividad supone tener un acicate para mantenerse vivas biológica y socialmente, y por tanto en relación con los demás.

Enfrentarse a la jubilación implica tomar decisiones, realizar elecciones. En la investigación se observa la existencia de cambio y de continuidad entre las personas jubiladas. Continuidad en las actitudes generales, formas de ver la vida, y en los elementos fundamentales constitutivos de un estilo de vida. Cambio sobre todo en las actividades, junto a la adaptación del comportamiento y hábitos cotidianos a las circunstancias nuevas, diferentes, que se van produciendo (como se han producido a lo largo de todo el ciclo vital). Quien ha sido activo/a, quien ha tenido iniciativas, quien ha sabido superar con relativo éxito los avatares de la vida, tiene muchas probabilidades de continuar siendo la misma persona. Parece que el estilo de vida en la jubilación no se improvisa, sino que continúa aunque adaptándose a la nueva situación y cambios.

Los varones además tienden a continuar ejerciendo actividades relacionadas con lo que fue su actividad laboral o profesional. La idea de realizar una actividad sustitutiva del trabajo anterior, parece que es percibido por algunos varones como la forma de seguir conservando el respeto y consideración de su familia, además de seguir dando ejemplo a sus hijos/as.

Estas percepciones y actitudes pueden explicarse por la relación que Solomon y Szwabo (1994) entienden existe entre trabajo, éxito y poder, como parte integral de la masculinidad, tanto para los varones jóvenes como para los ancianos. Los varones que dan como explicación a su continuidad en una tarea productiva razones diferentes a la necesidad económica, el factor principal que influye en esa decisión tendría que ver con esa aceptación del rol masculino tradicional. Dicho rol serviría como infraestructura para la racionalización que muchos varones dan sobre dicha decisión.

Junto a las diversas actividades que realizan muchas personas, incluidos los varones, manifiestan que otro aspecto satisfactorio de sus vidas es poder estar con su familia. A veces se observa, no obstante, una cierta ambivalencia. Parece que a algunas mujeres les gustaría que sus maridos estuviesen más tiempo con ellas, que las acompañasen más en lugar de estar tan atareados con sus actividades actuales. En otros casos se considera que eso satisface también a sus mujeres e hijos.

La idea de realizar una actividad en la jubilación suele unirse también a la noción de ocio en el sentido de actividad carente de obligaciones. Ya no es la época del trabajo remunerado cuando era preciso respetar unos horarios, y los tiempos de trabajo y descanso estaban regulados a lo largo del día y del año. Pero la falta de obligación no significa carencia del sentido de la responsabilidad y compromiso. En algún caso se llega a considerar la actividad que realizan actualmente como un servicio público, debido a que ayudan a otras personas con su información y actividades que realizan. Es una actividad que se entiende como una responsabilidad ante las personas que confían en uno/a: hijos/as, nietos/as a los que se ayuda en unas determinadas tareas; compañeros/as de asociación donde se desempeñas unas funciones; otras personas a quienes se presta algún tipo de apoyo.

Mantener la actividad mental y física se considera fundamental a lo largo del ciclo vital pero especialmente en la etapa de la jubilación. Las actividades de ocio y las altruistas son -más que las de carácter laboral o económico- las más habituales. No son «trabajo» en sentido estricto (como actividad pagada) pero sí en muchos casos, en cuanto actividad que conlleva compromiso. Además participa junto con la actividad laboral y profesional de la cualidad de estructurar el tiempo, así como de proporcionar sentimientos de utilidad social. La idea de utilidad que proporcionan las actividades altruistas parece que es mutua para la persona y para la sociedad según manifiestan diversas personas entrevistadas. Carlos de CONEX entiende así la participación en actividades altruistas: «Sencillamente creo que acudimos a estas actividades porque tenemos algo que nos impulsa. Queremos transmitir a la sociedad algo que hemos ido acumulando y que ahora llevamos dentro. Necesito hacer algo por los demás. Yo no aceptaría ahora realizar una actividad remunerada porque he llegado a una edad en la que deseo sentirme desvinculado económicamente de cualquier presión, de cualquier obligación. Yo quiero hacer cosas pero sine pecunia, sin pedir ninguna compensación a cambio. No aceptaría una compensación porque he llegado a una situación en la que puedo dedicarme al voluntariado».

