Gregorio Peces-Barba: Un intelectual con vocación política

Autor:Eusebio Fernández García
Cargo:Universidad Carlos III de Madrid
Páginas:15-21
 
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No me resulta fácil hablar sobre Gregorio Peces-Barba con total objetividad, porque ello requiere un cierto distanciamiento, imposible en mi caso al confluir la triple condición de antiguo alumno, siempre discípulo, aunque de una manera un tanto heterodoxa, y la complicidad que da una amistad de casi cuarenta años, salpicada de algún no lejano incidente o contratiempo, que la afabilidad recíproca y el afecto común, ayudó en seguida a superar.

Alguien podría pensar, y creo que no estaría muy desencaminado, que precisamente debido a esos reparos en pro de la imparcialidad y a un superior conocimiento, posibilitado por la relación continua, se darían los requisitos básicos para producir un retrato suficientemente fiel y fiable. En él no se deberían escatimar los elogios y el reconocimiento de méritos, como tampoco se deberían ocultar los errores y defectos, puesto que de una personalidad notable y singular, que ha sido acompañada de una actividad pública imparable y variada, se puede sacar provecho, consejos, y enseñanzas útiles. Deseo subrayar esta pequeña reflexión porque los españoles, generalmente, a la hora de hacer recuentos biográficos solemos oscilar entre una patente cicatería, cuando no desconfianza o envidia, en el momento de admitir los logros de la persona en cuestión, mientras vive, y nos excedemos en elogios, al menos aparentes, al producirse su fallecimiento. Conviene, cuando se dan esas frecuentes situaciones, leer y aplicar aquel comentario que Michel de Montaigne realiza en sus Ensayos (III: 5, 822-3); "Nuestra vida es en parte estupidez, en parte sabiduría.

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Quien quiera que escriba sobre ella sólo con reverencia y según las normas se deja fuera más de la mitad". Gregorio, lector y admirador del contenido de los Ensayos de Montaigne, suscribió con su actividad cotidiana este pensamiento. Aunque entre sus flaquezas se encontraba el ser presa de una vanidad un tanto adolescente e inofensiva, nunca se acabada de creer del todo el papel que representaba, por importante que fuera. Lo ampuloso no acababa de cuajar en él, porque su inteligente ironía se convertía también en autoironía. Los que hemos convivido con él, por ejemplo aquí en la Universidad Carlos III durante estos largos y productivos años, tenemos buenas pruebas de ello. De la misma forma que creo que los que le han acompañado en el papel de personajes serviles, oportunistas y aduladores, nunca se dieron cuenta o no llegaron a comprender este rasgo de su carácter.

Mi aportación, aquí y ahora, se va a delimitar a comentar un aspecto de la biografía de Gregorio Peces-Barba que sobrevuela los cargos más representativos que ostentó, piénsese en Ponente Constitucional, Presidente del Congreso de los Diputados o Rector fundador de la Universidad Carlos III de Madrid. Por todos ellos, y a la par de haber sido objeto de Grandes Cruces y Premios, no sólo es merecedor, sino que ya forma parte de un lugar en la historia de la España contemporánea.

Las referencias aparecidas con motivo de su fallecimiento y las que le han seguido en recuerdos y homenajes suelen hacer hincapié en esas funciones públicas desempeñadas y, por tanto, me dan motivo para obviarlas e iré directamente al punto que me interesa: la relación entre el intelectual y el político.

Quizá para los puristas esa relación, en términos de adhesión, es imposible. O se es intelectual o se es político. No caben términos medios. Pero quien mantenga esta postura se dará pronto cuenta de que la realidad vivida por gran número de intelectuales, y, por ejemplo, en nuestro país desde hace siglos, es muy diferente a esa supuesta y deseada desconexión. El intelectual no es sólo un teórico sólido, un profesional excelente o un académico ejemplar. Desde la acuñación de esta palabra, parece ser con el "yo acuso" de E. Zola, a esas cualidades se le exige un especial compromiso con los problemas sociales y políticos. La búsqueda de la verdad frente a la visión partidista y sectaria. La independencia y...

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