La inspiración española de la revolución piamontesa de 1821

Autor:Gonzalo Butrón Prida
Páginas:73-97
RESUMEN

I. Guerra, nación y constitución: la inspiración española de la revolución romántica (1808-1820) - 1.1. Literatura y propaganda: la mitificación romántica de la resistencia española - 1.2. De la guerra a la revolución: el doble referente de 1808 y 1820 - II. De Cádiz a Turín: una revolución a la española en el piamonte - 2.1. Reacción vs. Revolución: el repliegue de las vías intermedias - 2.2. La ... (ver resumen completo)

 
ÍNDICE
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I Guerra, nación y constitución: la inspiración española de la revolución romántica (1808-1820)

El doble proceso de guerra y revolución protagonizado por los españoles durante el primer cuarto del siglo XIX tuvo una amplia proyección sobre la Europa del momento y permitió redimensionar la consideración pública de la nación española, de nuevo merecedora del respeto, tornado en muchos casos en simpatía y admiración, de los europeos. En efecto, tanto el modo de enfrentarse desde 1808 a la amenaza francesa, como la respuesta política articulada en 1812 frente al absolutismo, despertaron un enorme interés, sobre todo entre quienes deseaban, como los liberales españoles, unir la lucha por la independencia contra el dominio de una potencia exterior, con la lucha por la libertad política frente al absolutismo. Esta doble naturaleza de la lucha española fue pronto valorada en territorios y contextos diferentes. En este sentido, resulta significativa la nota al público que cerraba la traducción de la Constitución española publicada en Milán en 1814, que destacaba precisamente el vínculo señalado entre la lucha por la independencia y la lucha por la libertad al reconocer que el texto español preparaba “i più bei destini ad una nazione che se gli ha meritati colla sua costanza, e conquistati col suo sangue”1.

1. 1 Literatura y propaganda: la mitificación romántica de la resistencia española

Uno de los primeros escenarios del entusiasmo por la reacción antifrancesa de los españoles fue el británico. Charles Esdaile lo vincula con la llegada a Londres de la delegación asturiana que en junio de 1808, al dar cuenta de la ruptura de hostilidades en España, acabaría con el pesimismo general y daría lugar a una oleada de hispanofilia2. En el caso de Prusia, estudiado por Remedios Solano, la atención a la reacción española, y en concreto a la guerrilla, también fue temprana, e interesó por igual a políticos y militares, que a literatos y propagandistas, generalmente vinculados con el incipiente nacionalismo alemán3.

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También relacionada con el nacionalismo fue la idealización de la guerra y la guerrilla española llevada a cabo por los italianos, y muy especialmente por los protagonistas de los inicios del Risorgimento, que miraron a España con el fin de extraer lecciones de como enfrentarse a un enemigo exterior con un ejército regular manifiestamente inferior, relegado a desempeñar un papel secundario en el enfrentamiento. Algunas de estas miradas tenían un carácter general, como fue el caso de Storia della guerra di Spagna e del Portogallo contro Napoleone, publicada por Cesare Balbo en Turín en 1816, y cuya visión épica de la nación española fue considerada por Passerin como clave en la fundación del mito de España como “paese di libertà”4. Cesare Balbo aprovecharía luego su estancia en Madrid entre 1816 y 1819 para viajar por buena parte del territorio español, interesarse por su historia constitucional y documentarse ampliamente sobre la Guerra de la Independencia española, de la que consideraba que los italianos podían extraer lecciones de gran utilidad, como la importancia de la movilización general en la resistencia a la dominación exterior5. Antonio Lissoni, que había luchado en tierras españolas formando parte de las divisiones del Reino Itálico, también dejó testimonios de su visión de la guerra, tanto en Gl’italiani in Catalogna. Lettere di A. L. Ufficiale di cavalleria italiano, publicado en Londres en 1814, como en Episodi della guerra combattuta dagli italiani in Ispagna, llevado a la imprenta en Milán en 1843. En la primera de ellas, Lissoni incluiría una definición de la lucha de los españoles que resume las dos cuestiones que interesaban entonces a los italianos, esto es, la canalización del odio al extranjero en una dirección nacional y la articulación de una lucha alternativa a la tradicional: “El odio nacional que generalmente existía contra los franceses había puesto una especie de unidad en los esfuerzos sin dirección del pueblo, y se vio nacer junto a la guerra regular un sistema de guerra improvisada, una especie de desorden sistemático, que perfectamente se adaptaba al genio indómito de la nación española”6.