También se entiende la aportación social en otro sentido, como lo explica Nieves: «Yo creo que sólo vernos que no damos preocupación, que estamos alegres y caminando bien, ya es importante». Josefina lo completa: «Y no darles preocupaciones a los hijos, sino al contrario, que podamos echar una mano». Carmen entiende que «el mero hecho de conservarme así, como estoy con la gente, me parece a mí que ya aporto algo con eso. Veo que hay personas que están todo el día metidas en casa y lo único que hacen es dar guerra, que les tienen que llevar a los sitios. Yo no necesito que nadie me lleve a ninguna parte». Felisa, que tiene 64 años añade: «Yo ya he ayudado mucho a mis padres porque han estado enfermos y mi madre con demencia senil. Además me ha tocado también mucho con mis suegros». Pilar culmina los razonamientos: «Se aporta a los demás porque al estar al día de las noticias y en ideas también, eso hace que seas una persona más interesante. Tienes mejor conversación, o sea, puedes aportar más ideas, opinas con una mayor seguridad y eso, claro, nos hace encontrarnos a nosotros más a gusto y también a los demás, que se nota que en tu relación con ellos también tienes algo que aportar».

Parece que las mujeres contribuyen con sus acciones más en el ámbito familiar, según lo manifiestan, mientras que los varones parecen percibir sus aportaciones con un carácter más «amplio», o incluso, más orientado hace actividades relacionadas con la idea del trabajo, aunque muchos de ellos hablan de cómo ayudan en las labores del hogar, o a los hijos y nietos, pero no es lo que enfatizan. Las actividades y roles ejercidos durante su vida anterior, e interiorizados en los procesos de socialización en sociedades donde ha existido una división sexual del trabajo, parecen influir en los tipos de actividad que, mayoritariamente, ejercen en este periodo de sus vidas, así como en sus percepciones al respecto. Aunque, también los varones pueden ejercer funciones más asociadas al rol tradicional femenino, como algunos lo han manifestado.

En los varones analizados (mediterráneos, que no anglosajones) se observa una ética del trabajo profundamente arraigada. El ocio -su sentido- es más reciente, es propio de las sociedades de consumo de masas y no de las de la escasez, como fueron las que vivieron las generaciones actuales de personas mayores. El ocio incluso tenía un sentido peyorativo. El refranero español lo resaltaba «la ociosidad es la madre de todos los vicios». Suele decirse que las personas mayores carecen de una cultura del ocio. En el caso de los varones entrevistados muchos tienden a realizar actividades que puedan tener un sentido productivo (ya no económico, pero sí desde un punto de vista social).

Las actividades sustitutivas de la actividad laboral o profesional parecen resultar suficientes para la mayoría, y más satisfactorias incluso que aquellas para otros. Sin embargo, en la investigación se detecta algún caso en el que se experimenta un sentimiento de falta, de carencia, o de pérdida, con relación a la vida de trabajador. Alguno señala que no se hubiera jubilado nunca voluntariamente, y otros manifiestan una nostalgia por sus tiempos de trabajadores. Se considera (Solomon y Szwabo 1994) que las razones por las que los varones continúan poniendo tanto énfasis en las actividades relacionadas con el trabajo, tiene que ver en parte con una creencia fuertemente arraigada en esas cohortes sobre el rol tradicional masculino. Muchos varones, incluso, no desarrollan nunca otros intereses fuera del trabajo. Es por lo que su identidad se encuentra arraigada en su trabajo.

En el caso de las mujeres, la situación resulta interesante de analizar. La viudez o la pérdida de un hijo/a son acontecimientos traumáticos que pueden influir sobremanera en su bienestar y en su salud (Moen et al., 1992). Aparte de algunas circunstancias dramáticas que pueden darse, las mujeres también pueden experimentar en esa etapa de sus vidas un sentimiento de autorrealización. Pertenecen a una generación de mujeres que tuvieron muy escasas oportunidades para formarse, aprender, y ejercer la libertad personal. Las actividades culturales y formativas desarrolladas en las Aulas de Tercera Edad de Vitoria han supuesto para muchas mujeres la apertura a mundos desconocidos. Sienten que pueden participar en la conversación de las personas más jóvenes y mejor formadas. Experimentan también una suerte de liberación de obligaciones asumidas anteriormente como incuestionables.

