Las herencias históricas del estado moderno

Autor:Joseba Arregi Aranburu
Páginas:23-35
 
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Hablamos del Estado moderno, porque antes de la Ilustración ya existía Estado en Europa. Aunque estructuras de poder, aunque la organización del poder sea una constante de las sociedades humanas, parece que el desarrollo de las civilizaciones basadas en la generalización de la economía agrícola, junto con el desarrollo de las grandes religiones, las civilizaciones sedentarias, fueron las que primeramente dieron lugar a lo que posterior-mente hemos conocido como Estado.

El Estado como forma de organización del poder, con legitimación religiosa, y como forma de responder a las crecientes demandas de orden y de organización surgidas de la sedentarización y de la generalización de la economía agrícola, es el resultado de lo que Guglielmo Ferrero (Poder. Los genios invisibles de la ciudad, 1998) denomina uno de los fenómenos de más difícil explicación en el comportamiento humano: que unas personas tengan la posibilidad de mandar sobre otras, y que éstas otras lo acepten.

Asumiendo que, salvo algunas excepciones limitadas y necesitadas de importantes matizaciones, el surgimiento, consolidación y desarrollo del Estado como forma de organización del poder en las sociedades han estado acompañados de la capacidad legitimatoria de la religión, la consecuencia principal de la revolución que supone la Ilustración en los inicios de la cultura moderna radica en que obliga a pensar el Estado por primera vez -salvo las excepciones de la democracia griega- sin referencias religiosas.

Si en las grandes civilizaciones se desarrolla el Estado como función diferenciada, pero siempre en estrecha vinculación y dependencia de la religión correspondiente, en la cultura moderna y después de la Ilustración se hace preciso pensar el Estado sin religión, desde la inmanencia, sin apoyatura alguna en posibles legitimaciones trascendentes.

El Estado como fenómeno con una gran continuidad histórica, y la necesidad de pensarlo en un contexto de inmanencia, son dos elementos a tener en cuenta a la hora de describir la herencia histórica del Estado moderno. La continuidad histórica se concreta en el surgimiento de las monarquías

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nacionales en Europa desde el trasfondo de la caída del Imperio romano. El contexto de inmanencia es fruto de una evolución mucho más amplia que implica al conjunto del pensamiento europeo, de la cultura europea y que abarca todos los aspectos de la vida, más allá de lo estrictamente político, pero que incide directamente en la forma de entender la política. La inmanentización del Estado no es fruto de una evolución que se da exclusivamente dentro del ámbito del pensamiento político, sino que incide en él desde un contexto mucho más amplio.

En cierto sentido, se puede afirmar que el Estado moderno nace con una hipoteca que lo coloca siempre más allá de sí mismo. Es lo que contiene la intuición de Ernst Troeltsch (El protestantismo y el mundo moderno, 1951) cuando dice que el Estado moderno hereda la función salvífica de la religión, pero sin contar para ello con los instrumentos adecuados por tener que ser pensado exclusivamente desde la inmanencia. Es verdad que no será sólo el Estado el que asuma esa función salvífica sustitutoria. El concepto de ideología, en su mayor extensión de significado, indica con bastante exactitud esa función sustitutoria. Y si bien el concepto de ideología apunta más allá del Estado, más allá de lo que pertenece estrictamente al ámbito de la política, también es cierto que toda la carga de sustitución de religión que se encuentra en el concepto de ideología actúa de forma directa en la concepción del Estado moderno como el instrumento adecuado para llevar a cabo la promesa de la ideología. La invasión del Estado por la ideología es el indicativo más claro del significado de la intuición de Troeltsch: el Estado debe sustituir a la religión en su función más característica sin contar con los instrumentos adecuados para ello, cuales son el sacramento y el milagro, incomprensibles e inefectivos sin la apoyatura en la trascendencia.

La Ilustración europea, sin embargo, no piensa los Estados ex nihilo, desde cero. Ninguna de las teorías clásicas que produce la Ilustración supone un intento de crear el Estado de forma puramente racional. Hobbes, Rousseau y Kant plantean, más los dos primeros que el tercero, modelos heurísticos, no historias reales, que ayudan a entender el proceso de constitución del Estado. Pero los tres tratan de repensar racionalmente lo que existe realmente. Pretenden actuar sobre la realidad histórica, no producirla como si nada previo a sus reflexiones existiera. Y las reflexiones de Kant acerca de la paz universal deben ser complementadas con las reflexiones contenidas en sus reflexiones sobre la filosofía de la historia y las enseñanzas que de ella se puedan extraer (Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y otros ensayos sobre Filosofía de la Historia, 1994).

La realidad histórica de Europa en el plano político, en el plano de la organización del poder, en tiempos de la Ilustración era el resultado de la formación de las monarquías nacionales a partir de las ruinas del Imperio ro-

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mano, del asentamiento de las invasiones de los godos, de la lucha contra la invasión árabe y del efímero Imperio carolingio.

Las monarquías nacionales se van desarrollando en el espacio creado por la tensión entre dos ideas de universalidad herederas del Imperio romano: el Papado y el Imperio romano-germánico. No es nada arriesgado afirmar que cuanto más alejadas se hallaban las monarquías nacionales del imperio, más fácil les resultó ir afirmando su autonomía política y con más facilidad pudieron dedicarse a desarrollar su propio poder político en lucha contra el poder del Papado. Una lucha que se mueve en los dos frentes que plantea la pretensión de poder del Papado: la voluntad, y la capacidad, de controlar el poder político gracias a la capacidad de aparecer y ser percibida como la única fuente legitimadora del poder.

No tiene por eso nada de extraño que, en el esfuerzo por consolidar su propio poder, las monarquías nacionales jugaran permanentemente con la posibilidad de constituir sus propias Iglesias, Iglesias locales, y no tiene nada de extraño que utilizaran la lucha contra las herejías como cruzadas en busca de extensión territorial. No tiene nada de extraño tampoco que atacaran indirectamente el poder legitimatorio de la Iglesia atacando directamente a elementos de poder dentro de la Iglesia, como en el caso de la destrucción de la Orden del Temple en Francia.

La permanente tensión, por otro lado, entre las pretensiones universales del Imperio romano-germánico y las igualmente universales pretensiones del Papado fue creando un espacio en el que las monarquías nacionales pudieron ir desarrollándose.

La constitución de la Iglesia anglicana y la politización de la Reforma luterana en manos de príncipes alemanes no son más que el último eslabón en la cadena de emancipación de las monarquías nacionales frente al Papado. En el caso de los príncipes alemanes, se trata de una emancipación frente al poder del Papado que conlleva, al mismo tiempo, un debilitamiento del Imperio romano-germánico, que, al perder su homogeneidad religiosa, perderá buena parte de su propia legitimidad como actor político de referencia en Europa. Alemania, sin embargo, tardará en llegar a su propia conformación como monarquía nacional, como Estado nacional, siendo la razón de ello precisamente, como en el caso de Italia lo es la fuerte presencia política del Papado, la presencia durante demasiado tiempo, durante el tiempo histórico de conformación de las monarquías nacionales, de una fuerza política, el Imperio, que lo impedía (H. Plessner, La Nación tardía, 1974).

El Imperio romano-germánico y el Papado son, pues, las fuerzas en declive durante la Edad Media, mientras que en la tensión entre ambos las monarquías...

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