Aproximación desde el formalismo ético a la labor del activo humano en Inteligencia

Autor:Fernando Cocho Pérez
Cargo:Profesor del Máster Interuniversitario en Analista de Inteligencia UC3M-URJC. Madrid, España
Páginas:130-147
RESUMEN

Cuando hablamos del trabajo en Inteligencia, pero también de todo lo que tiene que ver con la seguridad, las fuerzas armadas o los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, siempre aparecen dudas, recelos, conflictos y situaciones que nos interrogan sobre los controles, valores y actitudes que subyacen a los actos de los implicados en estas áreas en cualquiera de sus niveles. Este artículo... (ver resumen completo)

 
ÍNDICE
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Hay quien consagra gran parte de su vida a evitar las corrientes de aire.

W. SomersetMaugham

1. Introducción

El objetivo de la presente aproximación es plantear cuál puede ser el comportamiento ético de lo que hemos denominado Activo Humano de Inteligencia, y lo primero que deberíamos hacer es diferenciar entre el profesional de inteligencia (miembro de los servicios de inteligencia o asociado a un servicio de inteligencia de manera contractual) y el analista de inteligencia que puede ser, o no, miembro de los servicios de inteligencia, pero que desarrolla funciones, labores, dentro de una unidad/departamento de análisis de inteligencia y tiene formación específica en inteligencia.

En este caso, para no complicar la situación, nos referiremos al segundo tipo, ya que al hablar del profesional de inteligencia como miembro de un servicio nos estamos metiendo en un ámbito reglamentado de forma cuando menos reservada, no porque pretendamos decir que al profesional de los servicios no le vaya a afectar lo que en el presente artículo presentamos, sino que está sometido a legislaciones específicas y, por tanto, servidumbres de todo tipo a las que no siempre otro analista ajeno a los servicios tiene.

El activo de inteligencia al que vamos a aplicar esta aproximación formalista será, por tanto, el analista de inteligencia en sentido genérico. Una aproximación ética a su labor no pretende dilucidar si su comportamiento es éticamente bueno o éticamente malo, ni tampoco pretende decir de forma detallada cómo en un escenario un analista se comportaría correcta o incorrectamente.

Si quisiéramos hacer una casuística para poder asegurarnos un comportamiento ético en la labor de inteligencia, no sólo sería imposible, excesivamente prolijo, sino que, además, sería estéril porque sólo permitiría hacer un análisis de caso que no nos permite extrapolar nada más que: en esa situación de necesidad de inteligencia, ese analista, con esa información, en ese momento, tomó una decisión, u otra. Sería como pretender que si conociéramos todos los factores que llevan a una persona a ser como es, pudiéramos

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predecir su comportamiento. La psicología nos demuestra que a lo más que llegamos es hacer inferencias o explicaciones a posteriori de las actitudes que parece que a una persona le llevaron a hacer algo.

Al igual que hace años se ha desterrado el psicologicismo rígido en el análisis de inteligencia, no vamos a caer ahora en esa misma rigidez para analizar la labor del analista desde un punto de vista ético. Qué sea desde un punto de vista actitudinal, aptitudinal o de competencias y su correspondiente evaluación, ya ha sido tratado en otros artículos que explicitan otras áreas del modelo Arconte (©) y no es objeto del presente artículo.

Como última aproximación al objetivo de este artículo, debemos explicar que cuando pretendemos aclarar el objetivo ético del activo humano, dícese analista, es eso precisamente lo que pretendemos en exclusiva: una aproximación que nos permita discutir el planteamiento ético que a nuestro juicio subyace tras el análisis de inteligencia, algo que en sí mismo es un objeto de estudio, en permanente revisión por su pluralidad y multidimensionalidad, casi inabarcable.

Nos daríamos por satisfechos si lográramos abrir una reflexión y un horizonte de análisis en el ámbito de la inteligencia sobre lo que implica éticamente la labor del analista para sí mismo y para los demás. No olvidemos que, por sus propias características, el analista conoce de forma explícita la directiva de inteligencia de sus decisores, maneja información sensible y decide la línea de actuación dentro del análisis, por lo que al tomar decisiones dentro de lo que es su labor, orientado a su decisor y a sí mismo, genera un proceso de determinación ética, que condiciona todo su entorno. Mucho peso ético, mucho compromiso y en muy pocas ocasiones alguna descarga que le permita aliviar su responsabilidad.

