Identidades colectivas: pueblos y territorios

Autor:Faustino Menéndez Pidal
Páginas:9-18
 
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Es de todos conocido el llamado «título largo» de los reyes de España, en el que se nombran, uno tras otro, todos los territorios que comprendía su corona. Aparte de los añadidos en el transcurso de la edad moderna, como Navarra, las conquistas italianas y los derechos aportados por el matrimonio de la reina Juana, se compone de los títulos propios de los Reyes Católicos, ordenados en alternancia los de ambos esposos de modo que queden en primer lugar los que tienen expresión heráldica en el escudo de armas: los reinos de Castilla, León, Aragón, Sicilia y Granada. Esta manera de formular los títulos, referidos al territorio, viene de tiempos mucho más antiguos. En los sucesores de Sancho el Mayor hallamos ya en el siglo XII las titulaciones de rex Castellæ et Toleti, rex Legionis et Galleciæ, rex Navarræ y poco después en la corona aragonesa, siempre más apegada a las pautas tradicionales, las análogas de rex Aragonum, Valenciæ, etc. Como si fuera la única posible, la aplicamos hoy en el uso ordinario a los reyes de la Europa moderna, aunque no sea ésta la formulación oficial de sus títulos.

El reino, la entidad sobre la que ejerce la jurisdicción el rey, está formado de personas y de espacio geográfico, de pueblo y de territorio. Si los reinos españoles se percibieron muy pronto como territorios, prevaleciendo este componente sobre el humano, en tiempos más antiguos la fórmula habitual era la contraria. Desde los reyes merovingios en el siglo VII encontramos la titulación de Rex Francorum en el país vecino. El contraste es más llamativo cuando, ya en la edad moderna, añaden el título de un reino español, al heredar los derechos de los desposeídos reyes de Navarra y ejercer el poder sobre la fracción ultrapirenaica abandonada por Fernando el Católico. Luis XIII, por ejemplo, se titula Dei gratia Francorum et Navarræ rex. La percepción del reino como conjunto humano continúa en el Imperio, con las fórmulas rex o imperator Romanorum, pero la de rex Anglorum sólo llega hasta el extremo fin delPage 10 siglo XII: Juan Sin Tierra se titula ya rex Angliæ, dominus Hiberniæ, dux Norma nniæ et Aquitaniæ, comes Andegaviæ.

Los títulos múltiples usados por los reyes medievales españoles son una consecuencia de considerarse reyes de territorios, no de pueblos. El mismo nombre de España-Hispania alude a un territorio, no a un pueblo, en contraste con los derivados de gentilicios: England, país de los anglos; France, país de los francos; Deutschland, país de los teutones. Ya en el siglo XII, el territorio, de mero escenario, ha pasado a ser protagonista y el reino es entendido como territorio, no como pueblo. Acaso la Reconquista, con la consiguiente variación de fronteras, aceleró y agudizó la percepción y valoración del espacio geográfico. En el caso de Francia, por el contrario, la estructura feudal del poder de sus reyes dificultó sin duda que su ámbito se percibiese como un todo uniforme. Pero, aparte de las circunstancias específicas de los reinos españoles, el avance de la noción de territorio y el paralelo retroceso de la noción de pueblo se advierte en otros muy diversos testimonios, como más adelante veremos.

No se trata de algo puramente nominal, de una intrascendente elección de denominaciones. Bajo la diversidad de las titulaciones laten importantes diferencias en la concepción de las relaciones del rey con su reino, porque los patrones o modelos a los que se ajusta la figura del monarca han sido diferentes, aunque el nombre sea el mismo. A la vez, han variado también las estimaciones que determinan la existencia de una identidad común en un grupo humano: dejará de fundarse en la pertenencia a un pueblo, definido por compartir una misma cultura, y se basará en el hecho de morar en un mismo territorio. Son los orígenes de las situaciones vigentes en la baja edad media, que penetran ampliamente en la moderna, lo que justifica el interés del tema. No faltan tampoco aplicaciones a la actualidad, que no desarrollaré aquí, pero que cada uno puede fácilmente deducir. Aplicaciones a la hora de juzgar los idearios nacionalistas y útiles incluso para enfocar ciertos problemas planteados por la inmigración.

Desde nuestra perspectiva de siglos, podemos advertir hoy, con alguna seguridad, las directrices de la evolución en estas cuestiones. Pero la lentitud del avance y el carácter sutil de las diferencias debió de hacer muy difícil que las percibiesen quienes las vivieron. Por esta razón, las fuentes más reveladoras no suelen ser las textuales. Los conceptos que consideramos han quedado reflejados con mayor viveza en los documentos formales, no textuales, tales como emblemas, símbolos o imágenes, sellos, monedas, pinturas, ornamentaciones, etc. Sin embargo, la historiografía actual sólo en muy contadas ocasiones reconoce y aprovecha el gran valor que poseen como documento esta clase de testimonios.

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La manera de utilizar la cruz procesional en la monarquía asturiana del siglo IX confirma las ideas expresadas en los textos históricos de la época, tanto en el Epítome del año 883, llamado Crónica albeldense, como en la Crónica Page 11 de Alfonso III. El pueblo cristiano lucha por la restauración del reino godo, puesto que «Sarrazeni Spanias occupant, regnumque gothorum capiunt». El reino es comprendido como pueblo, como conjunto de gentes cuyo nexo de unión es la fe cristiana; el rey, como conductor de ese pueblo, es el portador de la enseña de la cruz que le guía. Alfonso III el Magno la hizo grabar en una lápida sobre la puerta de su palacio de Oviedo en el año 875. De igual modo aparece en otros varios monumentos. Son todas cruces estacionales o procesionales que se colocaban sobre un asta encajada en el pie, análogas a las que se construían en ricos materiales, como las llamadas de los Ángeles, de la Victoria, la de Santiago de Peñalba, etc., y las que se representaban en biblias y beatos. La cruz procesional cumple la función de enseña o guión del ejército real. El Liber ordinum describe la ceremonia de la partida a la guerra del rey asturiano al frente de sus tropas llevando la cruz ante sí.

La cruz asturiana se vincula al rey y al reino -entendido como pueblo- de manera contraria a como lo harán más tarde los emblemas heráldicos. Éstos últimos identifican o representan primero al rey y sólo por su intermedio al reino; la cruz...

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