Aprender, el afán de conocer, las ansias de superarse, el deseo de adquirir mayor nivel cultural, encontrar amigas, obtener logros, son los acicates que mueven a estas mujeres -en la última etapa de sus vidas- a permanecer activas, sintiéndose así realmente vivas. Del análisis de las entrevistas realizadas en las Aulas de Vitoria se desprende la importancia de proporcionar cauces, oportunidades para la utilización del tiempo libre a las personas mayores que lo necesiten y deseen. En el caso de las mujeres sobre todo, resulta un descubrimiento observar las capacidades y habilidades que pueden llegar a desarrollar con la edad. Son personas, en su mayoría, a las que les fue negada no sólo la instrucción y la participación en el mercado de trabajo formal -lo que les supuso una dependencia económica y social del marido- sino a las que se negaba también la capacidad de pensar. Mujeres y varones pueden encontrar -a pesar de las constricciones estructurales de la jubilación, y las pérdidas que pueden asociarse a la vejez- que esa etapa de sus vidas puede ser también «productiva» para ellos mismos, para sus familias, e incluso para otros miembros de la sociedad en la que viven. Puede suponer también una oportunidad para la emancipación. Algunos/as no la desaprovechan.

CONCLUSIONES.

En la investigación se ha detectado una continuidad en ideas esenciales, valores y actitudes, en diversos aspectos como es en lo referente al sentido del trabajo entre los varones. El concepto del mismo, interiorizado tempranamente, su experiencia anterior, lleva a seguir realizando otras actividades. Parecen apreciarse diferencias que no me atrevo a calificar en base a la «clase social» exactamente. Tienen mucho que ver con la ocupación anterior. En cuanto a los varones, en la realización de dichas tareas -carentes de obligación, pero no de compromiso- encuentran la continuidad para el mantenimiento de su identidad, que permanece basada en su masculinidad, fundamentada esta en su rol de trabajador. Las mujeres -muchas de ellas madres- encuentran una continuidad en su rol de madres y abuelas, y siguen ejerciendo múltiples roles. Puede resaltarse lo que ha supuesto para todos -pero especialmente para las mujeres- disponer de oportunidades. Realizan aprendizajes nuevos, satisfacen su sed de conocimientos y cultura, encuentran amistades (las mujeres tienen más probabilidades de estar y/o vivir solas) y perciben que ahora su vida es más plena que antes. En su vejez han encontrado una nueva identidad para sí mismas y se perciben más valiosas y realizadas que en otras épocas de sus vidas.

Destaca el potencial -cada vez mayor- de las nuevas personas jubiladas. Es mayor no sólo por razones demográficas, sino también porque cada vez están siendo más jóvenes y con mayores conocimientos y habilidades que sus predecesoras. Lo que puede hacer que cada vez deseen más realizar diversas actividades, encontrar un lugar para sí mismas, definiciones nuevas, e identidades satisfactorias. Los trabajdores de edad y las personas que se jubilan viven en un mundo más inseguro e incierto. Desde ciertas perspectivas (Phillipson 1998: 45) se entiende que la «modernización reflexiva» conlleva un funcionamiento de la construcción de la identidad sobre la base de la elección y la flexibilidad, lo que reemplaza la rigidez del ciclo de vida tradicional marcado por los ritos de paso. Que la sociedad se vuelva de verdad reflexiva implica que las personas y los no profesionales ejerzan control e influencia en la configuración y carácter de la modernidad. De este modo la modernidad reflexiva cuestiona las inseguridades producidas por los procesos de modernización. En las últimas décadas se ha producido una serie de cambios sociales que afectan a la familia, el trabajo, la jubilación. Se ha producido un proceso de desindustrialización, ha cambiado la estructura de clases, crece la preocupación por el medio ambiente. Todos esos cambios cuestionan las instituciones sobre las que fue construida la vejez (Phillipson 1998: 46-48). Las políticas actuales sobre jubilación se crearon teniendo en cuenta una sociedad basada en la producción y las instituciones de masas. Puede concluirse que esos cambios en la modernidad significan que se produce un tipo diferente de vejez, y por tanto de identidad. La vida en el periodo de la postmodernidad conlleva experimentar un mundo donde las actividades e instituciones tradicionales han desaparecido. En la sociedad postradicional las personas pueden negociar estilos de vida nuevos, y hacer elecciones nuevas sobre como quieren dirigir su vida. Para las personas mayores las implicaciones de algunos de los cambios experimentados pueden ser positivas. Se producen imágenes de la jubilación más juveniles, lo que conduce a cuestionar los modelos convencionales de envejecimiento. Se crea un estilo de vida basado en las personas de mediana edad que también tiene consecuencias en procesos de desarrollo y crecimiento personal, combinados con situaciones de crisis debido a las transiciones. Puede que esas imágenes sobre la vejez no se correspondan con la realidad de todas las personas ancianas, sino que se ajusten más a los estilos de vida de los grupos sociales más aventajados, pero se ha podido comprobar la existencia de una nueva vejez en personas de toda condición social, y diferentes edades que conservan su identidad (Bazo 1992). La Sociología de la Vejez o Ancianidad conduce a conocer mejor la sociedad al analizar como se construye socialmente la vejez, y sus relaciones con otras áreas vitales e instituciones.

