La polifacética imagen de las mujeres en la Unión Soviética en los años veinte y treinta

Autor:Laura Branciforte
Cargo del Autor:Universidad Carlos III de Madrid
Páginas:21-47
RESUMEN

Premisa - La realidad soviética bolchevique y sus protagonistas políticas - Imágenes desde la literatura soviética: resistencia y conformismo - Bibliografía

 
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Premisa

La diversidad de respuestas de las mujeres a un supuesto modelo soviético impuesto por el régimen comunista a lo largo de los años veinte y treinta del siglo XX, nos permite esbozar similitudes y eventuales diferencias entre estas dos décadas. Además es preciso subrayar, hecho no aislado a lo largo de la historia de las mujeres, la originalidad e imprevisibilidad de las mismas mujeres a la hora de rechazar o moldear un orden ya supuestamente prefigurado para ellas en este lapso de tiempo.

Las controvertidas posiciones del socialismo no contribuyeron a la redefinición de la participación de las mujeres en la esfera pública. Las mujeres parecían destinadas a encajar en un "modelo único"1de participación política o, si tuviésemos que atribuirle un género a esta participación, ésta sería seguramente masculina. Las distintas visiones del socialismo

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(desde las tendencias socialdemócratas hasta el comunismo)2 oscilaban entre la lealtad a la ortodoxia y el reconocimiento de unos intereses específicos de las mujeres; sin embargo, la primacía que la causa política y revolucionaria otorgaba a la cuestión femenina la hacía inexistente en cuanto tal y únicamente parte de una lucha más amplia.

La negación de una identidad y cuestión específica de género fue uno de los postulados del mundo socialista, y que estaba basado en la idea de que la explotación de las mujeres hubiese desaparecido con el establecimiento del socialismo3.

Sin embargo no se puede afirmar que el discurso socialista fuera del todo unánime acerca de la igualdad de los derechos de las mujeres, como tampoco lo fue el comunista ortodoxo.

Quitando las propuestas de los movimientos del socialismo utópico que habían planteado activamente la emancipación de las mujeres4, y por supuesto la vida y obra principal de la feminista socialista Flora Tristán, La Unión Obrera5, la cuestión de la emancipación femenina fue un tema menor en el ámbito del marxismo, vinculado a la lucha por la emancipación del proletariado. Si tomamos en consideración a Friedrich Engels podemos constatar que desarrolló un examen más profundo de la "cuestión de la mujer" en el El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, atribuyendo fundamentalmente su opresión a unos factores determinados: la propiedad privada, su exclusión del proceso productivo y la familia. Como diría mucho más adelante Simone De Bevauoir, en 1949, comentan-

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do esta obra de Engels: a la afirmación de "con la aparición de la propiedad privada [...] el hombre pasa a ser también propietario de la mujer", la autora añade: "no está claro como la propiedad privada haya provocado fatalmente el sometimiento de la mujer"6. La ceguera mostrada por el socialismo, con respecto a la falta de reconocimiento de la diversidad entre la opresión económica y aquella de género se mantuvo constante en las políticas socialdemócratas y en las limitaciones en la participación de las mujeres en sus partidos.

Una excepción en el marxismo las constituyen las reflexiones de August Bebel, con su obra Mujer y Socialismo (1885), en la cual defendía la igualdad de derechos de las mujeres y evidenciaba la posición de dependencia de las mujeres no simplemente con respecto al sistema capitalista, sino con respecto a los hombres. Veía como la cuestión de la emancipación atañía de forma específica a las mujeres y justificaba por lo tanto la necesidad de una lucha autónoma de las mismas respecto a la que se venía haciendo contra el sistema capitalista7.

Otro controvertido nudo de la realidad socialista y de las mujeres fue la dificultad de hacer compatibles la feminidad y el trabajo asalariado, el mundo de la reproducción y el de la producción; dicho con palabras de Joan Scott: "una anomalía que no se sabía cómo tratar"8. Estos argumentos fueron de difícil conciliación en el mundo socialista y fueron expresión de una realidad, sobre todo en sus inicios, no exenta de cierta incoherencia en la praxis política de los partidos y sindicatos y en la teorización de esta discriminación.

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En un momento en el cual además el socialismo era "testigo del crecimiento conjunto del feminismo político y de la emancipación concreta de las mujeres"9, el socialismo tampoco encontró acuerdo sobre el tema aparentemente más evidente: la legitimidad del trabajo femenino. Destacados dirigentes como Proudhon y Ferdinand Lassalle, por ejemplo, se oponían al trabajo femenino. Proudhon, el más antifeminista, en la Primera Internacional no se mostraba propicio a la incorporación de las mujeres al mundo laboral, afirmando que "no había otra alternativa para las mujeres que la de ser madres o putas"10.

