Cherchez la femme': Exiliadas y liberales en la Década Ominosa (1823-1833)

Autor:Juan Francisco Fuentes Aragonés
Páginas:383-405
RESUMEN

I. Mujer y liberalismo - II. Mujeres liberales: cuántas y dónde - III. La aportación femenina a la resistencia liberal: clandestinidad y exilio - IV. Conclusiones

 
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“On assure que le conseil des ministres, Calomarde à la tête, avait averti le roi de la nouvelle tactique des libéraux, qui venaient d’enrôler beaucoup de femmes, dans leur invisible armée; ces escadrons d’amazones, ont tant effrayé Ferdinand, qu’il s’est déterminé sur-le-champ à faire un exemple, sans penser que par sa terreur même il donnait à ses ennemis la mesure de leur force et de sa faiblesse”.

À Monsieur Jules Janin; Grenade, 23 juillet 1831; Marquis de Custine: L’Espagne sous Ferdinand VII, Bruselas, 1838, vol. IV, págs. 200-201.

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I Mujer y liberalismo

“La mujer patriota nació el día de la toma de la Bastilla”. Así lo afirma Gabriel García y Tassara en la voz “La Politicómana” publicada en 1843 en la gran obra costumbrista Los españoles pintados por sí mismos2. En este conjunto de estereotipos humanos y sociales de la época se alternan, en permanente contrapunto, las figuras más características de la España tradicional con aquellas que se pueden identificar con la nueva sociedad liberal, en plena eclosión: el clérigo de misa y olla y el cesante, el aguador y el agente de cambio y bolsa, el maragato y el accionista de minas, el pastor trashumante y el diputado a Cortes. Así ocurre también con las mujeres –más de la cuarta parte de las entradas del libro–, aunque entre ellas predominen claramente los vestigios de la sociedad tradicional sobre aquellas que representan la participación femenina en la vida moderna, encarnando así una especie de feminismo avant la lettre que los autores de la obra tratan con irónica condescendencia. Frente a los más trillados estereotipos femeninos de la España eterna –la celestina, la maja, el ama del cura, la gitana, la nodriza, la santurrona, la lavandera, la comadre o la monja–, la mujer moderna asoma tímidamente en las voces dedicadas a “la viuda de militar” y a “la marisabidilla” y únicamente aparece en todo su esplendor en “La politicómana”, dedicada en realidad a la mujer liberal.

Por distintas razones que el autor explica profusamente, prefiere calificarla de “patriota” o “política”, en vez de liberal, por el peligroso equívoco que, para una dama, puede acarrear el término. Pero su personalidad no ofrece duda en cuanto se recorre de la mano del autor su agitada biografía. En España, “la politicómana” descubrió el irresistible atractivo de la política entre 1808 y 1812; aprendió francés; leyó a D’Holbach y a Rousseau –“su ídolo”–; devoró las historias de la revolución francesa que tuvo a su alcance; los periódicos se convirtieron en sus “libros de misa” y la restauración del absolutismo en 1814 la obligó a emigrar con su padre, si era uno de los proscritos, o a permanecer en España envidiando la suerte de los emigrados y adorando en secreto el sagrado código constitucional. Con la vuelta del liberalismo en 1820, “la politicómana” se hizo devota de Riego, se adornó con los colores al uso –verde y encarnado–, tuvo tertulia en casa, intentó propagar sus ideas entre las de su sexo, se casó con un hombre de su cuerda, huyó a Cádiz ante la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis y cuando el Trocadero se rindió a los franceses tomó con los suyos el camino del destierro. Desde entonces, afirma el autor, “Fernando VII no tuvo mayor enemigo que la mujer patriota”3.

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No deja de ser curioso que en este inventario de rancios estereotipos femeninos que conforma Los españoles pintados por sí mismos tenga cabida una figura marcadamente moderna y liberal como es “la politicómana” y que el autor la acabe convirtiendo en paradigma de la lucha contra el rey absoluto. La contradicción lo es un poco menos si tenemos en cuenta las claves del género costumbrista, su afición a lo pintoresco y su tendencia a la exageración y a la paradoja. Todo ello confiere a esta serie de estampas un aire esperpéntico, como reflejo de un mundo tradicional que se resiste a desaparecer y de una modernidad fallida que muestra sus carencias en figuras como el cesante, el empleado, el retirado o el español fuera de España. En lo que a las españolas se refiere, la paradoja no puede ser mayor, porque si, por un lado, predomina, como se ha podido ver, la mujer tradicional, como indicando una radical incompatibilidad entre feminidad y modernidad, el caso de “la politicómana” demostraría más bien lo contrario: que una mujer no sólo puede ser liberal, sino que, cuando lo es, su liberalismo supera al del hombre, porque es más constante y más exaltado. Lo dice, a su peculiar manera, el autor: “La política es la gran enfermedad de nuestra época”, y cuando ataca a las mujeres “causa en ellas mayor estrago” que en los hombres4.