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RESUMEN.

En el artículo se analiza la jubilación desde la doble perspectiva: macroestructural, como una institución social que se consolida con el desarrollo del capitalismo y se transforma en su funcionamiento y funciones, según sus necesidades, en unas tendencias que se desarrollan en el tiempo, y desde el micronivel. Es decir, se analiza también la jubilación desde cómo es vivida por quienes han llegado a ella, en muchas ocasiones de manera más o menos forzada, e incluso antes de lo previsto, convirtiendo repentinamente a las personas maduras en jubiladas jóvenes, en «ancianos/as jóvenes».

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1 Una relación de esos procesos puede verse en Bazo, María Teresa (1999b) Las personas mayores en Europa. Madrid: Estudios de Política Exterior, cap. 3.

2 Ver especialmente en este sentido el capítulo II.

3 La investigación de la que la autora es la investigadora principal se realiza con la ayuda de la Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología.

4 CONEX (Asociación Fondo de Conocimientos y Experiencia). Se funda en Barcelona en 1984. Es una asociación sin fines lucrativos, que, como se señala en los estatutos, tiene por objeto la formación de un banco de datos de experiencias profesionales, laborales, y conocimientos relativos a actividades relacionadas con el tiempo libre, para ofrecerlos a personas y sectores necesitados para procurar su integración social. Pueden pertenecer a ella personas a partir de los 50 años de edad, independientes económicamente, y con deseos de ayudar a los demás. SECOT: Seniors Españoles para la Cooperación Técnica. Se funda en 1989. Es una asociación independiente y sin ánimo de lucro, promovida por tres entidades: Acción Social Empresarial, Círculo de Empresarios y Consejo Superior de Cámaras de Comercio, Industria y Navegación de España. Tiene por objetivo prestar asesoramiento técnico profesional, a cargo de expertos jubilados y prejubilados a empresas y organismos con dificultades de acceso a la consultoría comercial, preferentemente en regiones económicamente desfavorecidas o en países en desarrollo. Las personas entrevistadas viven en Bilbao. El Consell Assessor de la Gent Gran es el órgano de participación y consulta del Ámbito de Bienestar Social del Ayuntamiento de Barcelona en aquellas cuestiones referentes a los problemas sociales de las personas mayores de Barcelona, y en concreto para aquellas competencias y funciones que signifiquen una mejora del bienestar y de la calidad de vida de ese sector de población. Entre otros integrantes del mismo figuran dos representantes de la Comisión de Personas Mayores de los diferentes distritos municipales de Barcelona. Dentro de las Aulas de Tercera Edad de la Diputación Foral de Álava que organizan con éxito en Vitoria múltiples actividades de carácter cultural, y lúdico, surge por iniciativa de la Diputación, un grupo de voluntarios/as que se ocupa de organizar y llevar adelante un servicio de biblioteca para las personas internadas en el hospital de Santiago en Vitoria. Otros grupos analizados son los organizados dentro de la actividad de las Aulas para cantar en un coro, jugar a la petanca, realizar expresión corporal. Aunque algunas de esas personas participan también en otras actividades. Otras personas analizadas son miembros de la Asociación Gorabide de Bilbao, a la que pertenecen como padres y madres que tienen hijos/as discapacitados psíquicos. Son personas ancianas que siguen ejerciendo sus roles de padres al seguir cuidando de hijos adultos dependientes. Se han realizado entrevistas de grupo, y entrevistas en profundidad a varias personas. Entre estas últimas son tres las analizadas en el capítulo: Agustín, Enrique, y José Antonio. Los dos primeros a su vez pertenecen a sendas organizaciones. El total de personas entrevistadas cuyos resultados son analizados en el libro son cincuenta.