Proudhon se niega, en plena continuidad con la tradición fran-cesa ilustrada11, a ver en las mujeres unos sujetos autónomos y de pleno derecho, negándoles, por lo tanto, entre otros el derecho al trabajo asalariado.

La integración de las mujeres en una identidad común de clase hizo que su aceptación estuviera supeditada al desempeño de un papel controvertido, a medio camino entre, por un lado, una visión más "romántica" y tradicional, y, por el otro, como trabajadora y camarada. Como señala Michelle Perrot, el movimiento obrero seguía atrapado en el ideal de la mujer en el hogar porque "el mantenimiento de la familia podía convertirse en un salvavidas, una forma de autodefensa, un modo de resistir

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a los golpes de la industrialización"12. La visión socialista ortodoxa, por su parte, delimitaba el espacio de actuación político femenino, y como bien subraya Mary Nash, "en la medida en que las mujeres se integraron, su actuación fue definida en términos de género y fue canalizada hacia ámbitos sociales de bienestar, educación, socialización y transmisión de cultura obrera"13. Seguramente las definiciones de feminidad y de masculinidad tradicionales influyeron también en la articulación de los procesos de inclusión o exclusión de las mujeres en el movimiento obrero europeo así como denotan Gruber y Graves: "The mayor stumbling block in every case was the strength of traditional ideas about appropriate gender roles"14.

La realidad soviética bolchevique y sus protagonistas políticas

Los intentos de construcción por parte del mundo comunista de una identidad colectiva, socialista y femenina fueron muy heterogéneos y algo incoherentes entre sí. La necesidad, y por lo tanto la praxis de gobierno y la teoría comunista entraron a menudo en conflicto.

Si vamos ahora a prestar atención específica a la realidad soviética comunista, a partir de la situación creada y padecida por las mujeres en el contexto de la revolución bolchevique y de la "restauración estaliniana", será preciso apoyarse en la

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experiencia política de figuras representativas de la vida política soviética: Elena Stasova, Alexandra Kollontai, Clara Zetkin y Nadezhda Krupskaya ente muchas otras15. Estas mujeres marcaron con su reflexión y acción los hitos de la conducta femenina en el Partido bolchevique y fuera de él.

A pesar de que los nombres de Kollontai, Zetkin y Krupskaya estén entre los más conocidos, otras mujeres lograron alcanzar puestos de gran responsabilidad tras las detenciones y represalias que habían sufrido antes de la revolución bolchevique, como, por ejemplo, Eugenija Bos, Konkordia Samoilova, Rosalía Zemliacka16o Inés Arnaud. Junto a ellas, también desempeñaron un papel considerable al frente del Ženodtel (el departamento femenino permanente del partido) Alexandra Artiukhina y Klavdiia Nikolaeva17. Éstas últimas eran la expresión más representativa de los predicamentos del partido por su origen social obrero, ya que muchas de las otras mujeres pertenecían a clases sociales más elevadas.

¿Cuáles fueron las modalidades de participación femenina en la esfera pública y en la gestión del poder? La contribución femenina a la vida del partido se realizó mediante una fuerza secundaria respecto al mismo, es decir el Ženotdel. Este fue fundado en septiembre de 1919 bajo el control del Comité Central y tenía sus sedes locales en las regiones y provincias

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soviéticas y sus Comité en las fábricas y en los pueblos18. Se podría ver en la creación del Ženotdel, más que la voluntad expresa de integración de las mujeres en el mundo político, una vía de actuación política separada y autónoma, si bien con un fin común a los dos sexos: la causa revolucionaria. Si la decisión del Partido Soviético de integrar a las mujeres en organizaciones específicas, como el Ženotdel, se justificó también por la voluntad de combatir el supuesto retraso femenino en la participación política, esa medida superó todas las expectativas y la voluntad del partido de "dirigir" a sus participantes. No fue casualidad la declaración de supresión de Ženodtel en 1929, cuando esta fuerza política, si bien secundaria con respecto al partido, empezó a ser acusada de desviacionismo feminista.

La participación política femenina en la Unión Soviética pasó por lo tanto por estas representativas mujeres, que fueron las máximas referentes de la vida política, por todas aquellas que tomaron parte activa antes y durante la Revolución. La revolución rusa de 1917 constituyó uno de los momentos, si no el momento, de máxima participación y compromiso político de las mujeres en la política soviética. Éstas cumplieron un papel de gran importancia en marzo de 1917 (febrero según el calendario ruso), momento en el cual las obreras de Petersburgo se manifestaron en contra de la guerra y de la penuria de alimentos.Esta revolución consagró su influencia: las mujeres participaron en el movimiento revolucionario de forma consistente, llegando a constituir un 15-20% de los efectivos.19Esta participación femenina fue la expresión de una participación política femenina verdadera, autónoma e incisiva: "There were several...

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