El retrato de “la politicómana” rinde el lógico tributo al género costumbrista, entonces en boga, pero también a la moda romántica que hace furor en aquel momento y que deja aquí su huella en una concepción patológica de la modernidad en general y de la política en particular. Entendida esta última como una desviación irracional hacia un mundo de pasiones desordenadas, la mujer, más aún que el hombre, sentiría la política como su elemento natural, el que mejor cuadra con su personalidad fantasiosa y apasionada. Por eso, frente al hombre liberal, propenso al pasteleo y a la componenda, la mujer liberal lo es de una sola pieza; está destinada, por así decir, a ser siempre revolucionaria, incluso por muy retrógradas que sean sus ideas. La gran paradoja en la que desemboca el texto responde al afán del autor de rizar el rizo todo lo posible para pasmo de sus lectores, pero sin renunciar nunca a un cierto realismo en la biografía y en la mentalidad de su mujer liberal, que le dé verosimilitud como criatura literaria inspirada en la España de la época. “La politicómana” sería la versión caricaturesca de un incipiente liberalismo femenino presente ya en la España de Fernando VII, tradicionalmente identificado con la imagen de Mariana Pineda y con el célebre episodio que la llevó al cadalso en mayo de 1831.

Testigo directo de aquellos hechos fue el marqués de Custine, viajero francés que se encontraba en España en 1831 y que visitó Granada poco después de la ejecución de la heroína liberal. Su testimonio, además de aportar información de primera mano sobre las circunstancias de su muerte y sobre el origen de su leyenda5, incide especialmente en el protagonismo que los

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liberales concedieron al elemento femenino en la lucha clandestina contra Fernando VII. Tras fracasar –afirma Custine– varias intentonas organizadas desde Gibraltar, los conspiradores pensaron que las mujeres, menos expuestas a la actuación de la policía y siempre entusiastas servidoras de aquello que les dicta su corazón, podrían prestar un gran servicio a la causa en el desempeño de labores propias de su sexo. La que se le encomendó a Mariana Pineda, “dame de Grenade, noble, belle et jeune”, no fue otra que hacer bordar una bandera liberal que sirviera de estandarte cuando estallara el alzamiento contra el absolutismo. La nueva táctica de los liberales consistía, según el marqués, en incorporar “beaucoup de femmes” a su “ejército invisible”, hasta llenar el país de “escuadrones de amazonas”. La cosa habría llegado a oídos del gobierno, con el temido Calomarde a la cabeza, y del propio Fernando VII, quien, alarmado por este nuevo desafío del liberalismo, ordenó dar un escarmiento. De ahí el trágico final de Mariana Pineda. Si, por un lado, su muerte ponía en entredicho la estrategia liberal, basada en la mejor adaptación de las mujeres a la lucha clandestina, por otro hacía patente la debilidad del monarca, cuya autoridad quedó seriamente malparada por una decisión que se acabó volviendo contra él. La propia Mariana lo habría advertido al oír su condena, según las palabras que, tan sólo dos meses después de su muerte, pone el marqués de Custine un su boca: “El recuerdo de mi suplicio hará más por nuestra causa que todas las banderas del mundo”6. Acababa de nacer un mito.

Los dos testimonios traídos a colación, el de la voz “La Politicómana” de Los españoles pintados por sí mismos y el amplio pasaje que el viajero francés dedica al papel de las mujeres en la conspiración liberal, presentan numerosas coincidencias pese a la distinta naturaleza de ambos textos. Mientras el primero inventa personajes y situaciones pintorescas para construir una gran sátira costumbrista, el segundo parte de unos hechos y unos personajes reales para acabar presentando una visión actualizada de la España eterna. Uno y otro subrayan, sin embargo, algunos elementos comunes de una realidad histórica que contemplaron desde ángulos distintos, pero confluyentes. Destacan sobre todo el papel de la mujer en el primer liberalismo, su mejor adaptación a la actividad clandestina, su relación privilegiada con lo simbólico y lo secreto y su concepción pasional de la política, que la hace más constante y entusiasta que el hombre cuando se entrega a la causa revolucionaria. Se entiende, a la vista de todo ello, que en tiempos de persecución la mujer se convirtiera, como Mariana Pineda, en principal depositaria de las esencias del liberalismo, aunque el trágico final de la granadina desmintiera a quienes confiaban en una supuesta inmunidad femenina ante la represión absolutista. ¿Confirman las fuentes de la época la existencia de un liberalismo femenino, numéricamente significativo y dotado de una función propia en la lucha contra la tiranía?

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II Mujeres liberales: cuántas y dónde

“Por mucho que se busque”, escribió Carlos Serrano en una breve biografía de Mariana Pineda, “no aparecen por ninguna parte esos ‘escuadrones de amazonas’ de que se suponía que estaban dotados los liberales”7. La policía de Fernando VII no pensaba lo mismo, y en 1826, cinco años antes, por tanto, de la ejecución de Mariana Pineda, elaboró un minucioso...

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