2. Clasificación ética de la acción

De una manera didáctica, dividiremos las acciones éticas según la clasificación general de éticas materiales y formales. Si la ética explica la dimensión moral del ser humano, y es el estudio de los medios que debemos poner en práctica para alcanzar una correcta acción, no será por tanto nuestro objetivo encontrar un frío conjunto de normas y códigos que usar para aplicar a casos concretos. Debemos intentar la aproximación a el ejercicio y la práctica de lo que es un analista en su labor, siempre compleja y delicada.

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Las llamadas éticas materiales o de fines, afirman que el sujeto tiene un fin determinado, su labor está sometido a ese fin y sólo debe encontrar los medios para lograrlo o encontrarlo si no lo conociera previamente. Para conseguir ese fin necesitamos códigos, decisiones y medios considerados válidos o correctos para lograr la mejor consecución del fin establecido. Ver esto así nos puede hacer caer en cierto utilitarismo o cierto pragmatismo.

Por su parte, las llamadas éticas formales, llamadas del deber, buscan una actitud o un planteamiento que no se centra en un objeto concreto ni en un medio concreto. Esto no quiere decir que en cada momento las leyes o las normas no estén sometidas a principios jurídicos, sociales...

Si detallamos brevemente lo que implica una ética material para un analista, nos encontraríamos con que las buenas conductas, acciones y metodologías siguen principios de heteronomía, es decir: lo que su entorno, sociedad, cultura, etc., le dicen que debe ser su principio rector.

El problema más importante de este planteamiento es su carácter finalista. Conseguir el fin del análisis de inteligencia depende de normas o preceptos muy rígidos, y no lograr el éxito genera una tasa de rendimiento decreciente que implica la excepción dentro del grupo de analistas. La disonancia ética o en el análisis termina siendo una losa que el analista difícilmente puede superar.

Si detallamos la posición formalista nos damos cuenta que igualmente tiene defectos o dificultades en su ejercicio, pero nos permite una mayor flexibilidad y adaptación a los diversos escenarios presentes y futuros. Digamos que permite mayor libertad de manos al analista en su labor, pero le hace más consciente de hasta qué punto las circunstancias pueden cambiar y, por tanto, le hace menos prisionero de la duda sobre su comportamiento ético. Sigue sometido a el, pero no de forma coercitiva.

Para una visión formalista no es moral actuar para conseguir un resultado óptimo, sino que actuamos buscando la tendencia que nos va a permitir adaptarnos más fácilmente en el futuro. Significaría, por tanto, influir en sentido suave del término, en el escenario predecible o previsible.

Decidimos una aproximación formal precisamente porque la clasificación tradicional de Kant de actuar conforme a deber, o actuar por deber, en la labor de inteligencia es quizá donde más claro se ve. Si un analista actuara conforme a la metodología lograría un beneficio explícito que depende de la potencia o de la propia capacidad que la metodología tenga de análisis. Esto

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no es una valoración ética, sino una valoración epistemológica. Sería como justificar que porque algo es factible metodológicamente, es plausible moral o éticamente.

En resumen: Si el analista en su planteamiento ético busca lo que Kant llamaba actuar por deber, lo que estará intentando es buscar lo que propor-cionalmente es más verosímil, disruptivo, extraño/común dentro de su análisis, y con ello logrará un verdadero análisis de inteligencia racionalmente coherente, acorde con las necesidades de inteligencia planteadas por el deci-sor, y autolimitado por sí mismo, ya que explicitará cual es el marco de referencia ético en el que el análisis está hecho.

3. Planteamiento formalista

Como estamos ante el intento de fundamentar racionalmente una aproximación formalista al ámbito de la inteligencia, para ello rechazamos, todas las llamadas posiciones materiales o de contenido, es decir, que parten de un fin último, un objetivo, derivan de él todo su contenido, y cuyos objetivos se cumplen más cuanto más se acercan los resultados al objetivo previo. De este modo este contenido se convierte en éticamente subjetivo e interesado, en muchas ocasiones ligado a intereses políticos o privados.

Estas posiciones, que hemos llamado materiales, se fundamentan en comportamientos basados en la experiencia pasada, por lo que prima el interés propio antes que la prospectiva del futuro. Además, sus fundamentacio-nes son causalistas e hipotéticas porque sus argumentos son siempre condicionados, por lo que no importa nunca la acción sino las consecuencias que podamos calcular sobre las acciones mismas. Aportar una visión de cierto mecanicismo ético a la labor de inteligencia en este ámbito es muy arriesgado si se desea establecer la suficiente flexibilidad para responder a necesidades futuras. El fín para esta posición determina la conducta y, por tanto, condicionará siempre el análisis.

Esta posición que se rige por comportamientos ajenos a la razón (que algunos metodológicamente llaman Teórica), por ejemplo la costumbre, la inercia... no son a...

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