Otras obras italianas se centraron directamente en la guerra de guerrillas, que Maurizio Isabella ha definido como el legado político más importante de la

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revolución española7. Entre estas obras destaca Della guerra nazionale d’insurrezione per bande applicata all’Italia, tratado publicado en 1830 por Carlo Bianco di Saint-Jorioz, aristócrata y societario piamontés implicado en la revolución de 1821 y exiliado luego en España, que no sólo señalaría la oportunidad de importar el modelo español de lucha, sino que pondría además el acento en la definición de la guerra de los españoles contra Napoleón como clave en el despertar de la nación española8. No hay que olvidar, en todo caso, el notable grado de mitificación interesada alcanzado por la guerrilla en el discurso de Bianco di Saint-Jorioz, que no dudó en ocultar en sus escritos públicos el desencanto vivido en los momentos finales del Trienio ante la escasa movilización popular a favor del régimen español9.

1.2. De la guerra a la revolución: el doble referente de 1808 y 1820

Si la resistencia española a la invasión francesa tuvo una influencia inmediata en Europa, la repercusión del modelo constitucional español fue más limitada en la era napoleónica, para alcanzar mayor protagonismo a partir de 1820, cuando los españoles volvieron a aparecer ante la opinión europea como los únicos capaces de romper con el orden impuesto en 1815, de modo que si años atrás habían logrado poner en duda la imbatibilidad francesa, ahora ponían de manifiesto la imposibilidad de recuperar el orden prerrevolucionario borrando de un golpe la historia más reciente de Europa.

Fernández Sarasola, que ha estudiado la proyección de la Constitución española de 1812 durante la Restauración, ha señalado que su trascendencia fue menor en los estados que contaban con una tradición constitucional sólida, para tener en cambio una repercusión directa sobre aquellos de menor tradición o que incluso estaban a la espera de emprender sus primeros ensayos constitucionales10. En estos territorios el modelo político español lograría trascender el contexto de las guerras napoleónicas en el que había nacido, e inspiraría especialmente a quienes, ya más claramente marcados por la impronta romántica y desde posiciones que podríamos calificar de nacionalistas o protonacionalistas, se enfrentaron además a una situación de

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dominio o amenaza exterior. En este caso, a las referencias clave de 1808 y 1812 se sumó la de 1820, toda vez que el éxito de la nueva revolución española no sólo devolvió a los españoles al primer plano de la opinión pública europea, sino que, al poner de manifiesto la debilidad del absolutismo restaurado, incrementó la actividad conspirativa de aquellos que aspiraban, como los españoles, a romper con el rígido marco político impuesto por la Restauración.

Una de las claves del éxito de la nueva revolución española se encuentra precisamente en su vínculo directo con el pasado inmediato, puesto que el programa de acción que ofrecía a los descontentos de la Restauración remontaba sus orígenes a la Guerra de la Independencia, continuaba con la propuesta política representada por la Constitución de 1812 y desembocaba en la articulación de la estrategia del pronunciamiento triunfante en 1820, tan del gusto de la cultura política del romanticismo11.

La ponderación de la secuencia temporal 1808-1812-1820 permite entender mejor las simpatías despertadas por el código español, pues en muchos casos fue más valorado por lo que representaba como referente de la lucha por la independencia y la libertad y por la propuesta de acción revolucionaria que implicaba, que por la propuesta política concreta que recogía en su articulado. En virtud de esta especificidad, la revolución española de 1820 no tardó en adquirir un marcado carácter europeo, como lo demuestran tanto la tensión que generó entre la clase política, como la agitación que provocó entre los círculos de oposición al absolutismo, que habían ido tejiendo lazos entre sí gracias a la experiencia común del exilio y a la vocación internacional de su lucha12.

El resultado fue la apertura de un proceso revolucionario de escala europea, que tuvo su epicentro en España y que entre 1820 y 1823 propagó especialmente sus ondas por la Europa meridional, donde dio lugar al establecimiento, en Nápoles, Portugal y el Piamonte, de distintos regímenes constitucionales cortados según el patrón español. La enorme fuerza de la conjunción 1808-1812-1820 permitió que la lucha de los españoles por su independencia encajara con el deseo de los revolucionarios italianos y portugueses de liberarse de la dominación exterior –austriaca en los territorios italianos e inglesa en Portugal–, en tanto que la lucha de los españoles por su libertad encajaba con su deseo de dotarse de un sistema representativo de

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gobierno, de ahí que siguieran por completo el patrón marcado por los españoles, esto es, la...

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